A mi edad, ¿qué he aprendido de la vida? Este simpático video hace un recorrido por las distintas etapas de la vida de varias personas, y por las enseñanzas –a veces cotidianas y sencillas, otras profundas y hasta impactantes–, de sus experiencias de vida.

Sin duda alguna, muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de decir: «Si hubiera sabido que esto iba a pasar, no hubiera tomado esta decisión o, «si alguien me hubiera advertido de esto o lo otro hubiera actuado diferente». Y es que cada situación vivida, incluso los errores cometidos, tienen mucho qué enseñarnos. Es lo que llamamos experiencia.


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Es esa experiencia de vida la que nos ha traído grandes lecciones sobre las cuales apoyarnos para saber conducir nuestra vida en el futuro, y para poder aconsejar y guiar a otros que estén pasando por situaciones similares. Pero para lograrlo debemos tratar de esforzarnos por ver cada acontecimiento de nuestra vida con una mirada reconciliadora, que implica dejar de preguntarnos: ¿Por qué me pasó esto? ¿Por qué tuve que actuar de esa manera?, y empezar a preguntarnos más bien: ¿Para qué? En esta última pregunta encontraremos respuestas mucho más iluminadoras para nuestro presente, pues lograremos sacar provecho de todo y encontrar cuál fue el verdadero aprendizaje de cada cosa que vivimos. 

La experiencia de una vida entendida así, en perspectiva, con un propósito y dirigida hacia un fin, lo que nos va a ayudar a leer los caminos que Dios ha ido trazando, para que descubramos lo verdaderamente importante. Este es el tesoro que poseen los abuelos, mucha experiencia de vida y la gran riqueza que no podemos dejar de valorar.

«La Iglesia mira a las personas ancianas con afecto, gratitud y gran estima. Son parte esencial de la comunidad cristiana y de la sociedad. No sé si habéis oído bien: los ancianos son parte esencial de la comunidad cristiana y de la sociedad. En particular, representan las raíces y la memoria de un pueblo. Vosotros sois una presencia importante, porque vuestra experiencia constituye un tesoro precioso, indispensable para mirar al futuro con esperanza y responsabilidad. Vuestra madurez y sabiduría, acumuladas a lo largo de los años, pueden ayudar a los más jóvenes, apoyándoles en el camino del crecimiento y de la apertura hacia el futuro, en la búsqueda de su camino. Los ancianos, efectivamente, testimonian que, incluso en las pruebas más difíciles, no hay que perder nunca la confianza en Dios y en un futuro mejor. Son como árboles que siguen dando fruto: aun con el peso de los años, pueden dar su aportación original en pos de una sociedad rica de valores y para la consolidación de la cultura de la vida» (Papa Francisco. Discurso a la Asociación Nacional de Trabajadores Ancianos. Vaticano. Octubre 2016).


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Hagamos entonces el ejercicio de preguntarnos: A mi edad, ¿qué experiencias de vida he ido atesorando? ¿A quiénes puedo enriquecer con mi experiencia? Comparte tus reflexiones con alguien 🙂