Nos han escrito diversas personas que trabajan en ámbitos de la salud contándonos que más allá de la ayuda y el acompañamiento físico que realizan junto a los enfermos agonizantes, desean hacer algo más por sus almas, sobre todo por aquellos que parten hacia la Casa del Padre.

Nos ha parecido un gesto muy hermoso, y por ello hemos seleccionado algunas sencillas oraciones que puedes rezar en esos momentos si trabajas en algún hospital o si simplemente tienes algún conocido que esté agonizante o que ha fallecido. También puedes rezar la coronilla de la Divina Misericordia por ellos, como lo ha pedido Jesús por medio de Santa Faustina Kowalska: «Cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el Padre y el alma agonizante no como el Juez justo sino como el Salvador misericordioso». 


El artículo continua después de la publicidad:

Si está en tus manos, procura que la persona que está enferma reciba todos los santos sacramentos necesarios y ayúdale a confiar en la Misericordia infinita del Señor, como lo dice el Papa Francisco:  

«Curar la enfermedad pero, sobre todo, cuidar al enfermo. Son dos cosas diferentes, y las dos importantes. Puede suceder que, mientras se medican las heridas del cuerpo, se agraven las heridas del alma, que son más lentas y, con frecuencia, más difíciles de sanar. Tanta gente tiene necesidad, tantos enfermos que se pelean por palabras de dulzura, que dan fuerza para llevar adelante la enfermedad o ir al encuentro con el Señor: tienen necesidad de ser ayudados en confiar en el Señor».

Por último les dejamos una oración que nos ha gustado mucho:

«Te recomiendo a Dios Todopoderoso, mi querido hermano (o hermana), y te pongo en las manos de aquel de quien eres criatura, para que después de haber sufrido la sentencia de muerte, dictada contra todos los hombres, vuelvas a tu Creador que te formó de la tierra. Ahora que tu alma va a salir de este mundo, salgan a recibirte los gloriosos coros de los Ángeles y los Apóstoles, que deben juzgarte; venga a tu encuentro el ejército triunfador de los generosos Mártires; rodéete la multitud brillante de Confesores; acójate con alegría el coro radiante de las Vírgenes, y sé para siempre admitido con los santos Patriarcas en la mansión de la venturosa paz. Anímete con grande esperanza San José, dulcísimo Patrón de los moribundos. Vuelva hacia ti benigna sus ojos la santa Madre de Dios. Preséntese a tí Jesucristo con rostro lleno de dulzura, y colóquete en el seno de los que rodean el trono de su divinidad. No experimentes el horror de las tinieblas, ni los tormentos del suplicio eterno. Huya de ti Satanás con todos sus satélites. Líbrete de los tormentos Jesucristo, que fue crucificado por ti; colóquete Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en el jardín siempre ameno de su paraíso, y verdadero Pastor como es, reconózcate por una de sus ovejas. Perdónete misericordioso todos tus pecados; póngate a su derecha entre sus elegidos, para que veas a tu Redentor cara a cara, y morando siempre feliz a su lado, logres contemplar la soberana Majestad y gozar de la dulce vista de Dios, admitido en el número de los Bienaventurados, por todos los siglos de los siglos. Así sea».