«¿Qué hemos de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?» (Mt. 19,16) Fue la pregunta directa y contundente del joven (pregunta que nos hacemos también tantos de nosotros cada día). La respuesta del interlocutor no se hizo esperar: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Hasta aquí todo claro. Sí, pero exactamente «¿Cuáles mandamientos?». La pregunta parecía retorica. Todos saben cuales son los mandamientos, ¿o no? En todo caso el joven quiso correr el riesgo, tal vez como provocación, es decir, para comprobar si esos viejos mandatos dados por Dios tantos siglos atrás seguían teniendo vigencia o debían ser actualizados (algo que también tantas veces hemos escuchado ¿o pensado?).

Ahora bien, el Maestro impasible respondió sin titubeos, como diciendo, “ya sabes” «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt. 19,18-19)


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Era una respuesta evidente (¿qué más se esperaba el joven?). Jesús no cambia nada de lo ya establecido, en realidad para ser más precisos, lo perfecciona:  “ven y sígueme” “Ustedes han oído que se dijo… pero yo os digo”.  Sin embargo, hay que entender que en lo substancial de los mandamientos no hubo cambios (ni los habrá), no porque Dios sea retrograda o caprichoso, o simplemente porque se le olvida, sino porque estos responden al hombre, a su naturaleza, a su corazón; han sido hechos por Dios a medida humana (para nuestro bien). Y mientras no cambie el hombre, no cambian los mandamientos. El catecismo resume bien esta idea en su número 2080 cuando dice: «El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ley natural. Lo conocemos por la revelación divina y por la razón humana».

De hecho si se mira con detención la lista, uno puede concluir que en realidad no son peticiones extravagante.  Cualquier persona en su sano juicio podría (y debería) concluir que estas son necesarias para vivir una vida auténticamente humana. Los diez mandamientos no son restricciones, sino libertad, y quien los practica con fidelidad sabe esto por experiencia.

El Papa Francisco lo expresó con una fuerza tremenda cuando dijo: «Ahora, Dios mismo, en el Monte Sinaí indica a su pueblo y a todos nosotros el itinerario para permanecer libres, un camino que está grabado en el corazón del hombre, como una ley moral universal (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-22). No debemos ver los diez Mandamientos como limitaciones a la libertad, no, no es esto, sino que debemos verlos como indicaciones para la libertad. No son limitaciones, sino ¡indicaciones para la libertad! Ellos nos enseñan a evitar la esclavitud a la que nos reducen tantos ídolos que construimos nosotros mismos —lo hemos experimentado muchas veces en la historia y lo experimentamos también hoy—. Ellos nos enseñan a abrirnos a una dimensión más amplia que la material, a vivir el respeto por las personas, venciendo la codicia de poder, de posesión, de dinero, a ser honestos y sinceros en nuestras relaciones, a custodiar toda la creación y nutrir nuestro planeta de ideales altos, nobles, espirituales. Seguir los diez Mandamientos significa ser fieles a nosotros mismos, a nuestra naturaleza más auténtica y caminar hacia la libertad auténtica que Cristo enseñó en las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12.17; Lc 6, 20-23)». (Video Mensaje, Sábado 8 de junio de 2013)

El video de hoy nos recuerda ya sea a través de simpáticos y creativos símbolos, o de modo explicito, aquellos márgenes que deben delinear nuestro camino hacia la libertad, ese camino de amor concreto que, si cumplimos con fidelidad, nos portará a la conformación vital con Cristo, pues El mismo nos prometió «El que me ama, cumplirá mis mandamientos; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él» (Jn 14, 21-26.)

Catecismo de la Iglesia Católica

2053. A esta primera respuesta se añade una segunda: “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida (cf Mt 5, 17), sino que el hombre es invitado a encontrarla en la persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad (cf Mt 19, 6-12. 21. 23-29). Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

2054. Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la “justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos” (Mt 5, 20), así como la de los paganos (cf Mt 5, 46-47). Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás […]. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal” (Mt 5, 21-22). 

2055. Cuando le hacen la pregunta: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22, 36), Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley: «En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 9-10).