Este video es un poco largo, pero creo que puede servir para una reflexión. Una (también un poco extensa, quizás) sobre tres puntos, que trataré por separado, para sacar una breve conclusión. La familia, la sexualidad y la vida, y quiero unir estas tres aristas desde un enfoque antropológico, desde la mirada de lo que es la persona, ya que este video nos presenta la historia de una que, como muchas, se enfrenta ante una situación que la sobrepasa, que la hace sentir “atrapada”.

Y, mientras pienso en el título de este video («Atrapada»), me pregunto, ¿cómo puede una persona “atrapada” ser libre? ¿Puede tomar una decisión “libre”? ¿Cuál es la libertad que quiere encontrar? ¿Sería más libre sacándose de encima “el problema”? Suena duro, pero “sacarse de encima el problema”, es matar a una criatura. Bueno, serán cuatro aspectos entonces sobre los cuales quisiera escribirles.  


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1. Somos libres

Existen diferentes dimensiones de la libertad: de coacción, de elección, y la libertad en el sentido moral. De coacción, se refiere a poder realizar lo que la persona decidió hacer, sin impedimentos externos. De elección, es la posibilidad de decidir por uno mismo, sin necesidad interna para elegir una cosa u otra. Y en sentido moral, la libertad se refiere a la capacidad de afirmar, amar el bien, la autodeterminación de la persona al bien, que es el fin de una voluntad libre. Una voluntad libre es una voluntad que no está atada, esclavizada por pasiones que la alejan de ese fin. Por ejemplo, si veo que un asado va a aumentar mi colesterol, dañando seriamente mi salud, y decido no comerlo, soy verdaderamente libre no comiéndolo, porque sé que es lo bueno. Y fui libre, aunque hubiese preferido comérmelo. En cambio, si no me aguanto y me como un asado, chorizos, costillas y todo lo que encontré en la parrilla, aparentemente fui “libre” porque “hice lo que quise”, pero en realidad no lo fui, porque lo que hice fue una consecuencia de las pasiones (antojos, gula, etc.) y no de la suma de mi inteligencia y voluntad. Según el Concilio Vaticano II, la libertad existe para que la persona:

«Busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose libremente a Él, alcance la plena y bienaventurada perfección. La libertad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esa dignidad cuando, liberándose totalmente de la esclavitud de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes».


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¡Es tan distinto a lo que nos enseñan de la “libertad”! Por eso (sin extenderme en el tema) quisiera aclarar que libertad no es libertinaje, y la libertad puede costar, muchas veces cuesta, pero es la que finalmente nos conduce a la felicidad verdadera, porque ese es su fin.

2. La sexualidad

«En ese momento se sentía real. Y se sentía bien». Quisiera decirle, ahí, en ese momento, a la chica: el amor no es solo un sentimiento. El amor también necesita de la inteligencia y necesita de la voluntad, para poder encaminar esos sentimientos hacia el bien. El amor necesita de un compromiso, porque necesita poder ejercerse libremente. Y, aunque estos tiempos modernos digan los contrario, un compromiso hace libre a la persona.

«En ese momento». No es amor ni es fidelidad lo que no dura en el tiempo. Y la entrega plena de uno mismo, no puede darse sin amor. Se necesita amor, y para que haya amor, debe haber un compromiso. Esto creen que lo dicen los católicos que “no dejan tener relaciones sexuales antes del matrimonio”, pero no se trata de eso: el matrimonio es un compromiso, un compromiso que no dependerá de “en este momento me siento bien contigo”, sino de la elección: “aunque mañana me levante de mal humor y las dificultades y contrariedades propias de la vida hagan que no lo sienta bien, te seguiré eligiendo, te elijo por hoy y te elijo por mañana”. En esa elección, libre, uno puede amar y puede entregarse por completo a la persona a quien mira como futuro padre o madre de sus hijos. El amor se vuelve creador. cocreador (entre la pareja y Dios que da esa nueva vida). “¿Te vas a deshacer de eso, verdad?” no suena como algo verdadero, y es por eso que no nos suena como algo correcto.

Una sexualidad libre no es un libertinaje sexual, y eso es algo que pocos entienden, pero quienes lo entienden, descubren que es una realidad (que Dios bendice y que por eso la ha querido como preámbulo para crear una vida. Pero el libertinaje sexual está lejos de entenderse como algo plenamente libre.

Dios es generoso y a esta niña le concedió ser madre. Es una oportunidad de ser libre: elegir bien, elegir el bien, optar por reencausar la vida. Un momento para aceptar las circunstancias que ya no se pueden cambiar, aunque duelan; de aprender a amarlas. A veces hay que cambiar un plan, pero Dios es sabio. Si Él cambia un plan, es porque está abriendo una oportunidad para que aprendamos a caminar hacia el fin de nuestra vida: Él, la felicidad, la vida, el amor. 

3. La familia

«¿Por qué lo hiciste? ¡Tienes una beca!». La madre va y abraza a la hija, y luego le ayuda a encontrar una clínica abortista. El conjunto de prioridades, no siempre correctas ni del todo consciente, que se traduce en decisiones, se forja en el interior de la familia. Educar en la libertad es tarea de las familias.

En el libro: «Puedes volar como las águilas» hay un capítulo llamado: «Los padres, formadores de santos». Voy a hacer un clipping de algunas ideas de ese capítulo, pero no las entrecomillaré porque las sacaré unas de aquí y unas de allá, perdón. Van a partir de aquí, hasta el final de este punto:

Es natural que los padres tengan ambiciones para sus hijos. Si queremos a alguien, necesariamente deseamos que sea feliz.  Un privilegio maravilloso que tienen los padres es el de ser los primeros en presentar Dios a sus hijos. Amor y Bondad; el concepto que el niño tenga de Dios debe forjarse alrededor de estas dos ideas. También deberá conocer la justicia de Dios, pero – a ser posible – después de tener la convicción del amor de Dios indeleblemente impresa en su mente. Al niño no sólo debe presentársele a Dios como un Dios de amor, sino que se le debe ayudar también a formarse una conciencia recta.

El adolescente necesita quien le guíe y que lo haga con fortaleza. Él mismo, consciente o inconscientemente, busca ese consejo. En medio de su confusión e incertidumbre emocional, agradece la protección contra sí mismo. Esa firme dirección se requiere especialmente cuando sus normas de conducta chocan con las de la Moral, decencia o educación. La comprensión de las necesidades y problemas del adolescente llevará a los padres no obstante a ejercer su autoridad con paciencia y cariño.

(A los padres de una hija soltera embarazada) me dirijo ahora, con el ruego de que afronten su grave problema con inteligencia y caridad. Cuando la hija amada dice a sus padres que está “esperando”, la primera reacción de ellos suele disgustarse horrorizados… había sido siempre tan buena… En primer lugar, la muchacha no se ha vuelto mala por el hecho de su embarazo. Puede haber cometido un solo pecado, en un instante de tentación repentina. Esa única falta n quiere decir que todo su carácter haya cambiado. Sin duda, ha llorado amargamente su pecado, se ha confesado y ya está en gracia. No es una prostituta.

El hecho de que vaya a tener un hijo no empeora su pecado. Permítaseme recalcar el hecho de que tener un hijo no es pecado. La unión extramatrimonial fue un pecado, pero el embarazo resultante no lo es. La criatura que esta hija lleva en su vientre está destinada a ser un hijo de Dios. La chica está atemorizada, dolorida, apenada y confundida. Este es el momento para que los brazos paternos la acojan con seguridad: “sentimos lo ocurrido, hija mía, pero te seguiremos queriendo tanto como siempre. Deja de preocuparte: el mundo no se ha hundido. Llevaremos esto juntos, y no será tan malo como piensas”. Luego, acudir al sacerdote o a algunas otras personas que les orienten con buen criterio católico pondrá las cosas en su lugar.

Cuando la crisis haya pasado y su hija sea feliz y sonría de nuevo, los buenos padres llegarán incluso a considerar éste como uno de sus mejores momentos. Han sido capaces de superar su propio shock y temor, en aras del amor. Han sido capaces de olvidarse de sí mismos para convertirse en torres gemelas de fortaleza para su hija, cuando ésta más los necesitaba.

4. El valor y dignidad de la persona

«¿Por qué debería sentirme culpable? Es mi cuerpo. Mi vida». Al comienzo la chica hablaba de que podía escuchar su corazón latir. Pero ya no era el único que latía. En realidad, con ella latía otro corazón. Por ende, había otra vida. Si un adulto es persona, un embrión también lo es. De la misma manera que mi abuela es persona a sus 75 años y yo lo soy a los 24. La dignidad de un enfermo es la misma que la dignidad de una persona sana, no es más valiosa una persona que puede ver que un no vidente. Si poder ejercer ciertas capacidades (como ver) no me hace “más persona” que una persona incapacitada para hacerlo; si una persona que está coma, sin consciencia de sí es tan persona como yo… el niño no nacido es una persona. Todos contamos con idéntico valor y dignidad.

«Es real. No puedo parar ese latido de corazón», dice más adelante. Si el amor que tuvo con el chico no fue verdadero amor, si no fue real, hay algo que sí lo es: esa vida que ahora está protegiendo.

Ya para concluir: el aborto, además de ser una ofensa grave a Dios, es un daño a la persona, a su entorno, a la sociedad. Aunque pareciera inicialmente algo inocuo, quitar una vida a una persona nunca puede serlo. Quise mirar “antropológicamente” este video, porque creo que se ha despersonalizado al ser humano. Ya no se trata de quitar la vida a un bebé, sino de “solucionar un problema” y la televisión, las ideologías de moda, los portavoces nos dicen todo el tiempo “es tu decisión” y no nos cuentan esa parte de la historia. Una historia que se debe contar en el núcleo de las familias, porque es allí donde empieza la formación, es el lugar donde se conoce el amor, donde se conoce el sentido del bien. «Debí haberlo sabido. Me habían enseñado mejor», dijo en un momento la chica. Pero creo que la formación de los hijos, la formación propia, va más allá del conocimiento de los diez mandamientos. Hay que ayudarlos a saber quiénes son, para qué están aquí, cuál es su fin último, y por qué conociendo el Dios y sus enseñanzas, podrán encontrar el sentido pleno a su vida.

«Mi vida nunca será la misma (…), es duro (…) pero nunca pensé que podría amar tanto a alguien». Por eso dije que Dios es sabio, pero, aún más, generoso, respondiendo con creces a nuestra generosidad: de una falta de amor, logra sacar amor, cuando se dice un “sí” a su voluntad. En este caso, un “sí” al amor, “sí” a la vida.