
¿Cómo reaccionarías si te digo que tienes el poder de cambiar el mundo? Seguramente me mirarías —o leerías, en este caso— con incredulidad. Yo también reaccionaría de igual manera: ¿Yo? ¿Qué podría hacer yo para que el mundo sea un lugar mejor? La respuesta es tan simple como la acción en sí: actos de bondad.
Cuesta imaginarlo, y con razón; vivimos bombardeados de noticias negativas. Porque los medios de comunicación suelen dar más relevancia a sucesos impactantes, políticos o de inseguridad, lo que nos satura de contenido negativo y nos transmite desolación, y puede llegar a quitarnos la esperanza.
En el video de Dhar Mann podemos ver claramente cómo los actos de bondad que le damos al mundo tienen la forma de regresar a nosotros. Y no, no es porque exista una especie de «karma», es mucho más sencillo que eso: las personas replican lo que reciben.
Pequeños actos de bondad que hacen un gran cambio
Si alguien me tiene paciencia, ¿cómo no voy a ser paciente con alguien? Si alguien me ayuda cuando lo necesito, ¿cómo no voy a ayudar a alguien que lo necesita? Y es así como la bondad se propaga. Un pequeño acto de bondad genera una cadena que seguramente termine regresando a quien lo originó.
El video claramente enseña que nada de lo que hacemos se pierde: las acciones no desaparecen, sino que circulan y, a su paso, van transformando a otras personas. Estos actos de bondad pueden convertirse en una hermosa y enorme bola de nieve que termina impactando en los lugares menos pensados e incluso pueden volver a nosotros.
Aunque pensemos que lo que hacemos es insignificante, una palabra amable, una sonrisa, una pequeña ayuda o un gesto de paciencia no pasa desapercibido para aquel que lo necesita, más bien todo lo contrario. No nos damos cuenta del peso, del poder que pueden llegar a tener nuestras acciones. Por eso digo que sí es posible cambiar el mundo, volverlo un lugar mejor.
¿Lo más lindo de esto? No solo puedes cambiar el mundo, al mismo tiempo también puedes alcanzar la felicidad. El fin del camino cristiano es la felicidad plena y verdadera, que comienza ya en este tiempo de nuestra existencia con el equilibrio del corazón, nos dice Luis Ernesto Diehl en su libro «Las Bienaventuranzas».
En el Sermón de la Montaña, Jesús nos deja una guía práctica para alcanzar la felicidad; las bienaventuranzas nos ayudan a llevar el estilo de vida que Jesús propone para vivir en comunión y marchar juntos por el camino que nos lleva a la vida eterna.
En este caso particular, hay dos bienaventuranzas que nos pueden guiar para poder regalar al mundo muchísimos actos de bondad.
Felices los que sufren, porque serán consolados
Esta bienaventuranza se puede interpretar de dos maneras. En primera instancia, el sentido literal promete consuelo a los que sufren. Como explica Luis Ernesto Diehl, el mal se ha hecho presente en el mundo y el mal, cualquier clase de mal, no produce sino aflicción y lágrimas.
Cuando habla de manera directa a los que sufren el dolor, Jesús está sembrando esperanza en los corazones de quienes padecen por su debilidad, por la injusticia, por la indiferencia, por la crueldad de los hombres.
Una lectura más amplia de esta bienaventuranza es la que incluye a aquellos que, aunque no sufran directamente, sienten el dolor del hermano como si fuera propio a raíz de su solidaridad.
De esta forma, aquellos que viven movidos por la empatía y la compasión por hacer propio el dolor de los demás serán también consolados. Es el premio para los misericordiosos.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia
¿Qué es ser misericordioso? Es obrar siempre con amor, sin importar quien recibe ese amor. Así lo prometió Jesús, seremos verdaderamente felices si actuamos imitando en nuestra vida el amor de Dios ante cada circunstancia.
Monseñor Diehl nos resume qué necesitamos para ser verdaderamente misericordiosos: hay que tener buenos ojos para poder detectar el mal allí donde se manifieste; hay que tener un corazón compasivo para vivir como propio el mal ajeno y no ser indiferentes, hay que tener buenas manos para actuar inmediatamente a fin de transformar el mal en bien.
Si aún dudamos que esto sea posible, recordemos lo que Dios quiso enseñarnos: el mundo es bueno «y vio Dios que todo era muy bueno».
Nuestro mundo es querido y amado por nuestro Padre bueno, quien quiere todo el bien para nosotros. Así es que, si nos dejamos mover por la empatía y misericordia hacia el que sufre, podemos realizar actos de bondad que logren hacer del mundo un lugar mejor (con el bonus de ayudarnos a alcanzar la felicidad plena).
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