El matrimonio es un camino de santidad. Y cuando hablo de santidad no me refiero solo al esfuerzo, al sacrificio y al trabajo que implica construir un matrimonio (porque vaya que implica un arduo trabajo) sino también a la alegría y a la felicidad que implica transitar un camino juntos, acompañados de Dios, que nos prepara durante la vida para conquistar el cielo.

Puede que resulte sorprendente encontrarse con matrimonios santos, más aún en nuestros días en que el matrimonio anda con el ánimo decaído. Podríamos pensar que estos santos son cuestión de la historia, de épocas remotas donde las mujeres se sacrificaban por los hombres y los hombres… bueno, a estas mujeres por gracia de Dios !les tocaron santos de esposos! Bromas aparte, alguna vez en mi oración tuve la osadía de pensar que Santa María no sabía lo que era tener a un esposo complicado porque !estaba casada con san José! Conversaciones similares habrá tenido mi esposo con san José…


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Lo cierto es que no es así. No caigamos en la visión negativa de pensar que un matrimonio santo es imposible. Al contrario, miremos estas historias de santos matrimonios no solo como inspiración y como la prueba concreta de que el matrimonio es un camino sano, sino como amigos a los que podemos recurrir en todo momento. Así como con esos amigos que llevan varios años más de casados que nosotros y a veces recurrimos a pedir consejo.

Estos matrimonios santos conquistaron el cielo y desde ahí podrán interceder por nosotros y nuestra vocación matrimonial. Que sus historias nos sirvan de aliciente y junto a ellos pongamos nuestras vidas de esposos en manos de Dios y trabajemos juntos por conquistar nuestra santidad.