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Hoy ponemos este simpático y creativo video del grupo SoulPancake. “Tome asiento y haga un amigo” es el título de esta instalación que busca generar un espacio que permita a dos personas de entablar una amistad. De hecho se puede apreciar que el espacio (la piscina de pelotas) es informal, inusual, hasta incluso un poco ridículo, sin embargo estas características permiten generar un ambiente libre, sin tantos prejuicios, simpático, remitiendo a la niñez, para -como suele suceder con los niños cuando juegan- ayudar a los desconocidos a dejar de lado las apariencias y abrir el corazón libremente. Luego están una serie de pelotas que proponen preguntas para guiar el diálogo. Las preguntas son interesantes, porque proponen  un progresivo acercamiento entre los dos participantes a través de varios temas, tocando diversos aspectos personales; mostrándonos así algunas condiciones necesarias para poder llegar a conocer al otro, como por ejemplo: la apertura, la escucha, el compartir recuerdos, la confianza, el juego. De hecho poco a poco son estas condiciones las que permiten que estas personas desconocidas entre sí, entablen un vínculo positivo que, aunque sería ingenuo llamarlo una auténtica amistad (que requiere mucho más), es sin duda alguna un primer paso hacia tal horizonte.



Elementos apostólicos

Viendo este video me venían muchísimas reflexiones a la cabeza, reflexiones en torno a la amistad, en torno al ambiente propicio para cultivarla, en torno al dialogo auténtico, en fin en torno a los grados de profundidad que se pueden alcanzar en las diversas relaciones de amistad. Entonces me acordé de un autor que había leído algunos años atrás que trataba de manera muy aguda estos temas. Releyendo el capítulo IX (que trata propiamente sobre la amistad) encontré la mayoría de estas ideas, escritas obviamente mejor de lo que habría podido hacerlo yo. Por esto he decidido dejarles extractos de algunas de las partes más sugerentes del capitulo en relación al video. Dice Ignace Lepp en su libro “La Comunicación de las Existencias”:

“San Agustín tiene plena razón al decir: «Nemo nisi per amicitiam cognoscitur» (solo la amistad per­mite conocer al otro de manera profunda y auténtica). Mientras una persona no es mi amigo, solo lo conozco a la manera de los objetos, es decir, por lo que tiene en común con las categorías y clases del ser. Lo podré describir por el color del cabello y de los ojos, por los rasgos definitorios de su temperamento y carácter, o por la posición social que ocupa y el oficio que ejerce. Evidente­mente tal conocimiento objetivo no es superfluo: es el único que posee la ciencia y nadie discute la utilidad de la ciencia. Pero tal conocimiento no nos enseña nada, o casi nada, sobre lo que el otro es en sí, sobre lo que lo hace diferente de todos los demás e irrem­plazable a nuestros ojos, aun en el caso de que objetivamente no sea superior a los demás. La amistad prepara el corazón del hombre para la simpatía, lo libera de categorías objetivas preestablecidas y prejuicios, le permite conocer al amigo, no solo como lo ve el mundo sino cual es en lo más profundo de su ser. Siendo pasión el amor solo posee el conocimiento del corazón, mientras la amis­tad es a la vez conocimiento del corazón y de la inteligencia.


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La amistad quiere el diálogo. Los seres que sólo monologan, que se relamen escuchándose, jamás llegarán a una comunión auténtica, ni en el caso de monologar por turno. En el monólogo, en efecto, cada uno piensa sólo en sí, mientras la amistad exige olvido de sí, aceptación del otro y don de sí al otro. El diálogo opera la pro­moción existencial de los seres sin que ninguno de ellos -se pierda o presione sobre los demás. Si la camaradería se funda sobre el compartir un bien material o por lo menos temporal, la amistad es el encuentro directo de dos existencias espirituales. Mas este encuentro solo podrá realizarse por la mediación de un bien espiritual. Entendemos aquí la palabra “bien espiritual” en el sentido más amplio posible, como significando todos los bienes que estima y de que se alimenta el espíritu. Puede ser “bien espiritual” la filo­sofía, la poesía, la música y aun la política. Y cuanto el lugar de encuentro de las existencias sea más auténticamente espiritual, tanto la amistad que nazca tendrá mayor cohesión, fuerza, elevación y dinamismo. Los seres humanos para quienes la música, por ejemplo, es el valor más sublime de la vida, pueden, gracias a la comunión que ella establece entre sus almas, entablar una amistad más autén­tica que la que podría darse entre simples aficionados a la música, sobre todo si éstos carecen de otros puntos de encuentro que esti­men esenciales para ellos. Es evidente, con todo, que el encuentro de dos espíritus o de una comunidad de espíritus en un bien espi­ritual supremo, no solo subjetivamente para estos individuos sino también objetivamente, en sí mismo, permite lograr una amistad infinitamente más auténtica y creadora que la que puede haber entre los más fanáticos adoradores de la música o de la filosofía.

No hay amistad tan al abrigo seguro de todos los fracasos, de todas las decepciones, ni tan capaz de cumplir todas sus promesas, como la que nace y se desarrolla en el clima de una experiencia religiosa común, de una adoración común del Señor. Sea cual fuere el valor intrínseco, inmanente de los amigos, una amistad pura­mente natural es incapaz de preservarlos indefinidamente contra la obra destructora de muchas pequeñas decepciones, que se acu­mulan poco a poco hasta levantar una montaña. Ni puede la amistad, con títulos mejores que el amor, escapar al hábito y la rutina, peores enemigos y más peligrosos que las crisis de celos y las rupturas bruscas. ¿Cómo podrá una amistad que, sólo es natu­ral resistir a este lento trabajo de zapa? Con la edad, las enfermeda­des y los duelos, el amor de la música, de la poesía o de la filosofía pierde generalmente intensidad y corre el riesgo de desaparecer completamente. La desilusión parece inevitable en toda amistad cuyo bien espiritual es puramente natural. Tal amistad terminará vi­viendo a la postre sobre ilusiones más o menos voluntarias. Entre los amigos no quedará en común nada actual y vivirán de impulsos que sólo se nutren con recuerdos.

Es por tanto acertado decir que, en cierto sentido, sólo los santos son auténticamente amigos, pues su amistad se basa enteramente sobre el amor común de Dios. Nuestras amistades personales parti­cipan de la autenticad en la medida que se alimentan en la Fuente de toda santidad y nos ayudan a caminar adelante en la senda que lleva al Señor. Consciente o no, toda verdadera amistad tiende hacia esto, aun entre no creyentes. Pero quienes tienen conciencia de las posibilidades y aspiraciones profundas de su amistad, pueden contribuir activamente a su éxito y avanzan más rápidamente en el camino hacia el Absoluto que ella indica. Las amistades de Jesu­cristo serán siempre la escuela más excelente de la amistad auténtica.

Las amistades excepcionales de san Francisco de Asís y santa Clara, san Juan de la Cruz y santa Teresa, san Fran­cisco de Sales y santa Chantal, y de tantas otras parejas de una fe­cundidad espiritual extraordinaria, confirman nuestra tesis”.


Preguntas para el dialogo:

1. ¿Quién es para ti un amigo auténtico, es decir, cuáles deben ser sus caracteristicas?

2. ¿En qué cosa se fundan tus amistades, o sea, cuales motivos te unen a tus amigos?

3. ¿Cuántos amigos de verdad tienes? ¿Dialogas profundamente con ellos? ¿Eres tú un verdadero amigo para ellos (tienes las caracteristicas necesarias respondidas en la primera pregunta)? ¿Cómo puedes hacer para mejor tu amistad?