increible historia
Captura de video

El testimonio de Cashel que sufre una enfermedad genética neuronal, caracterizada por la pérdida de músculo esquelético a causa de la progresiva degeneración de las células del asta anterior de la médula espinal, es uno de los tantos casos que desafían la lógica del mundo contemporáneo.  Un mundo que suele juzgar el valor de las personas a través de una matriz funcional, calculando solo el “costo-beneficio” de sus vidas, según patrones económicos de productividad.

El video acaba con una frase muy interesante al respecto: “cree en tu propia perfección, tal cual eres”. Esta frase nos remite al corazón del dilema, porque la palabra perfección que proviene del latín “per” (a través, por completo) + “facere” (hacer) + el sufijo “ción” (acción y efecto), nos insinúa en el fondo la pregunta decisiva: ¿qué determina que una persona sea considerada “completa”? completamente valiosa, digna o humana. O lo mismo en otras palabras ¿Cuándo podemos juzgar a alguien “acabadamente humano”, perfecto en el sentido de completo como creatura bio-psico-espirtual? ¿Qué acción o qué efecto me convierten en “persona” a título pleno? Parece una cuestión banal, pero en realidad es en la respuesta a esta pregunta donde se juegan cuestiones tan fundamentales y delicadas como las leyes que permiten el aborto, la eutanasia, la eugenesia, etc.

La respuesta a estos interrogantes es Cashel. ¿En qué sentido? En cuanto nos recuerda que la perfección en el caso humano no depende de que las condiciones físicas sean “completas” o acabadas, ni de “completos” desarrollos psicológicos, ni tampoco de poder “hacer” algo específico; sino más bien de un especifico “ser”. De “ser” tal cual soy. Porque soy “alguien” y no “algo”. Y soy alguien por el simple hecho que Dios me ha creado, me ha hecho, me ha “tejido”, abierto a la comunión con él, amandome por mí miso. Por ende soy “per-fecto” (hecho por completo) a imagen suya, para alcanzar su semejanza en el amor, al amar y sobre todo al dejarme amar por Él.  Es así que, en cualquier circunstancia, desde la concepción hasta la muerte soy plenamente humano por una dignidad que, superando la esfera física e incluso la psicológica, afonda su raíz última en mi espíritu donde permanece inalterada esa apertura trascedente hacia el infinito amor de Dios. Un Dios que me ama sin condiciones, tal cual soy.