«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3, 20). Este pasaje siempre me ha conmovido entrañablemente. Saber que Jesús está todo el tiempo, pacientemente, casi rogando que le abramos el corazón, es desgarrador. Respeta nuestra libertad, no nos invade, no nos atropella, no nos pone «contra la espada y la pared». ¿Quién de nosotros puede negar la cantidad de veces que hemos escuchado «su voz» a la puerta de nuestro corazón?

Sabemos que somos creados a su «imagen y semejanza» (Génesis 1, 26). Que Él es Amor (1Juan 4, 8). Por lo tanto, llevamos la huella de su amor. Por lo tanto: nuestra vocación al amor es condición absoluta para la felicidad. Para eso debemos abrir el corazón a los demás. Corrientes psicológicas y educativas, estudios científicos de universidades prestigiosas de todo el mundo y el avance tecnológico de las neurociencias, concuerdan que nuestra felicidad depende especialmente de nuestras relaciones personales.



¿Por qué nos cuesta tanto abrir el corazón a Dios?

La respuesta no es fácil. Implica muchas variables. Cada uno tiene sus propias razones para abrir o no el corazón a Dios. Solamente para mencionar algunas, puede ser, desde la educación y formación que recibimos en la familia, las amistades que tuvimos desde la infancia o el mundo con sus falsas propuestas. La educación recibida en las escuelas y universidad. Sin mencionar posibles traumas y problemas familiares que tuvimos en el pasado.

¿Quizás tengo miedo o inseguridad? Es normal y comprensible. ¿Quién no los tiene? A veces tenemos muchas cosas adentro que no queremos mirar. Sin embargo, solamente con los ojos misericordiosos de Dios, podemos entrar en nuestro corazón, y sanar cualquier herida que nos impide abrirlo y vivir la amistad que tanto anhelamos. Estos son tres consejos que quiero compartir hoy para que logremos abrir nuestro corazón.



1. Descubre en Dios una persona real

En primer lugar, descubrir en Dios una persona real, que nos envió a su propio y único Hijo. Jesús, aunque estuvo entre nosotros hace poco más de 2000 años, es una persona real, con quien puedo relacionarme, así como estamos reflexionando ahora juntos. Esto lo hacemos por medio de la oración, conocerlo a través de las Escrituras, la participación asidua a los sacramentos, y como no mencionar a nuestra Madre, la Virgen María.

2. Reconoce tu fragilidad 

Reconocer nuestra condición de fragilidad, debilidad y que muchas veces nos sentimos solos, tristes y desamparados. Es una experiencia más común de lo que uno puede imaginar. Con mucha humildad debemos aceptar esta condición, para darle «espacio» al amor de Dios. La persona autosuficiente, que cree tener todo bajo control, «no necesita» de Dios.

3. No temas, lo mejor está por venir

No tengamos miedo de abrir el corazón a Dios. ¿Qué puede pasar? En verdad, preguntémonos: ¿Qué puede pasar si le abrimos de par en par nuestro corazón al amor de Dios?, ¿qué vamos a perder? Yo llamo a esto: el «salto de la fe». Como un trapecista que confía que su amigo cogerá sus manos, mientras está flotando en el aire.

«Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua. (Mateo 14, 22 – 36)». Así como Pedro, confiemos en las palabras de nuestro Señor, y no tengamos miedo de lanzarnos hacia los brazos amorosos de nuestro Señor.