«¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?» ¿Quién alguna vez no se ha hecho estas preguntas existenciales… esas que suelen plantearse durante la adolescencia? Y aunque proponer tan  tremendas preguntas al comienzo de este post pueda parecer un poco intenso, el Catecismo de la Iglesia Católica se refiere a ellas como «preguntas básicas que hombres de todos los tiempos se han formulado». El saber de dónde viene y a dónde va todo lo que existe, conocer nuestro origen y fin, son dos cuestiones inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar (CIC 282).

Les traemos un video de «Ancestry» que busca recrear el ámbito de la Declaración de Independencia de los EEUU en el mundo actual. Hasta aquí, la conexión con el tema no es obvia. Lo interesante, sin embargo, es que el video convoca a descendientes directos de todos aquellos personajes que firmaron esta declaración hace más de 200 años. Imagina que un día recibes una llamada y te enteras de que en realidad eres descendiente de un gran personaje histórico, un héroe de tu país, un héroe de la fe. ¿Cómo te sentirías? Personalmente, creo que incrementaría mi compromiso para con la vida. Me obligaría de alguna manera a honrar con mi vida las grandes obras de mis antepasados, su sacrificio, su vida y muerte.


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Como cristianos, el bautismo nos hizo hijos de Dios. Le llamamos Padre, somos sus descendientes, pero muchas veces esta realidad no parece tener mayor impacto en nuestras vidas. Nos sabemos la teoría de memoria, pero ¿la hemos entendido? ¿Estamos conscientes que venimos de Él y, que con su gracia, hacia Él vamos? Y si no, ¿cómo hemos de comenzar a hacer esto? El Papa Francisco nos recomienda un camino: la memoria. La memoria de nuestra historia con nuestro Señor:

«Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, recordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo, esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte».

Esta urgencia de no olvidar nuestro origen, de dónde nos sacó Dios y nuestra historia con Él, se encuentra también en las Escrituras:

«Por eso, guárdate de olvidar a Yavé, tu Dios, descuidando los mandamientos, las normas y las leyes que yo te prescribo hoy. No sea que cuando comas y quedes satisfecho, cuando construyas casas cómodas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus ganados, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten tus bienes de toda clase, tu corazón se ponga orgulloso y olvides a Yavé, tu Dios, que te sacó del país de Egipto, de la Casa de la esclavitud, el que te ha conducido a través de este desierto grande y terrible, lleno de serpientes abrasadoras y escorpiones, tierra árida donde no hay agua. Pero la hizo brotar de una roca durísima para ti y te alimentó en el desierto con el maná que no conocían tus padres.

Te hizo pasar necesidad y te puso a prueba, para que, después, te fuera bien y no dijeras: “Con mi propio esfuerzo me conseguí esta buena situación”. Más bien acuérdate de Yavé, tu Dios, que te dio fuerzas para conquistar tu prosperidad, cumpliendo así la alianza que bajo juramento prometió a tus padres, como en este día sucede» (Dt 8, 11-18).

Así pues, se hace evidente que, al estar conscientes de nuestra historia con Dios, seremos capaces de vivir mejor nuestro presente. Será imposible olvidar que todo se lo debemos a Él, y aunque vivamos una situación que no parezca tener solución, Su amor que salva nos dará la esperanza cierta de saber que, ultimadamente, Él es el único capaz de «disponer todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes Él ha llamado según su propio designio» (Rom 8, 28).

Por último, comparto con ustedes una enseñanza que escuché hace poco de un padre inglés, Stephen Wang, acerca de la oración del Gloria. Su explicación hacía hincapié en la segunda parte y recomendaba meditar su significado: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos». Y es que es esa nuestra esperanza: el mismo Dios de la Creación, de Jacob, de nuestros abuelitos, de nuestra niñez, es el mismo de hoy y será el mismo mañana, será el que esté durante nuestra vejez y el que guiará a nuestros descendientes. Que con su gracia, permanezcamos conscientes de su amor, de lo que hemos vivido con Él, y que con esa certeza vivamos hoy y miremos con esperanza al futuro. Así sea.