Durante estas semanas hemos visto publicadas en Catholic link algunas frases de científicos afirmando la relación entre fe y ciencia. Hoy les dejamos un post que nos ayuda a entender esta relación.

Decir que la fe se contrapone a la ciencia no solo es una afirmación poco inteligente e ideológica (desmentida por miles de científicos de talla mundial entre los cuales se encuentran no pocos premios nobel), sino que además contradice una actitud fundamental que todo científico, ateo o creyente, presupone en cualquiera de sus experimentos. Sí, porque la fe -entendida en este caso como confianza humana ante lo no demostrable o comprobable – es de hecho una experiencia cotidiana de todo científico que indaga.


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Por ejemplo los científicos saben con certeza, basada en fe humana, que nuestra mano es una nube de partículas unidas por fuerzas en una dimensión que es prácticamente todo vacío, y que la mesa también es una nube de partículas unidas en algo (una red de fuerzas) que en su gran extensión es casi totalmente vacío. Y que –como decía el sacerdote astrofísico Manuel Carreira SJ– «cuando yo quiero pasar mi mano a través de la mesa, no pasa porque hay fuerzas de repulsión, pero que no hay nada sólido, ni en la mesa, ni en mi mano. Y que cuando tropieza mi mano con la mesa, no llegan a tocarse jamás dos partículas. Todo esto lo sé con certeza, a pesar de que va en contra de lo que dicen nuestros sentidos». Explicar porqué nuestra percepción a nivel “macro” (es decir a nivel de nuestros sentidos más comunes) parece contradecir totalmente la realidad “micro” (atómica, imperceptible) de lo que está ocurriendo, no se puede, pero los científicos con toda razón lo toman como una dato cierto, aun siga siendo misterioso.

Paradójicamente como también menciona el Padre Carreira: 

Esta fe humana no solamente me da certeza, aun en contra de los sentidos, sino que me obliga a aceptar cosas que no entiendo.  Y si no hago eso no puedo progresar ni en la ciencia ni en ningún otro ámbito. Hay una frase digna de recordar, de uno de los grandes físicos del siglo XX, Richard Feynman, premio Nobel y con discípulos premios Nobel. Dice taxativamente: “Creo que puedo afirmar, sin miedo a que nadie me contradiga, que no hay nadie en el mundo que entienda la Mecánica Cuántica”. Y eso lo dice él, que contribuyó mucho a la Mecánica Cuántica. Tampoco sabe hoy nadie cómo es posible compaginar las dos teorías fundamentales de la física moderna, la Relatividad General y la Mecánica Cuántica, cada una perfectamente comprobada en su ámbito, pero que son incompatibles entre sí. Y ese es tal vez el desafío más grande de la física moderna. No hay lugar a duda de que son verdad, cada una en su campo: será una verdad parcial, pero son verdad. Pero no es posible entender cómo pueden conciliarse. Nadie lo entiende.Manuel Carreira SJ.

En el mundo de las “ciencias duras”, como podemos ver, los científicos no tienen miedo de admitir que se mueven y colindan constantemente con las dimensiones del misterio, en el cual la materia medible, así como nos aparece, no se deja jamás aferrar del todo por nuestros instrumentos e insinúa sutilmente un horizonte infinito de posibilidades.

Ahora bien, si esto que decimos es verdad para la “fe humana”, ¿qué se puede decir acerca de la “fe cristiana”, o bien, de la fe que no es solo confianza ante lo indemostrable, ante lo que excede nuestra razón, sino más bien, que se presenta como confianza ante una serie de verdades reveladas por Dios mismo como ciertas?


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Aquí también podemos afirmar sin problema alguno que la ciencia no contradice, ni podría (aun queriéndolo) contravenir a la revelación. Porque en el fondo, del estudio de la materia en su actividad, no podemos extraer ninguna consecuencia fuera de decir cómo actúa y se comporta. Lo que significa, simple y llanamente, que el ámbito de la ciencia es limitado, y que su límite será siempre la actividad de la materia que puede comprobarse experimentalmente (aun cuando nos falte hoy la tecnología para hacerlo). Por lo tanto, preguntarse a nivel científico si Dios existe o no, o si dijo o hizo tal o cual cosa, es ya de partida un problema mal planteado, pues se pide una respuesta que va más allá del campo de estudio de la ciencia misma (de las mismas premisas que ella exige para considerar como válida dicha afirmación). Un campo donde sí podemos en cambio afirmar y debatir tales contenidos sería el campo de los estudios teológico-filosóficos, donde  la experiencia religiosa del hombre que en la historia se abre al misterio de Dios, puede ser tratada con un lenguaje y una serie de premisas más amplias que la del lenguaje científico.

Irónicamente, y aunque no parezca a primera vista, la ciencia es la manera más restringida de conocimiento que tenemos. Todo el ámbito de la actividad social, familiar, ética, artística, literaria, queda fuera de la ciencia, porque excede los parámetros de lo calculable y experimentable, es decir, superan el marco de acción que las ciencias exactas establecen. Y sin embargo todos estos ámbitos son el fundamento de nuestra cultura, de la dignidad humana, de las activadas que más nos cualifican como personas. O en otras palabras como dice Carl von Weizacker, «Si yo veo una puesta de sol puedo, mediante la espectroscopía física, explicar la intensidad de las diversas longitudes de onda que producen los colores hermosos del atardecer, y dar una razón de por qué ocurre así, pero no puedo dar una razón científica de por qué me gusta contemplar ese espectáculo. El que la puesta de sol sea hermosa no lo describe ninguna ecuación, no es algo cuantificable».

En realidad, lo más grande que pueden y deben hacer las ciencias por el hombre es encontrar un camino para servir al hombre y favorecerlo a vivir su vida inegralmente, de tal manera que, a través de una mayor comprensión de la realidad en su dimensión cuantificable, pueda responder y vivir más plenamente las preguntas de fondo que caracterizan su existencia: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿por qué existe el mal?,  ¿qué hay después de esta vida?  Estas preguntas tienen su origen común en la necesidad de sentido que siempre acucia el corazón del hombre y sin el cual no puede vivir plenamente la vida. De hecho “de la respuesta que se dé a tales preguntas depende la orientación que se dé a la existencia”  (Cfr. Fides et Ratio 1).

Por eso, si las ciencias dejan de ayudar al hombre cualitativamente, es decir, dejan de ayudarlo a responder integralmente a dichas preguntas y a vivir coherentemente según una auténtica respuesta de las mismas, acabarán –como ya lo han hecho tantas veces en el pasado- por impedir que éste alcance la felicidad y la realización que tanto anhela. Muchos grandes científicos, como los que presentamos hoy, están ahí presentes para darnos un testimonios confiable y para recordarnos que existe y es posible el primer camino.