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En estos días donde los corazones, los dulces y los regalos románticos se ponen de moda en los escaparates de las tiendas, es fácil acordarse de un personaje típico que siempre va acompañado de un arco y  una flecha: Cupido.

El comercial de este post presenta a este personaje alado (casi como un serial killer con muy mala puntería) que nos quiere recordar que a veces en la vida hay que «apresurarse menos, y sentir más» para poder encontrar el amor. No me considero ningún “gurú” en el tema, pero me hizo pensar algunas cosas que te quiero compartir.

Es cierto, en medio de todas las ocupaciones que tenemos en el día a día, en donde vamos pensando en nuestro crecimiento personal y profesional (que siempre será algo bueno por buscar), y en mundo donde todo se hace cada vez más agitado, siempre es saludable (para todo en la vida) hacer un “stop”, darte tiempo para ti, para pensar, para tratar de “conectar” contigo mismo, con Dios y con quienes están a tu alrededor también). Y claro, creo que cuando “conectas” contigo mismo es más probable que encuentres al amor. El problema es claro: a veces no tenemos tiempo o simplemente no queremos verlo porque estamos lo suficientemente “entretenidos” con lo que vivimos.

Evidentemente, no solo se trata de detenerse y esperar a ser flechados por cupido. El amor, es mucho más, porque implica siempre una relación-con. Algunos dicen que «llega de repente», «cuando menos te lo esperas»; otros dicen que es algo que uno mismo tiene que trabajar con esfuerzo para que se dé y que todo depende de uno. Yo creo que tiene de las dos cosas: son importantes las decisiones que yo realice en el día a día y también las que pueda hacer por “esa” persona (la conozca o no).


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Por supuesto esto tiene que estar acompañado de una confianza en la acción de Dios, que no se va a quedar de brazos cruzados mientras buscamos la felicidad, e interviene siempre buscando nuestro bien (sin importar que tan lejos estemos de Él). Además de esto, creo que es esencial y necesaria una disposición interior por el amor,  apostar por amar a alguien y por dejarse amar por la otra persona.

«El primer vino es muy bueno: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, tiene que fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo que llega a ser realmente «segundo vino» es más bueno, mejor que el primero. Y esto es lo que hemos de buscar. Y aquí es importante también que el yo no esté aislado, el yo y el tú, sino que se vea implicada también la comunidad de la parroquia, la iglesia, los amigos» (Benedicto XVI en Encuentro Mundial de las Familias en Milán, en 2012).