El desierto impresiona. Parece que no hay nada, solo arena y arena. Uno mira alrededor y las dunas se extienden hasta donde llega la vista. Se hace casi imposible caminar y solo se escucha el viento. Es sobrecogedor. El vacío, el silencio, la monotonía, empiezan a sentirse con increíble fuerza. Asusta un poco. A veces cuando la vida se nos complica sentimos que estamos en un desierto. Sentimos el vacío y el miedo, el abandono y hasta la desesperanza de no ver ninguna señal que nos ilumine a nuestro alrededor. Ni siquiera a Dios.

La experiencia del desierto al inicio es abrumadora. Unos minutos después, sin embargo, sucede lo siguiente. Los sentidos se afinan, y se empiezan a escuchar con mayor claridad los propios pensamientos. Empieza a aflorar con fuerza lo que uno lleva en el corazón. Ahí, en ese momento, es donde se juega todo lo que viene, pues podemos decidir hacia donde queremos dirigir nuestros siguientes pasos. Ahí, aunque uno no lo vea, está Dios. Jesús inició su misión pasando un tiempo en el desierto.



Siguiendo esa costumbre cada año, cuando nos preparamos para celebrar la Semana Santa, la Iglesia nos invita durante la Cuaresma a entrar en una suerte de desierto. Lo que nos enseña la Cuaresma es útil para todos, pero sobre todo para quienes atraviesan una situación complicada en la vida. La enseñanza es la siguiente: descubrirse realmente necesitados de Dios y así acoger con alegría la noticia que llena de esperanza cualquier situación, hasta la más dura: el triunfo de Jesús sobre el mal. ¿Qué podemos aprender en el desierto?

1. ¿No sientes que te has llenado de cosas que te sobran?



Cierra un momento los ojos y piensa por un segundo. ¿No sientes que te has cargado de cosas innecesarias? Cosas que hacen más pesado el camino, que entrampan, que hacen los pasos lentos y costosos. Nos llenamos de cosas que llenan nuestra vida: objetos, compromisos, responsabilidades. ¿Son todas igualmente necesarias? Jesús, en el desierto, se despojó de todo lo que sobraba para centrarse en lo esencial: Dios.

2. En el desierto mira y escucha con atención

Una vez me pidieron realizar el siguiente ejercicio: mira fijamente una planta durante una hora y escribe todo lo que ves. Al principio me reí, y solo veía una planta verde. Poco a poco miles de detalles empezaron a aflorar. Cuando uno esta en el desierto no queda más que concentrar la mirada en lo que tenemos delante. Si lo hacemos de la mano de Dios, detalles hermosos empezarán a surgir ahí donde pensábamos que solo había vacío. Te aseguro que, si te lo propones, incluso en las situaciones más difíciles, podrás encontrar cosas positivas y lecciones valiosas. Hay bondad en toda situación, hasta en la más difícil, porque Dios nunca es ajeno a nuestra vida y siempre esta ahí.

3. Ir al corazón: al propio corazón y al de la realidad

No es solo cuestión de sentimientos. Es ir a lo que es esencial. En la desesperación uno realmente se aferra y busca lo que necesita, no lo superfluo (que termina siendo inservible). Se vive así una de las experiencias más importantes y que termina siendo una bendición: que nadie es autosuficiente, y que estamos radicalmente necesitados de Dios.

4. Jesús también atravesó su propio desierto y nos enseña cómo vivirlo

Lo hizo voluntariamente al inicio de su misión, e involuntariamente al final de su vida en el tiempo de su pasión. Ambos momentos tienen una experiencia común: confianza en el Padre. La tentación acechó a Jesús buscando apartarlo del Plan del Padre, agudizando la situación difícil que estaba viviendo (el hambre en el desierto, el miedo ante la Pasión) invitándolo a recorrer un camino más fácil para alcanzar objetivos atractivos, pero al margen de Dios. En los momentos más duros Jesús nos enseña a mirar a Dios y confiar absolutamente en sus promesas. Es decir: nos invita a no apartarnos de Él. El camino fácil, pero al margen de Dios, es el equivocado.

5. En el desierto también hay vida… y está Dios

Recordemos la experiencia del pueblo de Israel, que estuvo cuarenta años en el desierto. Fue un tiempo de prueba, pero también un tiempo de gracia y una gran lección para Israel. A pesar de sus continuos rechazos y olvidos, Dios lo perdonó una y otra vez, llenándolos de su misericordia. Y en los momentos de mayor hambre, les dio el maná del cielo, prefiguración de la Eucaristía con la que Dios nos quiere alimentar en todo momento, y con la que quiere recordarnos hasta el fin de los tiempos su presencia en medio de nosotros.