El Adviento es un tiempo de espera. Personalmente es una época que disfruto mucho, no necesariamente porque implica la celebración de la Navidad, sino porque es un tiempo de expectativa, de estar vigilantes, así como nos decía el Evangelio el domingo pasado.  

Estamos a la espera del Rey de reyes que nos trae la promesa de la vida y la felicidad eternas. Hemos sido invitados a participar en el más grande de los banquetes, somos unos simples invitados que para ingresar necesitan, en primer lugar, querer hacerlo y hacerse de un “vestido” apropiado: revestirse de Dios. En este sentido, las virtudes son un camino infalible para conseguir este “vestido” para presentarnos delante de Dios. Aprovechemos este Adviento para ir reflexionando y conquistando nuestra propia vida mediante las virtudes, hoy hablaremos de la templanza:


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La Templanza

La templanza es una virtud de la que se habla poco y se sabe menos, sin embargo, es fundamental en nuestras vidas. «Es aquella fuerza interior que nos ayuda a ordenar nuestros estados de ánimo, de manera que se expresen con armonía, proporción y serenidad». Es esa capacidad que nos permite experimentar la paz de espíritu. Es una virtud que tiene que ver con el conocimiento y el dominio de uno mismo, lo que se irradia a los demás, creando un ambiente acogedor, templado, seguro y suave. Esta es una virtud que, para hacerla crecer, necesitamos relacionarnos con nosotros mismos, es ahí donde radica la dificultad. Aquí algunos consejos.

1. Empieza en la intimidad de la familia

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Como todo aprendizaje, el mejor lugar para empezar a aprender es la familia. Son los padres los primeros en inculcar con el ejemplo las virtudes. Y en este sentido la templanza se evidenciará en el ambiente de seguridad, calma y afecto que se les de a los niños, así como en el trato cotidiano. El amor bueno y recto es el camino seguro hacia la templanza. Un camino donde el egoísmo no tiene cabida.

2. Aprecia la austeridad

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En esta época del año la austeridad parece un concepto inexistente. Los regalos, las fiestas, los banquetes y los adornos están a la orden del día. Voltear la mirada hacia la austeridad puede parecer difícil, sin embargo, el ser austero implica mirar hacia adentro y hacerse la pregunta: ¿realmente necesito esto o es simplemente por el gusto de tenerlo o aparentar?


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3. Aprende a moderar el gusto

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Y esto tiene que ver con el punto anterior. Muchas veces, le hacemos más caso a lo que nos gusta que a lo que tenemos o necesitamos hacer. Recordemos que no porque nos guste hacerlo es necesariamente bueno. A veces, puede gustarnos algo que es nocivo para nosotros, yéndonos a un extremo, la adicción a las drogas ilustra muy bien a lo que me refiero. En lo cotidiano podemos tener ciertas “adicciones” que vencer. Empecemos con pequeñas renuncias como, por ejemplo, dejar de comer en exceso o solo lo que nos agrada, moderar la forma de vestirnos o estar excesivamente pendiente de ella, etc.

4. Protege y cultiva los momentos de silencio

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Las nuevas tecnologías han traído muchos beneficios, pero hemos llegado al punto en que estamos constantemente conectados con ellas, recibiendo y enviando información de todo tipo, todo el tiempo. En esta situación, el silencio es el gran ausente.  Empezar a buscar espacios en los que aprendamos a hacer silencio es fundamental. La oración es buen momento para empezar.

5. Dale espacio a tu crecimiento espiritual

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Y aquí no me refiero a estudios tipo las matemáticas o el cálculo, sino empezar a estudiar temas que te enriquezcan en tu crecimiento personal, tales como el arte, la música, los temas de fe y conocimiento personal. Conocer los distintos caminos espirituales del a Iglesia, las virtudes, la Palabra de Dios, etc., todo eso te ayudará para tener más claro tu propio camino de conversión y acercamiento al Señor.

6. Aprende a observar

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La templanza es una virtud, que si bien, tiene que ver con la relación que uno tiene consigo mismo, nada tiene que ver con el egocentrismo y mucho menos con el egoísmo. Aprende a observarte y a observar a los demás desde una mirada compasiva y comprensiva de la realidad. Aprende a buscar en cada detalle concreto de tu vida, qué es lo que quiere Dios de ti.