La vida es un viaje, una peregrinación, una odisea; la meta, descubrir nuestra identidad para no perder el rumbo y así volver a nuestra querida y añorada patria. Nos parecemos un poco a Ulises, buscando regresar a Ítaca. En el fondo, detrás de  cada uno de nuestros esfuerzos (seamos conscientes o no) se esconde y nos impulsa ese profundo deseo de retornar al calor y al reposo del amor familiar; al abrazo de Penélope y Telémaco; al amor infinito y familiar de la comunión de Dios. Para lograrlo, por supuesto, también debemos sortear una serie de pruebas inevitables que cada etapa de la vida nos depara. Cada quien tiene sus propios cíclopes y caníbales (conflictos y tensiones), sirenas y ninfas (placeres y seducciones), hechiceras y dioses (falsas ilusiones e ídolos) que enfrentar durante, por ejemplo, la adolescencia, o esas flores de loto que nos hacen perder la memoria cuando crecemos. Y si bien es cierto que en no pocas ocasiones nos extraviamos radicalmente, hasta llegar a pensar que todo está perdido, más cierto aún es que nunca es tarde para volver a la marcha, pues nuestro Padre (que está en los cielos) no deja jamás de buscarnos y esperarnos con los brazos abiertos, para abrazarnos y llenarnos de besos (Lc15,11-32). Usando otra vez la analogía (y salvando las grandes distancias), Dios se parece mucho a la paciente Penélope que teje y desteje su prenda, esperando, sin perder jamás la esperanza, el regreso de su amado. El secreto para ponerse de nuevo en pie se encuentra en la memoria. Es fundamental entrar en nuestro interior (como el hijo pródigo) y recordar la casa del Padre (el amor recibido); pregustar la dulce sinfonía del banquete futuro; esa melodía que desde el trasfondo se constituye como la promesa y el peño que sostienen nuestra esperanza. El amor de Dios está incoado en las profundidades de nuestro corazón, ¡percibámoslo y dejemos que se dilate! No olvidemos nuestra identidad: peregrinos somos, como Israel en el desierto; Pueblo de Dios en camino. Repitámoslo: nunca es tarde para abrirnos otra vez al soplo del Espíritu que, cual Eolo, nos regala ese viento favorable en el tiempo oportuno (kairos), para llevar la embarcación de nuestra vida (o nuestro automóvil) a puerto seguro, a la casa del Padre.

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