“Corrupción”. Su significado etimológico dice: del latín “corruptio”, acción y efecto de destruir o alterar globalmente por putrefacción, también acción de dañar, sobornar o pervertir a alguien. Según el diccionario de la Real Academia Española: corrupción es la práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de las organizaciones, especialmente las públicas, en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores. Además, la definición científica de la corrupción, según el profesor Petrus C. van Duyne, quien es reconocido por sus trabajos sobre corrupción, lavado de dinero y crimen organizado, es: «…una improbidad o deterioro en el proceso de toma de decisiones en el que un tomador de decisiones se desvía o exige desviación del criterio que debe regir su toma de decisiones, a cambio de una recompensa o por la promesa o expectativa de una recompensa. Si bien estos motivos influyen en su toma de decisiones no pueden ser parte (legítima) de la justificación de la decisión». Finalmente, palabras similares son: descomposición, putrefacción, depravación, perversión e inmoralidad.

Sintetizando un poco lo anterior, podemos decir a grandes rasgos, que es un perversión o corrupción de personas, en el ámbito público o privado, que deriva en actos que van contra la moral. Por moral debemos entender la ciencia, que estudia los actos humanos en vistas a su fin último, es decir, la Verdad, Bondad y Felicidad. También es importante entender qué significa el “acto humano”. Se diferencia, por ejemplo, de los actos del hombre, porque el “acto humano” implica, fundamentalmente, la inteligencia y voluntad. Mientras el “acto de un hombre” puede ser su respiración, su digestión, etc. Por lo tanto, podemos decir, que la corrupción que una persona efectúe significa la perversión o depravación de sus actos personales. Es decir, dirigir la inteligencia y voluntad de modo equivocado. En vez de obrar rectamente hacia la realización, conlleva prácticas inmorales que depravan y pervierten el corazón del hombre que lo haga. Eso tiene como consecuencias que se aleje cada día más de su felicidad personal. Tristemente, su acto inmoral no se queda encerrado en sí mismo, sino que tiene repercusiones sociales. Muchas personas son maltratadas e, incluso, pueden incurrir también en el mismo proceder corrupto.



¿Dónde está la raíz?

Sin dar muchas vueltas al punto, teniendo en cuenta que es una perversión moral, y, por lo tanto, en nuestra manera de pensar y obrar, hay una desviación hacia el mal, hacia lo que desdice de una sana realización de la persona. Lo que nos mueve interiormente y nos motiva a elegir libremente por un acto correcto o corrupto es nuestra conciencia, dónde reside esa noción de Bien y Mal. Lo natural es buscar inteligentemente lo Bueno. Finalmente, la felicidad. Pero muchas veces sucede que el Mal se presenta – engañosamente – como algo Bueno. Por ejemplo, cuando se hace un “lavado de activos” por medio de una construcción del Gobierno, que contrata una empresa. Las personas involucradas están pensando que lograr una ganancia económica les proporcionará una vida más cómoda, confortable, les asegura el futuro de la familia, etc. Por lo tanto, aunque sepan – “en el fondo” – que está mal, optan por eso, porque – unos más otros menos – se mienten a sí mismos, y se corrompen. Así como a muchos que también terminan siendo parte del “sistema de corrupción”. Por ello, la raíz está en nuestra conciencia o, como también se suele decir, en el corazón. Dicho esto, se entiende que el pecado mismo, es un acto de corrupción. Aunque solemos usar esa palabra en términos económicos, para malversación de fondos en el Gobierno o empresas privadas. Todo eso, al fin y al cabo, se trata del pecado.



¿Por qué la persona es corrupta?

Siguiendo el motivo del artículo, vamos a hacer referencia a la corrupción que vemos en órganos y empresas del Gobierno o privadas. No vamos a referirnos estrictamente al pecado. Pues sería algo más teológico, y la corrupción como solemos entender, tiene causas más “del día a día”, por decirlo de alguna forma.

En ese sentido, yo hablaría de 3 razones. La primera, una falta de conocimiento técnico, profesional o simplemente incompetencia para realizar y llevar a cabo de manera correcta determinadas obras. Es decir, hay una incompetencia objetiva en la persona encargada para manejar el proyecto o la obra, de tal forma que, coloquialmente hablando, escribe cifras que no están muy por encima de la verdad, y responden más bien, a intereses comunes, de los que tienen la capacidad de ejecutar el proyecto y se aprovechan de la incompetencia. Una segunda razón, pienso que es un manejo explícitamente orquestado, por personas que saben muy bien como manejar los números y gastos del proyecto, como aumentar los precios e inventar gastos o precios que no serían necesarios, que están sobre valorados, etc. La tercera razón, diría que es una actitud muy mediocre por no querer hacer bien las cosas. La persona sabe que está mal, le gustaría hacer bien las cosas, pero se conforma como se está procediendo, pues el esfuerzo de capacitarse y formarse le implicaría mucho trabajo. Por ello, es más fácil dejar en las manos de personas que sí saben como hacer los proyectos, pero se les pide una “cuota” del dinero que soliciten para realizarla. Probablemente podríamos encontrar otros motivos, pero me parece que esos tres engloban un amplio espectro de la corrupción.

¿Qué podemos hacer?

No se trata de ser negativos o pesimistas, pero revertir un mecanismo de corrupción social, que en el caso de nuestros países latinoamericanos es supino, es algo casi utópico. Basta ver la cantidad de corrupción que salió a raíz de la comisión “Lava-Jato”, y las siguientes maniobras con el fin de impedir que se haga justicia con todas las personas que están implicadas en esa maraña de corrupción.

Si entendemos, como hablábamos al principio, que el problema está en el corazón de las personas, la única salida realmente radical, se trata de una conversión de vida. Implica que el corrupto reconozca con honestidad y transparencia su elección por el mal, que hablando como se debe es el pecado personal, y esté decidida por cambiar su manera de vivir. Obviamente, se pueden implantar a nivel burocráticos muchos sistemas y órganos de control, que son, evidentemente necesarios, sin embargo, como dice un dicho: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

Finalmente, volvemos al punto inicial de siempre. Si queremos cambiar el mundo e instaurar una cultura que vaya de la mano con la verdad y una moral correcta, la única salida que va a la raíz es una conversión personal hacia Dios. La crisis que vemos en el mundo, tiene su raíz en la crisis que llevamos todos en el corazón.