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Estaba terminando la cena cuando sonó el teléfono. Una amiga muy querida me quería compartir una pena que le embargaba el alma. Poco a poco sus lágrimas comenzaron a brotar y vino una súplica: «Padre, he hecho todo lo que estaba de mi parte. Yo no sé qué más puedo hacer. ¿Es que Dios no se da cuenta que ya no tengo más fuerzas?». Más tarde, después de rezar las completas y recibir la bendición eucarística, estaba en mi habitación y entró otra llamada. Una mamá que lleva semanas soportando el dolor de una hija rebelde que vive una relación tóxica. Me comentaba que su hija se marchó de casa. La fueron a buscar a una fiesta, su hija, en cuanto la vio, comenzó a llamar a sus amigos, quienes se pusieron a discutir y pelear con su mamá. ¡Qué dolor más profundo ver a una mamá que es capaz de todo con tal de recomenzar la relación con su hija… y ésta, además se pone en su contra! Y me decía: «Yo lo he dado todo. Ya llegué al límite. No sé qué hacer».

Sinceramente no tenía palabras de consuelo, ni de solución. Dormí poco dándole vueltas a estas situaciones y a otras muchas que la gente me comparte. En el fondo están estas preguntas: «¿Qué hago si llegué al límite de mis posibilidades? ¿Me rindo? ¿Dejo de luchar?». Estuve así hasta que recordé este poema (oración) compuesto por el Beato John Henry Newman, titulado «El pilar de la nube» y me ofreció una respuesta:

«Guíame amable Luz, entre las tinieblas que me rodean, ¡guíame! La noche es oscura, y estoy lejos de casa, ¡guíame! 

Cuida mis pasos; no pido ver la escena distante; un paso es suficiente para mí.


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No fui siempre así, ni pedí que me guiaras; amaba elegir y ver mi camino; pero ahora ¡guíame!

Amaba el día brillante, y, a pesar de los miedos, el orgullo regía mi voluntad. ¡No recuerdes los años pasados!

Tu poder me bendijo tanto tiempo, ciertamente seguirá guiándome.

Entre páramos y pantanos, entre precipicios y correntadas, hasta que se vaya la noche, 

y con el alba sonreirán los rostros de los ángeles, los que yoamé hace mucho tiempo, ¡y perdí hace ya tanto!»

Te pongo en contexto de este poema: John Henry Newman (1801-1890) era un sacerdote anglicano, que estudiando la historia de su fe, fue descubriendo que la fe católica era más cierta y firme. Esta experiencia de la búsqueda de la verdad fue derrumbando los pilares aparentemente firmes de su vida: sabía que aceptar la fe católica acarrearía un corte con sus amigos y familiares, su prestigio como sacerdote anglicano y profesor en la universidad de Oxford se vendría a menos o nada. ¿Qué hacer? ¿Qué paso dar? Un día, estaba viajando en barco por la costa de Sicilia, Italia, y la crisis llegó a su extremo. Estaba enfermo tanto de cuerpo como de espíritu, incluso cuentan que esa travesía estaba rodeada de un cielo oscuro y las olas mecían violentamente la embarcación. De lo más profundo de su corazón brotaron estos versos inspirados en el libro del Éxodo, que narra cómo Dios condujo al pueblo de Israel en medio del desierto, como una columna de nube durante el día y como una columna de fuego en la noche (Éxodo 13, 21-22). Cuando sintió que no podía más y que el control de la situación ya no estaba en sus manos, suplicó al Señor que fuera Él su guía en medio de la oscuridad.   

Vivimos (me incluyo) en un mundo donde queremos tener el control de todo: presente, pasado, futuro, relaciones sentimentales, trabajo, proyectos, etc. Y todo lo que escapa a nuestro control nos desespera y perdemos la fuerza, la alegría, la esperanza. Pero Dios, que siempre nos acompaña, nos tiende una vez más la mano.

La actitud del Beato John Henry Newman es realmente conmovedora: no pide ver todo con claridad, ni olvida que en muchas ocasiones el orgullo le ha impedido dejar el espacio a que Dios sea realmente Dios. Pide simplemente dar un paso, y un paso de la mano de Dios.

Cuando llegues a tu límite, recuerda que Dios no tiene límites y que su luz amable puede iluminar esas sendas que aparentemente se ocultan a tus ojos. Una oración humilde, confiada, llena de abandono puede hacer de ti lo que hizo de John Henry Newman: un santo, «porque para Dios no hay nada imposible» (Lucas 1, 37).


Escrito por: P. Alexis Gatica, LC.