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Si Jesús hubiera nacido a mediados de los 80s, hoy estaría haciendo su aparición pública comenzando su ministerio, me pregunto: ¿se habría fijado en gente como nosotros para conformar su equipo misionero? Tal vez Jesús se vería como cualquiera de nosotros, como cualquiera de nuestros amigos, un tipo delgado, joven, que podría ser aquel que nos ayuda con nuestras bolsas en el supermercado o alguien que camina desprevenido por la calle con una mochila al hombro saliendo de clases, o ese muchacho con ese grupo de jóvenes que salen del agua luego de correr olas. Sin duda, alguien así no nos llamaría la atención. Pero seguramente sus actos sí.

Las temáticas bíblicas deben ser la fuente iconográfica más explotada de la historia del arte universal ya que gran parte del mundo occidental se construyó bajo los parámetros culturales y valóricos del judaísmo y cristianismo. Pero esa no es la única razón; al menos no para un artista. Artistas contemporáneos han intentado también retratar a  Jesús en nuestros tiempos. No pocas veces estos intentos han resultado en exposiciones controversiales y en algunos casos ofensivas. Sin embargo, el cuestionamiento de fondo es válido: ¿Con quiénes se hubiera juntado Jesús si viviera en nuestros tiempos?

¿Podría un Jesús así fundar su Iglesia XXI siendo un hombre pobre, mal vestido, sin influencia y al menos de apariencia, con costumbres poco acordes las de la época? Perdona que te llene de preguntas, pero es que muchas veces esperamos a que Jesús se parezca más a Justin Timberlake, con buena facha, carisma y talento; que al bíblico, al personaje histórico, un joven sencillo proveniente de un pueblo perdido en el mapa y de una familia desconocida. Y es que de alguna manera el anhelo es el de encuentro con Jesús.

¿Somos así de pequeños como Él lo quería? No digo que tengamos que ser pecadores, marginados del sistema, que tengamos que dejar de servir a Dios y renegar de nuestra vida para que Jesús ponga su mirada en nosotros, pero sí es necesario reconocer que «la opción preferencial por los pobres y excluidos está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza» (Aparecida 392).


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El gran atractivo de Jesús, ese que cautivó las miradas de todos y desconcertó a todo lo que estaba establecido, no era tanto su aspecto, sino sus actos, su tozuda opción por preferir a los marginados, por visitar sus casas, comer su comida. Seguramente nos sentiríamos escandalizados si hoy en día el Señor, visitándonos en nuestras reuniones en la parroquia, nos pusiera como ejemplo de vida a una viuda que no tiene plata y va a dejar sus pocas monedas como ofrenda al templo; o si se pusiera a hablar de la ejemplar fe de una pagana de samaria (o proveniente de alguna población marginal en tu ciudad); o alabando la fe de un soldado, que ni siquiera siendo cristiano le pide cosas por interés al Señor y confía en que Él hará lo pedido.

Nos incomodaría que Jesús utilice como ejemplos y modelos de fe a personas que consideramos marginales, perdidos, que no saben, que no caminan los caminos que nosotros caminamos y que incluso, teniendo fe, la distorsionan y la practican a su manera. Seguro que nos escandalizaría si Jesús prefiriera pasar tiempo con ellos en vez de con nosotros y nos molestaría mucho más que les hablara a ellos en secreto y les prometiera cosas maravillosas, que nosotros toda la vida hemos esperado escuchar.

¡Cuánto daría por compartir esos momentos de intimidad con Jesús después de sus grandes apariciones públicas! Pasar tiempo junto a Él, asombrado con las 12 canastas de panes y peces que sobraron después de la multiplicación, o tomar desayuno preparado por él, estando resucitado.

No obstante, es necesario tener presente dos verdades importantes:

1. Jesús vino para la salvación de toda la humanidad

Su amor es universal y nos alcanza a todos. No hay un perfil o requisitos que cumplir. «La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí»  (Evangelii Gaudium 112).

Por lo tanto es importante aceptar que, independiente de nuestra forma de vida, de si somos ricos o pobres, si anhelamos justicia o si vivimos cómodamente, Jesús vino a salvarnos a todos. Sea cual sea el lugar donde estemos, ver que Jesús da su vida por salvar a los que no pertenecen a nuestro grupo, genera cierta incomodidad, pero debemos luchar contra eso.

2. Aceptar que nuestro modo, no es el único modo que existe ni el mejor

«Por ello, en la evangelización de nuevas culturas, que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador» (EG 117).

Salir de nuestro “formato religioso” generalmente es desafío espiritual que nos exige amar la voluntad de Dios, aceptar que Él puede y quiere manifestarse en distintos lugares, espiritualidades y personas; sin importar si cumplen o no con el “perfil” que se espera de un cristiano modelo o de un grupo pastoral.

Ahora, que nos encaminamos a la Cuaresma, es un buen tiempo para mirar nuestra propia vida, y quedarnos solo con Jesús, el que se reunía con todo tipo de personas y evangelizaba, el que desacomodaba de sus asientos incluso  a los que iban cumpliendo la voluntad de Dios y que llamó a su lado a quienes menos se esperaba. Que nuestro corazón, esté abierto a descubrir y aceptar a Jesús, ese de la periferia de la existencia, ese que aún camina cerca de donde vivimos pero en otro barrio, ese que pasa desapercibido pues viene de un lugar humilde y no tiene gran apellido. Que podamos acogerlo y que nuestro apostolado pase, más que por cumplir con un perfil, a amarlo verdaderamente y a amar a nuestros prójimos.