¿Quién soy? Es la pregunta que ha acompañado al ser humano desde que es consciente de sí mismo y tal vez es la respuesta que más anhela nuestro corazón. ¡Qué fácil es poder hablar sobre quién es el otro, pero qué difícil dar razón de mí mismo! ¿Quién soy? La respuesta no está en lo que hago pues no soy una acción; no está en lo que siento, pues no soy un sentimiento; no está en lo que pienso pues mi ser es mucho más trascendente que mis ideas. Y a pesar de no ser nada de esto, que fácil se le hace al hombre identificarse con lo que hace, con lo que siente o lo que piensa.

¡Cuánto nos valoramos a nosotros mismos por nuestros logros y nos descalificamos por nuestros fracasos! ¡Cuánto sufrimos midiendo nuestro valor comparándonos con el resto!¡Pero no somos nada de eso! En ninguno de esos lugares encontraremos la respuesta que nos identifica, la que nos hace únicos e irrepetibles, poseedores de un valor inmenso.

Para poder enfrentar esta pregunta es importante que recordemos la limitación de nuestra inteligencia. Nuestro ser es un misterio, y por lo tanto no podremos abarcarlo totalmente con nuestra razón. Este es el motivo por el que a pesar de tener muchos años, nunca acabaremos de conocernos totalmente. Somos un misterio también, pues nos cuesta entender, como pueden darse en una misma persona, realidades tan contrarias y complejas: Somos frágiles y a la vez inmensamente valiosos, llenos de dones y a la vez incapaces de sobrevivir sin la ayuda de los otros; imperfectos, pero llamados a ser imagen de Cristo.

Entender que somos un misterio nos hace tomar conciencia de que para comprendernos necesitamos la ayuda del único ser que  nos conoce verdaderamente, del único conoce la razón de nuestra existencia, de aquel que nos ha creado: Dios.

Hagamos el ejercicio de preguntarle al mismo Señor quién soy, veamos en su vida, en sus palabras, en sus actos de amor infinito por mí, de perdón, de misericordia, cuál es mi verdadero valor. Sólo allí encontraré la respuesta verdadera, y descubriré que mi vida tiene un valor inmenso, tan grande que valió cada una de las gotas de sangre que Cristo derramó en la cruz.

Si usted pudiese ver una sola vez la belleza de un alma humana, usted sacrificaría su vida cien veces, si necesario fuera, por su salvación. Nada existe en el mundo material que pueda compararse con semejante belleza. Santa Catalina de Siena

Para reflexionar:

Después de observar este video te invito a que te des un espacio para intentar responder esta  pregunta a la luz de lo que nos revela Cristo. La respuesta te podrá tardar días, tal vez años, pero el ejercicio de ayudará a ir tomando conciencia de tu verdadero valor. ¡Yo lo he hecho! Y te puedo asegurar que me ha servido para conocerme y entenderme más. ¡Arriésgate!