”biblia_cuadrado273”

Hace unos días estoy leyendo como lectura espiritual, un libro del teólogo Romano Guardini que se titula: «Introducción a la vida de oración». Para los que no están muy acostumbrados a leer textos de teología espiritual, vale la pena decir, que esta obra no es complicada. Aborda con profunda riqueza ciertos temas de nuestra vida de oración, te lo recomiendo. Si lo deseas, puedes adquirir el formato físico por 17 euros, en este enlace.

”biblia_cuadrado273”

De tantas cosas que se pueden reflexionar en este libro, quiero comentar y desarrollar un punto que me llamó mucho la atención: la oración de petición.

1. Cuando pedimos reconocemos el amor de Dios por cada uno de nosotros

Cuando un niño se encuentra en dificultad, recurre a su madre. Nosotros, solemos buscar a un amigo, aunque lo usual es que nuestro corazón busque a Dios, de quien esperamos recibir la ayuda que necesitamos.

La oración del Padre Nuestro por ejemplo, es casi en su totalidad, una oración de súplica. Debido a nuestra fragilidad y muchas incapacidades, debemos pedir fortaleza espiritual, moral, el conocimiento de la verdad, crecer en el amor y en la bondad.

Algo fundamental, es entender que no debemos suplicar a Dios solamente en los momentos que experimentamos necesidad. La oración no es solamente una «ayuda», sino más bien, la conciencia que siempre dependemos y existimos gracias a Dios. Le debemos a Él nuestra existencia, nuestra vida. Por su libre voluntad amorosa, nos sostiene constantemente vivos. Sin Él, simplemente dejaríamos de existir.

Por eso, más importante que pedir por algo en concreto, es suplicar la gracia de la vida y su amor, que dan sentido a todo lo que hacemos. Todo lo que tenemos nos es dado por Dios. Lo que nos parece algo «natural» —que apenas pensamos el porqué de nuestra existencia— es algo dado por Él. Así como nuestro cuerpo muere sin comida, dejamos de existir sin su gracia.

Algo hermoso —en ese sentido— es pedir por los demás. Quienes también dependen de Dios. Su vida depende del amor y de la vida misma de Dios, por lo cual, pedir por otras personas, es reconocer el amor que Dios les tiene y alegrarse de que existen.

Por lo menos, durante ese rato que rezamos, pidiendo por nuestros hermanos, dejamos de lado las angustias y sufrimientos que podemos experimentar, teniendo presente problemas por los que pueden estar pasando, pues depositamos nuestra confianza en Dios.

2. Para aprender a pedir, debemos crecer y madurar en nuestra fe

Quiero explicar ahora algo que nos sucede a la mayoría de nosotros. Cuántas veces nos preguntamos: ¿Por qué Dios no me escucha? ¿Por qué Dios no me hace caso? A veces, incluso, hay personas que se alejan de Dios alegando o justificando su proceder, porque —dicen ellos— Dios no los ama, y por eso no escucha sus peticiones.

Podemos llegar al punto de sentirnos abandonados. Hasta podemos ver la oración como algo sin sentido. Ahí es cuando la fe debe ser más fuerte que nuestros sentimientos (te recomiendo el curso «Crecer en la vida de oración»). Por la fe, no debemos perder nunca la esperanza de que Dios nos ama y quiere siempre lo mejor, aunque nuestro corazón nos diga lo contrario.

Incluso podemos pensar que Dios es indiferente y que no le importan nuestros problemas y dificultades. Como alguien lejano, que arrojó al hombre a su destino. Con la única opción de sufrir en este «valle de lágrimas», hasta que llegue el día de su muerte. Obligado a tomar decisiones, sin descubrir la razón por la que existe.

Si a todo esto, sumamos el sufrimiento que todos vivimos, cargando las cruces que cada uno tiene en su vida, la situación se hace aún más complicada. Es ahí donde tiene que brotar con mucha fuerza nuestra fe, una fe que transforme nuestra manera de pensar y cambie, incluso, nuestro corazón.

Como lo explica muy bien san Pablo, en su carta a los Romanos 12, 2: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».

Debemos crecer en nuestra fe. Ser cristianos maduros, y no acercarnos a Dios con una fe a medias (aunque todos dudamos algunas veces). Es cierta la experiencia de abandono o silencio que podemos vivir, pero no por eso nos permitamos a nosotros mismos creer que Dios no nos escucha o no se preocupa por nuestras necesidades.

Más bien, esa experiencia —por la que todos pasamos— debe ayudarnos a fortalecer nuestra vida cristiana, impulsarnos a confiar en Dios, independientemente de la situación en que nos encontremos. En ese sentido, la petición no debe ser vista como una suerte de orden que le imponemos a Dios, sino como una actividad espiritual en la que buscamos estar cada vez más unidos a Él. Debo ser consciente de que Dios es quien sabe cómo actuar y ejercer su amor y poder sobre el mundo, y no creer que Él es como una «herramienta» que poseo o utilizo para alcanzar mis deseos.

3. Sigamos el ejemplo de Jesús y de María, que vivieron siempre la voluntad del Padre

Constantemente debemos recordar el pasaje: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mateo 26, 39). No somos nosotros quienes sabemos lo que es realmente mejor y bueno para determinado momento de la vida. Ignoramos cuál es la solución más acertada para nuestros problemas o necesidades. Solamente Dios, que en sus designios misteriosos conoce el entramado casi infinito de la Creación, puede comprender qué es lo que padecemos y necesitamos efectivamente.

Una persona de fe está dispuesta a recibir de Dios lo que es justo y conveniente según tales designios. Además, no nos olvidemos que muchas veces somos necios e ignorantes. Nuestras peticiones no siempre implican el deseo bueno y recto de incrementar en la vida el amor y la gracia espiritual. Podemos —de modo equivocado— pedir algo que va en contra de nosotros mismos y Dios obviamente, no nos los puede conceder.

¡Seamos como María! Aprendamos de Ella, a decir siempre: «Hágase tu voluntad». No porque su voluntad es ineludible, sino porque es lo verdadero y santo, contiene todo lo mejor, lo bueno y lo verdadero. Por eso, confiemos en Dios. Que no nos extrañe si no nos concede exactamente lo que le pedimos. Tengamos una fe nutrida de la esperanza de quien sabe que Dios siempre nos concederá lo que es mejor y merecemos.

”biblia_cuadrado273”