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«Mas un samaritano que iba de camino llegó cerca de él y, al verle, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él». (Lucas 10, 33-34)

La pregunta sobre a quién podemos considerar nuestro prójimo se remonta a la época en que Jesús se encontraba con un doctor de la Ley y le manifiesta esta inquietud. Ciertamente el espectador, ceñido al cumplimiento literal de la ley, quería probar una vez más a Jesús. Su intención era la de buscar algún punto débil para invalidar sus enseñanzas. Sin embargo,
Jesús como buen maestro lo ejemplificó con una de sus más reconocidas parábolas: la del buen samaritano. Y lo que nos cuenta el Evangelio es que este hombre comprendió la lección de Jesús.

Hoy este cuestionamiento sigue vigente y a pesar de conocer de cerca esta doctrina del Señor, también nosotros nos seguimos preguntando acerca de cómo entender esta invitación de amar al prójimo. De vivir la solidaridad y el servicio con los más cercanos y con los otros que ni siquiera conozco, con los que no están en mi círculo más cercano o que no son personas de mis afectos. Si bien las circunstancias con el tiempo pueden haber cambiado, con respecto a cuando Jesús predicaba, los aspectos fundamentales siguen siendo los mismos.

1. «Ámense los unos a los otros como yo os he amado» Juan 13, 34

Es importante, para comprender este asunto, reflexionar sobre un aspecto que define nuestra identidad y vocación cristiana: la vocación al amor. Dios al crearnos nos ha llamado a vivir el amor entre nosotros y su pedagogía a lo largo de la historia ha sido una expresión reiterada de este llamado.

Esta invitación tiene su culmen en el misterio de la Encarnación de su Hijo, el Señor Jesús, quien nos mostró un camino de amor mediante el cual podemos ser plenos y felices; con su entrega y con su sacrificio por nosotros en la Cruz nos enseñó que lo que da sentido a nuestra existencia es el amor de caridad y la misericordia. En nosotros está ese anhelo de vivir el amor.

Reconocemos que este es el camino para una vida auténtica, con sentido pleno y por lo tanto camino para una vida santa,
pero además, que es un camino con no pocas exigencias. Sin embargo, nos seguimos preguntando acerca de quién es este prójimo al que Jesús me invita a amar y también cómo vivir este amor con mayor compromiso.

2. Lo que nos aleja del prójimo

«Ninguno busque su propio bien, sino el del otro». 1 Corintios 10.24. Una de las principales razones por las cuales se nos puede dificultar reconocer a nuestro prójimo en lo cotidiano y vivir más la caridad, es que somos hijos de una cultura que promueve, no pocas veces como valores, actitudes que nos terminan cerrando más en nosotros mismos y consintiendo una
lógica egoísta y autorreferente.

No es raro que los criterios de «lo importante es que estés cómodo y te sientas bien», «si te cuesta no vale la pena», «lo que cuenta es la apariencia, para qué profundizar», «preocúpate por ti, los otros pueden arreglárselas por sí mismos», «solo da cuando puedan devolverte algo a cambio», «lo esencial es que tú cumplas tus sueños» etc. Nos lleven a pensar más en nuestro
bienestar y en sentirnos seguros al vernos cómodos.

Por lo tanto, todo ideal de compromiso, de vivir la compasión, de preocuparnos por el que sufre y tiene necesidades se nos hace más difícil. Es finalmente por lo que se menciona tantas veces que vivimos en la cultura de la indiferencia.

Otros aspectos que se realzan hoy son la productividad y la eficiencia, se nos condiciona a que estemos en función de hacer cosas con tal de conseguir resultados visibles e impactantes, a estar preocupados por atender muchas tareas al mismo tiempo, a cumplir estándares que se nos exigen para ser exitosos, entre otros. Con esto podemos caer en un ritmo de vida que nos vuelve incapaces de hacer silencio para escuchar la solicitud de ayuda de quienes reclaman amor y piden a gritos ser acogidos.

3. La amistad cristiana, expresión del amor del prójimo

«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15,13). Para dar consistencia a su pedagogía, Jesús no solo trasmitía mensajes y parábolas que invitan al amor, sino que Él encarnó lo que predicó. Fue coherente con cada una de sus enseñanzas, y una de las principales expresiones fue su sacrificio de amor en la Cruz. Él, momentos previos a su entrega total, en la última cena, les habla a sus apóstoles, les abre su corazón, los reconoce como sus amigos y les hace ver que la mayor prueba de su amor y amistad será la entrega de su propia vida por los hombres.

De la misma manera Jesús nos sigue hablando hoy. Él nos llama a un encuentro de amistad con Él, nos invita a este vínculo amical que lo fundamenta en un amor sincero, auténtico y generoso, que incluso es capaz de entregarse y dar la vida por cada uno de nosotros. También nos invita a seguir sus pasos, a amar, viviendo una auténtica amistad con nuestros amigos. Una amistad llena de profundidad, de compromiso, de servicio, de lealtad.

Amigo no es aquel que solo te acompaña en los momentos alegres y de placer. La amistad y el amor se prueban en el sacrificio por el otro. «Cicerón, en su célebre escrito Sobre la Amistad (De amicitia), afirma ya, desde la ética pagana, que la verdadera amistad requiere personas virtuosas. Sinceridad, lealtad, confianza, fidelidad, delicadeza, grandeza para perdonar, etc. Así lo confirma la experiencia humana. Y está en consonancia con las exigencias puestas por el Evangelio».

4. Amor preferencial por los más pobres

«La felicidad está más en dar que en recibir» (Hechos de los Apóstoles 20, 35). El Señor Jesús durante toda su vida mostró un amor preferencial por los más pobres, por aquellos que más sufrían. Él se encarnó, se hizo hombre para unirse al hombre que sufre. Él asume el sufrimiento para solidarizarse con los dolores y padecimientos de cada hombre.

¿Cómo no percibir que aquel, que sufre y es pobre, es reflejo del rostro de Cristo sufriente, que nos invita a servirlo y acogerlo con el mismo amor que Él nos ha tenido? Se cumple así su Palabra al decirnos: «Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40).

Hoy como ayer, Jesús nos trae también una de sus principales enseñanzas en la parábola del Buen Samaritano. Al maestro de la ley le quedó muy claro que el prójimo es todo aquel que está próximo a nosotros, le quedaría claro además que es fundamental aprender a reconocer al otro como una persona igualmente digna, más allá de sus creencias, su posición social, su cultura. La actitud del samaritano sigue siendo paradigmática para nuestro tiempo, para superar las barreras que nos escudan y nos excusan injustificadamente para no ayudar y servir a quienes podemos enriquecer con nuestro servicio.

5. Cómo vivir con esta disposición de amar y servir a los demás

«El amor comienz a en casa, y no es tanto cuánto hacemos, sino cuánto amor ponemos en las cosas que hacemos» (Madre Teresa de Calcuta). En primer lugar, hay recordar que nadie puede dar lo que no tiene. Es esencial volver a la fuente del amor, nutrirnos de la misericordia y la amistad del Señor. Pensar en vivir la caridad cristiana con los demás sin cultivar la vida espiritual es imposible, sería muy probable que así termináramos en un asistencialismo y una solidaridad sin fondo.

Nos hará bien acoger las palabras del Santo Padre en relación con esto: «Jesús se inclinó sobre nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos como Él nos ha amado, del mismo modo… de la misma manera en la cual Dios nos demuestra su amor gratuito y desinteresado, así estamos nosotros invitados a vivir el amor».

Por otro lado, no esperar a que se dé la ocasión especial, el momento planeado para recién vivir este compromiso. Puede que esperemos y esperemos y quizá no lleguen las situaciones como las queremos y es así como dejamos pasar oportunidades valiosas en lo cotidiano, nos perdemos de los detalles, de pensar en la realidad de aquellas personas que nos rodean. Por ejemplo, podemos estar motivados a vivir el amor o la misericordia y nos quedamos aguardando una gran obra, una gran oportunidad, mientras que hay tantos a nuestro alrededor, con quienes podemos vivirla, con pequeños detalles que cambian la vida: un gesto, un abrazo, una muestra de cariño.

Finalmente, resaltar cómo puede engrandecerse nuestra experiencia de amistad con otros cuando vivimos en la lógica de dar y de entregarnos por los demás. Cuando no nos miramos tanto a nosotros mismos, de manera egoísta, sino que pensamos en quienes tenemos a nuestro costado, podremos hacer más sólidos nuestros vínculos de amistad y también se abrirán nuevas relaciones con personas que quizá no teníamos tan cerca o con los cuales no nos imaginábamos que pudiéramos tener una amistad que pudiera llenar tanto nuestra vida.

*Este artículo también fue publicado en «Camino hacia Dios». Puedes encontrarlo en PDF haciendo click aquí.


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