Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Ávila o como la mayoría de nosotros la conoce, santa Teresa de Jesús es sin duda una de las santas más populares y trascendentes en la historia de la Iglesia, sobre todo por su gran legado místico y espiritual que hasta nuestros días dan frutos en la vida de la Iglesia a tal punto que es considerada doctora de la Iglesia.

Santos como Teresa de Jesús, abruman por su impresionante “currículum espiritual” y aunque modelos inspiradores en cuanto a la vivencia de la fe, muchas veces esas mismas características que le vuelven excepcional, la convierte en lejana, inalcanzable y al final de cuentas, muy difícil de imitar, por lo que a muchos les cabe la duda: ¿podré llegar a ser como santa Teresa de Jesús? Claramente muchos no damos con la talla de santos de esta envergadura y en el desánimo, sus testimonios y enseñanzas quedan relegados más bien al campo de lo anecdótico o peor aún de la “espiritualidad teórica”, aquello que sabemos que existe pero que nunca hemos visto y vivido… 


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Es tal la grandeza de Santa Teresa, que esa misma inmensidad de su enseñanza y testimonio de vida la vuelven cercana, comprensible, empática y sobre todo imitable. Es por eso que mirando la historia de su conversión, su tardía conversión, hemos destacado algunos puntos que creemos que podemos traspasarlos también a nuestras vidas, para que, siguiendo sus pasos, nos acerquemos más a la santidad que el Señor nos invita a vivir.

1. En cualquier momento de la vida

Santa Teresa de Jesús se convirtió en edad ya adulta, a sus 39 años, en 1554, cuando llevaba viviendo casi veinte de religiosa carmelita en el monasterio de la Encarnación. Es decir, ya tenía una vida de “Iglesia” como la mayoría de nosotros e incluso era parte de una comunidad muy próspera. Ella ya había consagrado su vida completamente al Señor y había optado radicalmente por Él, pero aun, en medio de eso, tiene un encuentro que cambia su vida.


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Aquí hay algo valioso para todos nosotros, que muchas veces nos vemos arrastrados por la inercia de la rutina, del calendario litúrgico, de las cosas planificadas en la agenda anual y que pocas veces hacen vibrar a nuestro corazón verdaderamente más allá de la satisfacción de la tarea felizmente realizada con amor.

Dios llama, Dios busca, Dios anhela que nos encontremos con Él y nunca es tarde; incluso, como en el caso de santa Teresa de Jesús, puede ser que siendo adultos y formando parte de una comunidad eclesial en donde hacemos un apostolado, seamos llamados por Dios y tengamos un profundo encuentro personal con Él.

2. Desencadenado por un evento

Sin duda la conversión es un proceso, que la mayoría de las veces dura toda la vida. No obstante está desencadenado por un evento puntual y le llamamos “encuentro personal” y santa Teresa de Jesús tuvo uno, tardío, pero singular que ella misma describe en sus escritos.

Como alguna vez nos explicó el Papa emérito Benedicto XVI: «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, n. 1) por lo que no cabe duda que, aunque los frutos puedan manifestarse de forma paulatina, el encuentro es un acontecimiento puntual que todos deberíamos buscar, pedir y estar abiertos a vivir.

Es importante mirar la propia historia personal para revisar cuales han sido esos “eventos” que nos han llevado más profundamente a caminos de conversión y cuáles de esos han sido verdaderos encuentros con Jesús.  Sin el afán de juzgar o ser fatalista, pudiera ser que, al igual que la santa, llevemos años de servicio entregado a Dios y a la Iglesia, sin haber tenido un real encuentro con Jesús. Pidámosle al Señor que se manifieste en nuestras vidas y las cambie para siempre.

3. En medio de lo ordinario, de la acción pastoral y apostólica

A santa Teresa de Jesús le ocurrió en medio de su rutina de religiosa. Imaginen, una monja que vive en medio de quehaceres que tienen que ver con la vida espiritual pero al mismo tiempo, rutinarios. Relata santa Teresa:

«Acaeciome que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle».

Nada extraordinario, nada de peregrinaciones a lugares místicos, nada de grandes eventos con reconocidos cantantes o predicadores, nada de retiros espirituales. Nada. Entró a un oratorio como de costumbre y se encontró con una imagen de Jesús que ni siquiera estaba ahí a propósito sino que quedó luego de otra actividad, pero en medio de las actividades propias de su rutina, Jesús se mostró para cambiar su vida por completo.

Seguro que sucede también para cada uno de nosotros, que en lo cotidiano, en lo que hacemos siempre, en lo que parece que no tendrá un final grandioso, el Señor puede y quiere mostrarse.

4. Aunque extraordinario, se da más de una vez en la vida

Según los mismos relatos de santa Teresa de Jesús, luego de su experiencia con el “Jesús llagado” que se encuentra en el oratorio sin querer, vive tres o cuatro experiencias más que volvieron a significar para ella un motivo de conversión y de profundo encuentro con Jesús. No se tiene certeza del orden cronológico de estas, pero se trata de meditaciones y momentos de reflexión profunda iluminados por la vida de otras grandes personas. En la reflexión de la vida de “María Magdalena”, ella se siente profundamente representada y encarnada. También cuando recibe “Las confesiones” de San Agustín, libro que la envuelve y la hace comprender más aún su propio camino y finalmente la vida del Apóstol Pablo. Todas ellas, historias de conversión profundas, radicales y que la llevaban a ella por el mismo camino.

Para nosotros, el testimonio de santa Teresa de Jesús puede ser motivo de conversión como para ella lo fueron la vida de otros grandes santos y al mismo tiempo, abrirnos a la posibilidad de dejarnos encontrar una y otra vez durante nuestra vida, no conformarnos con un único y lejano encuentro. La experiencia de Jesús, aunque extraordinaria, por su amor, se puede repetir.

5. La propia consciencia del encuentro personal

Este es uno de los frutos más claros en una persona que ha tenido una experiencia personal con Jesús: la conciencia de ese encuentro. Santa Teresa de Jesús lo sabe, lo comparte, lo examina, lo reflexiona e incluso escribe sobre aquello. Sabe que esto le cambió la vida, sabe que cambiará la vida de otros, se sabe convertida, se sabe encontrada y tiene certeza de que tal experiencia dará frutos en ella y en los demás (cosa que tenemos más que clara luego de un par de siglos en que seguimos admirandonos por su enseñanza y aporte espiritual a la Iglesia).

Saberse amados y encontrados por Cristo no es algo teórico, no es algo que se aprenda en la catequesis como los mandamientos. El amor de Dios, aunque se comprende con la cabeza, se experimenta en la vida y santa Teresa de Jesús nos enseña que debemos mirar ese momento de la vida y atesorarlo, que debemos compartir nuestro testimonio con alegría y no escatimar en los detalles que dulcemente ha tenido Dios con nosotros.

6. Los dos componentes de la conversión

Para ella la conversión tiene fundamentalmente dos componentes: el componente “etico” con el cambio radical de vida y costumbres; y el componente “cristológico”: Cristo presente en su vida como referente fundamental. Todo esto lo plantea pero en orden inverso. Primero Cristo, se convierte en la razón de todo, de su vida consagrada y de toda su vida, no solo como un factor que la hace cambiar, sino como una persona presente y que actúa en ella, y, desde esa relación con Cristo, cambia luego su conducta.

Por lo tanto y aplicando estos componentes a nosotros, si somos buenos o malos, mediocres o excelentes, virtuosos o pecadores no se debe únicamente a que tengamos conciencia del bien y el mal y nos hayamos aprendido la doctrina y los mandamientos de memoria, sino a una relación con Jesús que ha pasado de ser algo teórico y cultural y se ha vuelto vivencial y real. Es Jesús quien nos cambia la vida.


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