«Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos,

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas»



J.R.R. Tolkien.

El Señor de los Anillos.



En 1948 George Orwell escribió una novela, una distopía sombría y desesperante, en la que los distintos ministerios hacían exactamente lo contrario de lo que defendían. El ministerio de la paz se dedicaba a hacer la guerra, el ministerio de cultura repartía pornografía ideologizada para consumo de las masas estupidizadas, etc. Cuándo lo leí casi muero del pánico.

La novela fue publicada en 1949, se convirtió en un éxito en ventas y luego en un clásico. Desde hace algunos años, la venta de la novela ha «estallado», algunos intelectuales norteamericanos identificaron a Donald Trump con el «Gran Hermano», el tirano invisible que dominaba el mundo. En otras partes del mundo donde los regímenes totalitarios aparecen, la imagen del «Gran Hermano» cobra relevancia y el libro vuelve a cobrar vigencia.

Unos años antes de la publicación de 1984, Aldous Huxley publicó otra novela, también otra distopía, aunque esta un poco menos sombría, igualmente preocupante, llamada «Un Mundo Feliz». El gobierno mundial, en este caso se dedicaba a mentirle a la gente y a proveer de drogas y pornografía a manos llenas, y los seres humanos se gestaban en grandes laboratorios de reproducción artificial.

Muchos periodistas y críticos literarios creen ver cumplidas una u otra de las profecías de estos dos grandes autores del Siglo XX, y hacen minuciosos análisis sobre si estamos más cerca de «Gran Hermano» de Orwell que del «Mundo Feliz» de Huxley. Cosas de la política, dirán, pero creo que estas comparaciones encierran un gran temor a perder no solo la libertad «física» sino por sobretodo la libertad de pensamiento.

Lo cierto es que ambas novelas no han sido en vano, por muy oscuro que el mensaje sea, no dejan de ser un llamado de atención al que de pronto deberíamos prestarle un poco más de atención. Hay algo importante que aprender de ellas: la libertad necesita ser garantizada. Hay muchas cosas que podemos poner de nuestra parte para contribuir con un mundo mejor y desde dónde nos encontramos reclamar la necesidad de conquistar y vivir en libertad.

¿Un gobierno mundial es posible?

Ambas novelas nos enseñan que un gobierno mundial totalitario que siga una agenda en la que primen los intereses de la cabeza y no la riqueza que el ser diferente otorga, no da como resultado algo más que la despersonalización de la cultura. Si bien es importante estar unidos en cuanto a la lucha por los derechos del ser humano a una vida digna, la libertad de expresión en cuanto a su cultura y pensamiento son fundamentales. Para lograr esto la educación es clave y en ese punto todos tenemos responsabilidad, la responsabilidad de educarnos y educar. Solo así podremos elegir libremente.

La manipulación de las masas es real y somos parte

Hoy en día con los adelantos tecnológicos, la rapidez de las comunicaciones y la bonanza que se vive en muchas partes del mundo pareciera que el límite se encontrará en el cielo. Es decir, que todo lo que uno sueña puede ser alcanzable y sin embargo justo esos mismos sueños parecen ser los manipulados. ¿La riqueza, fama y tipo de éxito que anhelo son los auténticos de mi corazón o son el resultado de la información que las mismas redes sociales me alimentan, que la publicidad me empuja a consumir? ¿Hay espacio para desear algo distinto? Si no miro más allá, si no me involucro con el otro a nivel personal, si no hago un poco de reflexión y me educo en el discernimiento, ¿cómo sé lo que verdaderamente anhelo?

El secuestro del pensamiento propio y la manipulación del lenguaje

En la misma línea, hoy por hoy bajo la excusa de la tolerancia y la no discriminación, empezamos a manipular el lenguaje para no ofender a nadie. Y pareciera increíble pero el mismo lenguaje nos empuja a creer que la realidad es algo que se construye, que la verdad es relativa, a pensar que podemos cambiar naturalezas y sobre todo a evitar estar en desacuerdo. El desacuerdo no tiene por qué ser ofensivo ni tampoco algo prohibido, el desacuerdo es importante en el proceso de aprendizaje y discernimiento. De lo contrario nos convertimos en ciegos que siguen una masa sin saber cuál es el destino final. Cuando el pensamiento se distorsiona, el lenguaje se limita, la libertad termina, en palabras del mismo Orwell «algo se muere en tu pecho, quemado, cauterizado».

La anestesia de la «bonanza»

El tenerlo «todo» como lo explica Huxley, nos adormece la voluntad. Perdemos el horizonte y nos quedamos estancados embotados. Tan llenos y gordos que es imposible moverse. Imposible de conmoverse con el dolor sino más bien rechazarlo, buscar exterminar todo aquello que no me place. Caemos en ignorar la pobreza, la enfermedad, aquello que no es «estético», aquello que me disgusta a la mirada. Si bien es un deber de todos velar por el que menos tiene, no es un deber atiborrarse de cosas que me vuelvan ciego en insensible. Si la bonanza llega, esta debería convertirse en una responsabilidad, la responsabilidad por velar por aquellos menos afortunados.

La persecución de los disidentes

La manipulación del lenguaje, la creación de nuevas realidades, ha hecho que hoy por hoy incluso legislaciones se modifiquen para sancionar a aquel que piensa distinto. Orwell tenía razón. Pero ni vivimos con el Gran Hermano y en el mundo aún la voz del pueblo tiene peso, pensar libremente, opinar, respetar y no forzar (o manipular) son la garantía para continuar el camino hacia la conquista de la libertad.

¿A qué viene este «concurso de profecías catastrofistas»? A que es importante cuestionarse y aprender a ver lo que pasa en el mundo para saber cuál es mi lugar dentro de todo esto. Hacia dónde estoy apuntando y cómo es que estoy aportando. ¿Es mi anhelo la búsqueda del amor, el bien y la libertad? O simplemente estoy siguiendo la corriente a ciegas. ¿Sé hacia dónde estoy yendo?

Tal vez para un creyente católico la respuesta se pueda resumir un simple: «Señor, voy hacia ti» Pero no olvidemos que el Señor es el camino y ha dejado un camino por andar que necesita ser seguido en libertad. Las opciones por seguir el bien y la verdad son personales. No es un simple esperar a que todo suceda. Cristo vino y venció y nos llama a ser luz del mundo y no a esperar a oscuras.

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