¿Hasta dónde puedo llegar con mi novio?, ¿es pecado si le doy un beso de tal o cual manera? Hablar de castidad en nuestros días, incluso en un ambiente católico no resulta tan sencillo. Y en muchos lugares simplemente el tema ya no se toca abiertamente, lo que resulta una lástima siendo que la castidad es una virtud hermosa. Nos conduce hacia algo tan bello como es el poder amar a otro y poder entregarse por completo, en cuerpo y alma.

Frecuentemente, conversando con jóvenes y no tan jóvenes, me preguntan hasta dónde se puede llegar en cuanto a caricias y muestras de afecto. Pareciera que como respuesta quisieran que les dibuje un mapa sobre el cuerpo del amado delimitando las zonas prohibidas de las permitidas. O que se tuviera un GPS incorporado que cada vez que ingresemos en la zona prohibida, suelte una alarma que indique la retirada. Suena gracioso pero este deseo es más frecuente de lo que creen.



Para entender la castidad, necesitamos entender primero la sexualidad del ser humano, la sexualidad implica todo lo que el hombre y la mujer es. No se limita simplemente a la genitalidad ni al deseo sexual, es cómo yo, con todo mi ser, me comporto. El catecismo de la Iglesia católica nos da una explicación clara de la importancia de vivir una sexualidad plena al afirmar que

«La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos» (CIC 2333) y que «la castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer y por tanto, la virtud de la castidad entraña la integridad de la persona y la totalidad del don». (CIC 2337)



¿Qué quiere decir esto tan hermoso que acabamos de leer?

El texto nos explica que es a través de la virtud de la castidad que podemos relacionarnos plenamente y de una manera personal con el otro. Vivir la castidad, entendida como el ser dueños de nuestra sexualidad y poseer el dominio de sí, nos permite asegurar la unidad con la persona y no tratarla como un mero objeto. Esta virtud se opone a cualquier comportamiento que pueda lesionar la vida propia y además la vida del otro. «No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje»(CIC 2338)

Con esta última frase queremos dar inicio a unos puntos que consideramos importantes a la hora de hablar de castidad y poner los medio para crecer en ella.  Además compartimos dos videos muy bien logrados que nos traen el Padre Mike y Matt Fradd de Ascention Presents.

1. El amor busca siempre el bien del amado

Cuando uno realmente ama, naturalmente busca el bien del otro. Cuando el sentido de la relación va más allá de la unión romántica y física, una unión apunta a un valor de único, exclusivo y para toda la vida (el matrimonio). Una unión verdadera en favor del bien del amado. Por eso cuando alguien pregunta, ¿hasta dónde puedo llegar con mi novia o mi novio? La reflexión debe partir de la intención inicial que se tiene. No se trata de dibujar un mapa sobre el cuerpo de la otra persona y delimitar área, las accesibles y las prohibidas. No, se trata de entender la pureza de mi búsqueda. Estoy buscando el bien o estoy procurando el deleitarme con el cuerpo del otro. No tiene nada de malo una caricia que refleja ternura y asombro por la belleza única del otro, pero si en esa caricia estoy pensando solo en mi mismo, sin importar ni los sentimientos ni el bien del otro, es distinto. Aquí ya tengo un punto para discernir a la hora de preguntarme hasta dónde puedo llegar.

2. El dominio de sí mismo

El dominio de uno mismo debe estar lejos de la represión. Por el contrario, debe partir de la libertad. Cuando no se entiende el sentido de la castidad vivida como la abstinencia para los que no están casados y las relaciones sexuales para los unidos en matrimonio, se vive bajo el temor y la represión de los impulsos. Es como contener una presa de agua con un solo dedo, en cualquier momento va a rebalsar y cuando la caída se produce, el dolor, la vergüenza y la culpa insana, afloran. Son dolores distintos el cometer un pecado conociendo y entendiendo las consecuencias y otro muy distinto es cometer un acto que uno sabe que es pecado pero no lo entiende. Uno es el dolor de haber caído en el mal que se comprende y el otro es el dolor producto del miedo a consecuencias que no comprendo. Aquí nace la represión y no pocas veces, la doble moral.

Para conseguir dominio de sí, se necesita conocerse a uno mismo y entender el sentido. ¿Cómo puedo dominar lo que no conozco? Conocerse a uno mismo es una práctica que nos llevará la vida entera y esto no debe desanimarnos. Siempre habrá campo para crecer en el dominio de uno mismo. El formarse, el conversar con otros, incluso las caídas, aunque dolorosas, nos enseñan a conocernos más. A saber cuáles son mis debilidades, frente a qué ocasiones soy más vulnerable, en qué momento mi cuerpo se hace más débil. Puedo aprender que no debo confiar solamente en mis fuerzas, que soy frágil, que necesito ayuda, poner medios y ser consciente de que necesito de Dios.

3. Las carencias afectivas

No es raro que jóvenes católicos, incluso parejas casadas caigan en ofensas a la castidad. No vayamos a creer que con el matrimonio la castidad se deja de lado. Somos frágiles y no son pocas veces las que caemos. Con urgencia nos dirigimos a consejeros y sacerdotes pidiendo ayuda. Tenemos toda intención de crecer en castidad, guardar la pureza, entendemos el sentido pero a la hora de la práctica, parece ¡casi imposible!

Necesitamos entender qué nos pasa y cómo es que nuestra psicología funciona. Qué puede haber detrás y cuál es el contexto en el que se producen mis caídas. Es importante saber que no es raro caer en relaciones sexuales prematuras, sin sentido y compromiso, cuando se tienen carencias afectivas evidentes. Cuando hay una gran necesidad de sentirse aceptado y querido. Así también, cuando hay sentimientos profundos de ira, por sentirse disminuido, por juzgar que se viven situaciones injustas o por la necesidad de mostrar poder sobre otro. Hay que entender estas caídas, no justificarlas. Hay que entender que lo que se está viviendo es una falta de afecto grande y en este sentido es necesario reconciliar estar heridas afectivas para poder emprender el camino.

4. Los hábitos construidos a lo largo de la vida

Los hábitos adquiridos desde la infancia juegan aquí también un rol importante. Si durante toda mi vida siempre he tenido lo que he pedido, será muy difícil contenerme no solo en el plano sexual sino en cualquier otro. Si he aprendido a que todo lo que está a mi alrededor está a mi servicio, no debería sorprenderme que también a las personas las trate de esa manera. Darme cuenta y aceptar esta realidad es el primer paso para poder empezar con un cambio en nuestras costumbres aprendidas. Aprender a que no siempre tengo que tener lo que deseo, a que a las personas no se las puede tratar como cosas que se poseen y a que puedo realmente hacer algo por generar nuevos hábitos que me ayuden a amar mejor.

5. La importancia de los límites incluso y sobre todo desde la infancia

Así llegamos a este punto y la importancia de decir «no» en la infancia. Poner límites para que los niños también aprendan a hacerlo en el futuro, es fundamental. Aprender a decir un firme no. Un «no» con argumentos, así enseñamos a discernir el bien del mal, lo bueno de lo óptimo. A que las acciones tienen consecuencias que es necesario asumir. Si se aprende a decir no, se aprende a exigir que nos traten con dignidad y a tratar con dignidad al otro. Es más fácil, como decía el Padre Mike, decir los «no fáciles» en el momento oportuno, que decir no cuando el impulso ya nos ha ganado y la situación requiere de una fuerza de voluntad casi descomunal.

6. El placer bien entendido

El placer no es malo por sí mismo. Si nos ponemos a pensar, todas las funciones que tienen que ver con nuestra subsistencia, producen placer: El comer, el descanso y la función reproductiva. Si no comemos, morimos. Si no descansamos, morimos y si dejamos de reproducirnos, la especie se extingue. El placer no es el malo, al contrario, es bueno. Si nos enfocamos en el placer sexual, el mismo catecismo habla de él como un bien muy grande para los esposos:

«El Creador […] estableció que en esta función [de generación] los esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de él. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa moderación» (Pío XII, Discurso a los participantes en el Congreso de la Unión Católica Italiana de especialistas en Obstetricia, 29 octubre 1951). (CIC 2362)

La clave aquí es la justa moderación, que tiene que ver con el conocimiento personal y con el no volverse esclavo del placer y buscarlo como objetivo único y principal. El placer por placer solo nos volverá esclavos y disminuirá nuestra capacidad de amar verdaderamente.

7. Los impulsos y respuestas de mi cuerpo

Es importante aceptar y entender que el hombre y la mujer sienten una atracción natural mutua y que esta atracción por sí misma no es mala. Es la tendencia natural hacia la unión. Nuestra naturaleza y biología responden a estímulos. El cuerpo del otro puede ejercer una fuerte atracción en mí, más aún si estoy enamorado. El deseo de unión puede ser muy fuerte. Teniendo esto aceptado y sobre la mesa, es más sencillo hacer uso de nuestra voluntad y comandar nuestros impulsos.

8. El mal

No hay que perder de vista al mal y a la tentación. La huella del pecado de los orígenes aún retumba en nuestra vida. Es una huella que ha marcado la relación entre el hombre y la mujer por el dominio y el deseo. Es ahí ,en nuestra debilidad, que la tentación se presenta y el mal acecha. Conociendo esta fragilidad, es necesario poner los medios para huir de ella. Si yo sé en qué soy frágil, es mucho más sencillo huir de las situaciones en las que mi fragilidad se hace más presente. Frente al mal, al primero que necesitamos recurrir es a Dios.

9. Las propias circunstancias de la vida

No hay que dejar de lado las propias circunstancias que podemos estar viviendo en el momento actual. Por ejemplo, esforzarse por tener conciencia de las edades de la vida, como son la adolescencia y la juventud. Crisis que podamos estar pasando a nivel afectivo e incluso, esa acción deliberada que me dicta: «haz lo que quieras», aún sabiendo el riesgo al que me expongo y las consecuencias que esto puede traer (esa es la dinámica del pecado). Si tengo conciencia de que puedo estar pasando por un momento duro en la vida, es importante que no tome decisiones trascendentales en ese momento. Pedir ayuda y compañía será lo más sensato de hacer.

10. La asistencia divina: Providencia y justicia

Habiendo explicado brevemente todos los factores que entran en juego cuando de cultivar la castidad se trata, no podemos olvidar algo fundamental: la asistencia de Dios y nuestros intercesores ante Él. Una vida de oración profunda y una amistad con Dios que se cultiva día a día, son los grandes aliados en esta lucha. Si bien parece que no basta con solo rezar, al mismo tiempo la oración, cuando se ponen los medios, es la asistencia más urgente y poderosa que podemos tener. La visita frecuente a los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía, definitivamente serán nuestros mejores aliados.

Por último, quisiera compartirles este video de Matt Frad, titulado «Guardando tu vida contra la lujuria».

Bonus track: el ambiente que me rodea

Seamos sinceros, ser casto en el mundo actual, se torna muy complicado. Carteles de hombres y mujeres a medio vestir, series de televisión con escenas sexuales casi explícitas, letras de canciones que deberían estar vetadas por lo menos a menores, padres que educan a sus hijos sin límites, amigos que llevan una vida sexual activa y sin compromiso, sin contar con las políticas gubernamentales de «educación sexual» en las que de educación hay poco y de sexual mucho.

Es complicado vivir una castidad ya seas casado o soltero. Y frente a esto ¿qué podemos hacer?, pues lo que está a nuestro alcance: escoger. El libre albedrío una gran capacidad que nos ha sido dada. Escoger. Escoger la música que escucho, los lugares que frecuento, los amigos que elijo, los «no» que necesito decir, la ropa que me pongo, los programas que veo, los libros que leo. Al final la castidad se trata también de una libre elección. 😉