Hoy traemos un corto romántico sobre un periodista que se enamora de una chica de la sección de cómics. Y sí, este es un tema adecuado para una web de recursos católicos. Creo que hay algunos elementos del corto que pueden ayudarnos a reflexionar.

En primer lugar, debemos aceptar que el amor, vivido en serio, nos cambia los planes. El periodista prefiere vivir en la sección de las noticias, está cómodo allí, pero en realidad no tiene nada que escribir ni qué contar, no hay nada en su vida que merezca la pena, hasta que la comparte con otra persona. Y ese compartir, que puede realizarse de distintas maneras, él lo realiza a través del amor de pareja. En el noviazgo, ni luego en el matrimonio, podemos construir nada si no salimos de nosotros mismos, si no nos donamos. No se trata de renunciar a nuestros propios deseos: debemos expresarlos, del mismo modo que la otra persona tiene derecho a expresar los suyos. Se trata de construir algo nuevo a través de la convivencia entre dos personas que “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19,6).


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En una relación no se nos pide que dejemos de ser nosotros mismos. No se trata de cambiar lo más profundo de uno mismo, lo que se es. El hombre no abandona la zona de las noticias para irse a vivir a la de los cómics, ni la mujer abandona la de los cómics para irse a vivir a la de las noticias, sino que juntos emprenden una aventura nueva. No han dejado de ser ellos mismos, pero han salido de ellos mismos, y eso los enriquece, no hay más que ver cómo el periodista aprende de su compañera y empieza a utilizar las letras del periódico. Podemos y debemos aportar nuestras opiniones y manifestar nuestros deseos: los dos tenemos mucho que aportar, renunciar a la sinceridad es renunciar una relación sana. Así es como poco a poco nos iremos conociendo y sabremos si realmente debemos dar juntos el paso al matrimonio.

Necesitamos el sacrificio. Sí, de sacrificio. No hay que tenerle miedo a esa palabra. Seamos realistas, aunque al estar enamorados podamos pensar lo contrario, es prácticamente imposible que dos personas coincidan siempre en todo. Si nos unimos a otra persona de por vida, lo normal es que haya desavenencias, problemas y, por supuesto, ocasiones en las que tendremos que dar nuestro brazo a torcer en favor del otro. Nos parece bonito que el hombre del corto renuncie al trabajo que había estado preparando para salvar a la chica de caer por un barranco, pero las situaciones de la vida cotidiana no suelen ser tan extremas ni tan claras. Al fin y al cabo, si el noviazgo termina en matrimonio, habrá que decidir si salir de vacaciones o ahorrar, a dónde ir si es que vamos, qué momento es el ideal para visitar a la familia, cómo conducimos los negocios familiares o qué se puede hacer para corregir tal comportamiento de uno de los hijos; es importante que no nos callemos nuestra opinión, pero debemos tener presente que, en ocasiones, tendremos que salir de nuestra pequeña sección en el periódico.


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Desde una visión egocéntrica de la felicidad, muchas veces hemos convertido nuestras relaciones en remedios para nuestra soledad o para nuestra falta de autonomía personal (pensemos en esos hombres que admiten que quieren casarse “para que les hagan de comer y les laven la ropa”). Para sentirnos queridos y necesarios, pero no para amar. Y el amor es, ante todo, sacrificio.

«Pienso también en el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, en la obsesión por el tiempo libre, en las relaciones que miden costos y beneficios y se mantienen únicamente si son un medio para remediar la soledad, para tener protección o para recibir algún servicio. Se traslada a las relaciones afectivas lo que sucede con los objetos y el medio ambiente: todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después, ¡adiós! El narcisismo vuelve a las personas incapaces de mirar más allá de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Pero quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica. Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose» (Amoris Laetitia, 39).

Pero puede ocurrir que, con buena voluntad, estemos dispuestos a hacer grandes cosas por amor y dejemos pasar otros sacrificios más sutiles. Pequeños actos de amor y renuncia como preguntarle al otro por su día y sacrificar un tiempo de ocio si necesita desahogarse, aunque a nosotros no nos parezca tan importante ni tan grave; intentar entender a la otra persona y no solo oírla, aunque nos parezca aburrido. O renunciar a esa tarde en la que por fin no tenemos trabajo que terminar para echar una mano con las tareas del hogar. Son, en cierto modo, sacrificios más insignificantes, más sutiles: no nos hacen parecer héroes, no estamos salvando a nadie de caer por un barranco. Pero es precisamente así como se puede construir, día a día, un matrimonio: entregándose mutuamente en el día a día, en las cosas pequeñas, permaneciendo atentos a las necesidades del otro. Esto se empieza a practicar ya en el noviazgo: no sería la primera vez que tenemos que elegir la película que no nos gusta en el cine, solo porque vamos con esa persona y sabemos que es su género favorito. Cuando esos pequeños sacrificios, casi insignificantes, se hacen por amor al otro y no en un intento egoísta de comprar su amor, entonces estamos en el camino correcto.

Cuando empezamos a tener en cuenta al otro, cuando logramos el equilibrio y ambas partes dan y reciben, entonces la relación sale adelante. Puede que salga adelante en forma de éxito, como ocurre en el vídeo. Pero para nosotros, los cristianos, lo principal es otra cosa: que juntos hayan sido capaces de mantener la armonía y de apoyarse el uno en el otro para llegar a ser mejores como cristianos y (¿por qué no?) santos, gracias a su mutuo amor puesto en práctica.


Escrito por Giovanni Martini.


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