¿Alguna vez te has puesto a pensar con más detenimiento en la afirmación: «Mi libertad termina donde empieza la libertad de la otra persona»? Es decir, soy libre, en tanto no vaya en contra de la libertad del otro. Pensemos también en otra afirmación: «soy libre porque hago lo que yo quiero». Exhorto, además, que pensemos en la cantidad de «derechos» que las personas se atribuyen debido a esta «libertad».

El derecho — que exigen algunos grupos de mujeres — a «hacer con su cuerpo lo que quieren». Derecho a la libre expresión, que parece crecer exponencialmente en las redes sociales. Finalmente, el derecho a cambiar de género, según los propios gustos personales.



Me parece bien que se valore la libertad, y que cada uno luche y exija sus derechos. Sin embargo, vivimos en un mundo que esconde un problema mucho más serio, según mi punto de vista, que es el profundo relativismo moral. Que hace mucho más complicado lo dicho anteriormente y tiene como consecuencia funesta, una mala interpretación del concepto de libertad, fundamental para el sano desarrollo del ser humano. Así como una aproximación equivocada con relación a los derechos que cada uno se merece, llevándonos a la destrucción de vidas humanas, la buena fama que cada uno merece y un desarrollo malsano de la propia sexualidad.

Sin responsabilidad no sabemos el propósito para vivir

Lo primero que quisiera rescatar es la «otra cara de la moneda» del derecho: la responsabilidad. Actualmente, casi no se menciona la palabra «responsabilidad». Peor aún, muchos no saben ¿qué responsabilidad tienen en esta vida? Las consecuencias de esta pérdida de responsabilidad son extremadamente graves, lo que me da mucha pena, pues responde a un problema que veo cada vez más patente en la vida de tantos jóvenes.



El sin sentido de la vida, un profundo vacío interior, la falta de proyectos y horizontes por los que vale la pena esforzarse. Esto no lo percibo solamente yo, en mi apostolado. También me lo comparten amigos que enseñan en colegios y universidades. Lo comparto en foros de diálogo en cursos online. En diálogos con padres de familia, con amigos de colegio o de la vida, de diferentes culturas. Incluso, en contacto con poblaciones de muy distintos niveles sociales.

Para decirlo de modo sencillo y directo, una persona que no tiene claras las responsabilidades que debe cumplir, carece de propósitos en la vida, y desconoce la razón por la que vale la pena vivir. Las responsabilidades que cada uno asume son lo que dan sentido a nuestra vida. Sin responsabilidades tambaleamos en la superficialidad y trivialidad, inconsistencia y pereza, así como profundas tristezas y angustias. Así viven grandes porciones de la sociedad.

Si solamente luchamos a «capa y espada» por nuestros derechos, pero no nos esforzamos por vivir responsablemente lo que nos toca como personas, dentro de una sociedad, entonces estamos como «sentados en la playa». Siendo solamente espectadores y críticos de todo cuanto sucede. Reclamando, criticando, exigiendo, pero sin aportar y comprometerse por el bien común o el desarrollo de la sociedad.

Una persona que solo mira, y no se involucra… finalmente, pierde las ganas de vivir. Piensa que no tiene ninguna utilidad, y no aporta nada significativo. Por lo tanto, es fácilmente comprensible por qué muchos no encuentran el sentido de vivir, y en muchos casos, lleguen al borde del suicidio.

Teniendo estas brevísimas reflexiones sobre lo fundamental que es la responsabilidad en nuestras vidas, repasemos las definiciones de libertad – mencionadas al principio -, y los derechos mencionados, que «todos» reclaman actualmente:

1. «Mi libertad termina donde empieza la libertad ajena»

Nada más ajeno a la verdad. Esa manera de comprender la libertad exacerba un profundo egoísmo e individualismo. Es decir, yo hago lo que quiero con mi vida, hasta que no «invada tu terreno». Si entendemos la vida de esa manera, entonces no hay forma de generar lazos de comunión, llegar a motivar relaciones personales que se fundamenten en un amor auténtico.

Nuestras vidas se relacionan profundamente. Mucho más allá de lo que percibimos exteriormente. Cuando conversamos, nos divertimos, compartimos experiencias y tratamos de avanzar juntos hacia la felicidad, significa comunión de libertades. Cuando hablamos de relaciones personales, las decisiones y opciones que hacemos, buscando la comunión, significa que elegimos libremente relacionarnos.

2. «Soy libre porque hago lo que yo quiero y nadie tiene derecho a frenarme»

Efectivamente, tenemos cada uno la capacidad para elegir qué queremos hacer, y qué opciones queremos tomar. Sin embargo, no se trata de hacer «lo que nos da la gana». La libertad implica necesariamente responsabilidad de nuestra parte, responsabilidad con nuestra misma libertad. Es optar por la vida, por la verdad, querer lo mejor para mi mismo y para los demás. Implica un desarrollo cada vez más auténtico de nuestra vida.

Optar por caminos que nos degradan y van en contra de la propia salud — corporal y espiritual —, nos llevan poco a poco a esclavizarnos a esas mentiras, pues al contrario de lo que uno cree, las mentiras y engaños nos quitan la libertad y nos sumen en la oscuridad

3. «Derecho a hacer lo que quiero con mi cuerpo, a expresarme como quiero y a cambiar de género»

Quise recoger en un solo «paquete» los tres derechos mencionados al principio del artículo, pues tienen algo muy grave en común. El creer que tenemos derecho a hacer lo que «nos da la gana» tiene de contrabando, esa noción muy equivocada que ya expliqué sobre la libertad.

Los «derechos» si tienen algunas condiciones. Los derechos están de acuerdo con la naturaleza de las cosas. Es decir, están enmarcados y diseñados para defender el valor que tiene lo que trato de respetar. En estos casos, el «propio cuerpo», la «libre expresión» y el «género personal».

El derecho tiene que fundamentarse en la verdad, sino estamos traicionando la sana realización de la persona, llevándola, finalmente, a la mentira y destrucción. Cuando se dice que las mujeres tienen el derecho a hacer lo que quieren con su cuerpo, suele asociarse al derecho a abortar. Se considera, equivocadamente la nueva vida, como una «parte del cuerpo de la mujer».

Cualquier estudiante en primer semestre de medicina, sabe que de la unión entre el óvulo y el espermatozoide, se genera un nuevo ser, genéticamente distinto a la mujer. Entonces, «quitarse esas células que son parte de su cuerpo», es darle muerte a una nueva vida.

El derecho a la «libre expresión», que tanto se proclama hoy en día, dice que cualquiera puede decir lo que se le ocurra de otra persona. No importa si son infidencias, si son secretos, mentiras o habladurías. En realidad, eso se llama difamación, atacar el derecho a la «buena fama».

Finalmente, con relación al género — tema tan discutido actualmente — si la persona quiere cambiarse de género, es libre para hacerlo. Pero que quede bien claro, está ejerciendo ese derecho de manera equivocada, puesto que está fuera del marco de su naturaleza sexual, con la cual fue concebido. Soy libre y tengo derecho a cambiar de género, pero más importante es la responsabilidad de desarrollar correctamente la vida que me ha sido dada, con un sexo determinado, que tampoco fui yo el que elegí.