El artículo continua después de la publicidad:

La paternidad es un don inestimable para la humanidad: cuando la paternidad falla, las civilizaciones caen. Si bien la mujer es la columna del hogar, porque lo sostiene con su amor, el hombre es sus paredes y techo, llamado a proteger a su esposa e hijos. Cuando esta doble tarea de sostén y protección se mantiene a lo largo de la vida, los niños que salen de ese hogar son personas íntegras. Por supuesto que un padre puede también sostener con su amor. Por supuesto que una madre puede proteger. Nadie lo niega. Pero el mejor sostén y protección provienen del matrimonio conformado por hombre y mujer.

Los hijos nacen del amor mutuo de los esposos. Y en ese ámbito deben ser criados. Lo mejor que un padre puede hacer por su hijo es amar a su esposa más allá de toda duda. Los hijos se benefician enormemente de tener una mamá y un papá, y de cada uno aprenderán distintas cosas. En la medida en la que nos complementemos en el matrimonio, cimentaremos en nuestros hijos una estabilidad emocional y espiritual que nadie podrá destruir.

Nuestros hijos necesitan de nuestro amor hacia ellos, pero también necesitan del amor de sus padres entre sí. Nuestro amor construye su seguridad, su autoestima, su inteligencia, su afectividad como ninguna otra cosa lo hará en el mundo. También nuestra mirada sobre nuestros hijos será clave en la conformación de la vida espiritual de nuestros hijos. Nuestros hijos no son nuestros. Nosotros fuimos nada más que el medio instrumental para que ellos vinieran a la vida. Pero en realidad pertenecen a Dios, y a Él debemos retornarlos. Nos los prestan un tiempo para que velemos sobre ellos y los protejamos, pero en última instancia pertenecen a Dios. Esto nos tiene que hacer mirarlos no como una propiedad, o un derecho, sino como un regalo y una encomienda de Dios para su mayor gloria. De esta mirada se desprenderán muchas conclusiones para saber guiarlos por la vida.

Cada padre es importante en la conformación bio-psico-espiritual de sus hijos. Ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen y semejanza de Dios, y como tales repercuten en la vida de los hijos. Generalmente los padres formarán la imagen de la Justicia Divina y las madre la de la Misericordia. En cada etapa de la infancia y adolescencia de nuestros hijos, iremos plasmando en ellos el amor de Dios, y seremos sus conductores y protectores.


El artículo continua después de la publicidad:

Distintos y complementarios

Los hombres y las mujeres somos distintos, fuimos creados distintos con un propósito, el de complementarnos. Nuestra fisiología es complementaria en una sola función, la reproductiva, y por esta razón estamos llamados desde nuestra misma concepción a perpetuar nuestra especie. Esta complementariedad va a servirnos también para llevar a nuestros hijos a su máxima realización personal. Nuestros hijos van a recibir distintas herramientas psicológicas y emocionales para un pleno desarrollo humano de cada uno de los padres. 

Pero no es solo eso. Con cada trato de amor que un hombre tenga con su esposa, el niño varón aprenderá a tratar a una mujer, y la niña aprenderá cómo tiene que ser tratada una mujer. Con cada trato de amor que la esposa tenga con su esposo, la niña aprenderá a tratar a un caballero, y el niño aprenderá cómo a tratar a sus compañeras y amigas, y más adelante a su novia y esposa.

La impronta que dejamos en nuestros hijos es gigante, como dice el video que hoy comentamos. El rol del padre, que está tan vapuleado últimamente por una cultura enemiga de la masculinidad, que el solo hecho de defenderla se ha convertido en “políticamente incorrecto”. Hoy, defender el rol del padre es un tabú, del que se habla poco. Hay movimientos feministas que luchan por la abolición del festejo del día del padre, por ser “heteronormativo y patriarcal”. ¿Por qué este odio al hombre y especialmente al padre? El movimiento de Schoenstatt, al que pertenecemos con mi esposa, fue fundado por el padre José Kentenich en 1914. Uno de los rasgos del don profético del padre fue el de anticipar, al inicio de la Primera Guerra Mundial, que el siglo XX iba a ser el siglo de la destrucción de los vínculos, mediante el ataque y la desvalorización de la figura del padre, tanto en la familia natural como en la Iglesia y la sociedad. Recuperar la importancia del padre como factor decisivo para la capacidad de vínculo del hombre, forma parte esencial de lo que tenemos que hacer los católicos.

Y este video es maravilloso pues hace un elogio de la figura paterna como forjadora de hombres y mujeres íntegros, como formadora de personas cabales y completas. Y comienza el elogio de la paternidad desde donde corresponde, desde el amor a su mujer. Luego de relatar parte de su vida como soltero, comienza diciendo: «Y luego llegó ella, mi musa, el amor de mi vida, mi compañera de aventuras», y a partir de allí, comienza a contar el impacto que sus hijos dejaron en su vida, y el impacto que él pretende dejar en la vida de ellos.

De toda la impronta que vamos a dejar en nuestros hijos, la más importante es la de su relación con su Padre del Cielo. Nuestra figura paterna conformará en nuestros hijos la figura de Dios Padre, y esa figura repercutirá a lo largo de toda la vida de nuestros hijos en cómo se relacionen con Dios Padre. Si somos padres atentos, solícitos, presentes, ciertamente que nuestros hijos crecerán con la confianza de que tienen un padre Presente, solícito y atento en el Cielo.

El papa Francisco dijo en su catequesis del 4 de febrero de 2015 que para ser un buen padre hay que «estar presente en la familia. Estar cerca de la esposa, para compartir todo, alegrías y tristezas, esperanzas y esfuerzos. Y estar cerca de los hijos mientras crecen: cuando juegan y cuando se esfuerzan, cuando están alegres y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando callan, cuando se atreven, y cuando tienen miedo, cuando dan un paso en falso y cuando encuentran su camino. Padre presente siempre, pero decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres controladores anulan a sus hijos, no les dejan crecer».