Abrázame en la tormenta, en el huracán de mis sentimientos. Abrázame cuando ni siquiera yo sepa qué quiero, cuando me sienta sola y confundida, cuando las lágrimas rebosen mis ojos y el corazón se me quiebre a pedazos.

Abrázame cuando las inseguridades y los miedos hablen en voz alta y se asomen al balcón de mis recuerdos. Abrázame cuando te diga que nada pasa, que todo está bien, porque aunque no lo admita, tú también sabes que nada está bien.



Abrázame cuando la sonrisa no alcance a iluminarme los ojos. Cuando la rabia sea lo único que me quede para expresarme, abrázame incluso cuando te diga que no lo hagas.



Abrázame cuando hable poco, cuando las palabras ya no estén salpicadas del lenguaje secreto que solo tú y yo entendemos. Abrázame cuando ya no haga las mismas y gastadas bromas que siempre nos alegraron el día.

Reclámame por reemplazar la risa fácil por las miradas fulminantes. Por dejarme llevar por los malos pensamientos que rondan en mi cabeza, por darte excusas para no hablar o salir. Abrázame fuerte.

Abrázame cuando no pueda conciliar el sueño, cuando la oración no me baste, cuando las preocupaciones me arrebaten la paz y la incertidumbre toque a la puerta. Abrázame y recuérdame esos días dulces en que apenas un gesto tuyo me bastaba para saber que todo iba bien.

Abrázame cuando las ganas de perseguir mis sueños se deshagan como el azúcar en el café. Cuando mis ojos ya no sean cómplices de los tuyos. Abrázame cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite.