
Con el mes de septiembre, he vuelto a mis clases de ballet. Y, claro, después de las vacaciones, al día siguiente no podía ni moverme. ¿Sabes de qué te hablo? Los de Nike seguro que sí. ¿Has visto su último anuncio? Parece que alcanzar la meta produce secuelas…
El nuevo spot de Nike «Winning Isn’t Comfortable» («Ganar no es cómodo»), titulado «Stairs» («Escaleras»), combina el propio desafío deportivo con una canción que habla del esfuerzo que requiere amar y las heridas que se desprenden del amor.
El esfuerzo físico y emocional
El ballet, el fútbol, la natación, el running o cualquier actividad física realizada con intensidad produce dolor. Nike nos recuerda que «Ganar no es cómodo», y cuánta verdad hay en ello. Alcanzar una meta requiere esfuerzo, y todo esfuerzo implica aplicar una intensidad que nuestro cuerpo debe asimilar.
Pero esto va más allá del plano físico: el cuerpo también intenta digerir las emociones que nos generan las distintas situaciones a las que nos enfrentamos. Muchas veces, las emociones nos agotan y nos llevan al límite físico. ¿Nunca te ha dolido la cabeza tras un episodio de estrés? ¿Nunca te has enfermado justo cuando te relajas y comienzan tus vacaciones? ¡Qué perfección biológica! Cuerpo y mente siempre vinculados, siempre conectados.
Piensa en tus metas. ¿Cuáles recuerdas? ¿Aquellas que te fueron dadas, fáciles, sin marcas? ¿O aquellas que conquistaste con esfuerzo, sudor, a veces con lágrimas? El corazón siempre recuerda las segundas, porque el cuerpo guarda memoria de lo vivido: de la fatiga, del tesón, de la energía desbordada, del ímpetu que nos empujó a seguir. No transitamos alegremente por estas marcas; duelen, escuecen… incluso sangran.
Hay metas sencillas, metas duras, metas que parecen imposibles. Algunas soñadas, otras impuestas por la vida. Y luego están aquellas que alcanzamos por caminos inesperados, donde el progreso no es medir logros, sino aprender a avanzar tras la pérdida, a seguir amando, a mantener encendida la fe después de un vacío profundo.
Cada meta lograda deja un mapa invisible en nuestro cuerpo y nuestro corazón, recordándonos que el verdadero valor no está en la meta, sino en la fuerza y la entrega con que la hemos alcanzado.
La meta más alta que podríamos alcanzar
No pensé que este artículo me llevara a confesarte algo. En mi vida he alcanzado diferentes metas relacionadas con mis estudios, mi trabajo, y también algunas relacionadas con mis inquietudes por el servicio misionero. Nada de esto ha sido fácil. Mientras todo esto pasaba, había un propósito de vida que se me antojaba difícil, complicado, inalcanzable.
Hablo de encontrar a esa persona con la que formar una comunión de vida y amor, ser juntos reflejo del amor mismo de Dios, un signo visible del amor perseverante, paciente y generoso.
Cuando casi había perdido la esperanza de alcanzar este propósito, apareció alguien que me recordó que el tiempo de Dios es perfecto. Después de haber transitado por la frustración, la impaciencia, la decepción y la tristeza… encontré frente a mí a una persona dispuesta a compartir sueños, alegrías y pruebas, decidida a amar incluso en el esfuerzo y la dificultad.
Un corazón bueno, compasivo y paciente, un hombre que vive desde y para la ternura. Os podréis imaginar que esto que ahora construimos juntos es todo un tesoro para mí, de valor inconmensurable, porque mi cuerpo y mi corazón han llegado hasta ello con dolor, lágrimas y heridas. Y lo más gracioso de todo es que encontrarle no es ni siquiera la meta, sino el camino para alcanzar el propósito al que Dios nos llama.
El camino del sacrificio y la perseverancia
El camino del amor siempre supone esforzarse, renunciar y entregarse sin esperar nada a cambio. «No hay amor sin sacrificio», decía santa Teresa del Niño Jesús (de Lisieux), y muchas veces recuerdo de ella esa invitación a la perseverancia amorosa desde lo pequeño.
En Corinto, san Pablo utiliza la imagen de una competencia atlética para hablar del camino hacia la santidad como meta del cristiano. En esta ciudad se celebraban los Juegos Ístmicos y sus habitantes estaban muy familiarizados con estos términos.
Les decía: «¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis» (1 Cor 9,24). Sus palabras resuenan entre personas que conocen el cansancio del que ha luchado y que saben que cada paso, cada caída y cada esfuerzo tienen sentido.
Caminar hacia nuestras metas requiere disciplina, constancia y, sobre todo, fe. San Pablo no promete comodidad: promete plenitud. «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim 4,7).
Alcanzar la meta que aspiramos… cuesta
El esfuerzo es la oportunidad para responder al reto de la vida. Cuando nos cansamos, cuando parece que no avanzamos, ahí se forja la victoria interior. Cada renuncia, cada intento sincero, cada vez que seguimos adelante a pesar del peso, Dios está corriendo con nosotros.
Los cristianos lo sabemos bien. No es que estemos hechos a prueba de balas. Es que contamos con el dolor inherente gracias a Jesús.
Y contar con ello es adquirir una actitud de entrenamiento constante, es no dejar nunca de caminar, es no renunciar al amor, aunque duela, y ser conscientes de que nuestro mayor tesoro estará hecho de esfuerzo, que el desgaste existe, que la fatiga es real, pero la perseverancia lleva fruto. El desgaste no es motivo para abandonar; es parte del camino.
¿Recuerdas la canción del anuncio de Nike? Hay cierta nostalgia en su letra, y es que está claro que el amor implica sacrificio. Pero el amor, como el fuego, también transforma, el amor da sentido y plenitud. Los que van por delante nuestro lo saben. Yo ahora lo sé.
Me gustaría que alguien me hubiera hablado de las heridas transformadoras del amor antes. Imagino que hay muchos jóvenes y adultos a tu alrededor que se preguntan si el esfuerzo vale la pena.
¡Sí, siempre! Pero sé valiente y enfréntate también al dolor. Pasa lo mismo que cuando vas al gimnasio por primera vez: al día siguiente no puedes ni moverte. No caigas en la tentación de quedarte en casa: sal de nuevo y sigue entrenando y tu cuerpo y tu corazón irán tomando forma, sanando y acercándote cada día más a tus propósitos.
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Es una gran reflexión para estimular ala mente y el alma, cuando en tu vida llegas al tiempo de valorar tus sacrificios por el logro obtenido
Muy bonito!
es una gran lectura
Es una gran lectura, que nos da como punto de referencia que nada es fácil en la vida y cada tropiezo nos enseñará a ser más fuerte día con día.
muy buena lectura y saber que nada es fácil pero todo se puede
Muy bonita lectura, con una enseñanza bella
Es una muy buena reflexión
Hermosas palabras
muy bellas palabras
Muy bonitas palabras
Gracias por compartir tan importante información