acompañamiento

Últimamente, se escucha mucho de mentores y coaching. Parece haber una necesidad visible de mentoría y guiamiento, no solo a nivel profesional, sino también el acompañamiento personal. Tal vez, como resultado de la pandemia, hay mucha gente que parece estar más consciente de su crecimiento y mejora continua.

El video que les compartimos hoy es de Allianz, uno de los patrocinadores de las Olimpiadas París 2024, y hace hincapié en este perfeccionamiento que se da también en el mundo de los deportes.

En la publicidad, se hace evidente que la presencia de los entrenadores, su experiencia, acompañamiento, guía y ánimo es crucial en el desarrollo de los deportistas.

En este punto, podemos preguntarnos que si esto aplica para los atletas. ¿Qué acompañamiento podríamos necesitar nosotros? A continuación, compartimos algunos elementos apostólicos que podemos recoger de este video. ¿Se te ocurre alguno más? Compártelo en los comentarios :)

1. Pedir ayuda y dejarnos guiar: oración diaria y confesión frecuente

Nuestro Señor nos dice: «Yo te voy a instruir, te enseñaré el camino, te cuidaré, seré tu consejero» (Sal 32, 8). Para que esto se haga realidad, hace falta reconocer la necesidad de ser guiado, la necesidad de mejorar. Si tenemos una vida de oración sincera, si hacemos un examen de conciencia al final de cada día, nuestro Señor nos irá mostrando, con mucha suavidad y amor, las miserias que llevamos dentro.

Nadie se conoce a sí mismo, solo Dios nos lo puede mostrar. Al mismo tiempo, no se puede mejorar lo que no se examina. Es esta una de las varias razones por las que la oración mental y la confesión frecuente son tan valiosas en nuestra mejora continua. Es decir, en nuestro camino a la santidad.

Cristo es la Verdad; y la humildad es estar en la Verdad (no considerarse ni más ni menos de lo que uno es). Asimismo, no hay oración sincera sin humildad. Existe, pues, una relación muy estrecha entre oración, humildad y verdad.

Tal vez por esto, nuestro Papa Francisco señala: «la debilidad de Dios es un corazón humilde». La misericordia de nuestro Señor se derrite ante un alma que se sabe pecadora y que quiere mejorar. Solo un alma así puede pedir ayuda y, si clama a su Señor, no será desatendida: «Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen a la puerta y les abrirán» (Mt 7, 7).

En el video, vemos a distintos atletas siendo entrenados. Ellos han entendido que, si quieren mejorar, deben dejarse enseñar. Esta forma de humildad en el acompañamiento es ya un camino a la sabiduría.

Al respecto, las Escrituras nos dicen: «Si no abandonas la sabiduría, esta te protegerá; ámala y velará por ti. El principio de la sabiduría es correr tras ella; ¡busca la inteligencia a cambio de todo lo que tienes!» (Prov 4, 6-7).

2. Jesús: el acompañamiento del Buen Maestro

«Su manera de enseñar impresionaba mucho porque hablaba como quien tiene autoridad: era todo lo contrario de los maestros de la ley» (Mc 1, 22). Podríamos decir que la autoridad de Jesús no solo viene de Su propia naturaleza divina, sino también de Su integridad y Su manera de vivir: era consecuente. Toda Su vida era una enseñanza.

Cristo es el Buen Maestro; posee sencillez en su lenguaje, explica conceptos profundos a través de parábolas, utilizando figuras de la vida diaria de los que lo escuchan. Es el «storyteller» por excelencia, es decir, es capaz de transmitir conocimiento a través de historias interesantes que captan la atención de la gente. Más aún, su trato era respetuoso, empático y proporcionado. Sin sacrificar la verdad de su mensaje, era suave al lidiar con el pueblo y con los pequeños; pero duro cuando hablaba con los maestros de la ley.

Probablemente, su mayor enseñanza es esta: «Vengan a mí, todos los que se sienten cargados y agobiados, porque Yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán alivio, porque mi yugo es suave, y mi carga, ligera» (Mt 11, 28-30).

Este es el único momento en el evangelio, donde nuestro Señor dice de forma explícita y textual que aprendamos de Él, refiriéndose específicamente a Su corazón humilde, Su mansedumbre, Su paciencia. Vale la pena reflexionar cómo un corazón humilde le permitirá a nuestra alma encontrar alivio.

¿Cuántas veces nos hemos atribulado, caído en conflictos y ansiedades que tal vez se pudieron evitar con un corazón más paciente y humilde?

Con la conciencia clara de saber que somos seres humanos, tanto nosotros como los demás pueden equivocarse y no tenemos que controlarlo todo…

3. «Todos necesitamos a alguien en quien apoyarnos»: ser apoyo y luz para los demás

Queda claro que nuestra primera fuente de dirección y guía debe ser Aquel que nos ama, nos conoce, quiere lo mejor para nosotros y nunca falla. El apoyo más sólido, la piedra angular de nuestra existencia, es, pues, nuestro Señor. Si vivimos esta realidad, si conocemos Su amor y misericordia, será más fácil transmitir estas experiencias a los que nos rodean.

La salud mental en nuestras sociedades es muy baja. Por momentos, pareciera que todos están contra todos: en nuestro día a día, en medio del tráfico, las noticias que reportan delincuencia y corrupción a todo nivel. Vivir en un medio así puede ser muy peligroso para el alma, podemos caer en el desánimo o caer en la mentira de pensar que a esa realidad se reduce nuestra existencia.

¡Cuánta falta hace personas que conozcan a nuestro Señor, que estén llenos de Su amor y esperanza y que puedan transmitir la alegría de Su amor y misericordia!

Pasar tiempo con nuestro Señor no solo cambia nuestra forma de ver las cosas, cambia también nuestros gestos y nuestra forma de hablar. La sabiduría de la que hemos bebido durante la oración podrá ser compartida con los demás, de tal forma que podamos paliar nuestra salud mental y la de nuestro entorno. «La sabiduría que tienes adentro le da sentido a tu discurso: tus palabras producirán un impacto. Las conversaciones benévolas son como un panal de miel: agradables al paladar, buenas para la salud» (Prov 16:23-24).

Pasar tiempo con el Buen Maestro nos hace a nosotros mismos mejores personas y buenos maestros, no solo con nuestros estudiantes, subordinados o hijos, sino también con nuestros pares y colegas. En el mundo del crecimiento y desarrollo personal, hay un nuevo concepto llamado «mentoría recíproca», donde tanto el mentor como el mentoreado aprenden uno del otro y toman roles intercambiables.

Nuestro Señor anticipó este concepto desde hace miles de años al hablarnos de la corrección fraterna. Don Bosco decía al respecto: «Una corrección a tiempo, con buen tono, buena actitud y sobre todo con suma caridad, siempre será salvífica. No así cuando nace del resentimiento, de la rabia o mala actitud».

Tomemos, pues, un momento para recordar a los buenos maestros que hemos tenido en nuestra vida. Reflexionemos en aquellas cualidades que los hicieron, ante nuestros ojos, buenos maestros. Veremos tal vez que, durante el acompañamiento, poseían el poder de escucha, empatía, sabiduría y acuciosidad. Nos hablaban al alma.

Pensemos también si somos para alguien un buen maestro, si transmitimos ánimo, sabiduría y esperanza. Ciertamente, pasar tiempo con nuestro Señor todos los días permitirá, desde el lugar donde estemos, mejorar nuestro ambiente y el de los que nos rodean. Así sea.