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Hace algunos años, en una jornada para jóvenes, tuve la oportunidad de escuchar a un orador unas horas antes de mi turno. Hablaba sobre la importancia del cuidado del cuerpo, recordaba que es el templo del Espíritu Santo y que debemos honrar a Dios cuidándolo y respetándolo.  Era un hombre de unos 40 años, con evidente sobrepeso. Pasó de hablar del respeto por el cuerpo a la crítica pura y dura por los peinados, piercings, tatuajes, y en general por la apariencia de un número no menor de los muchachos que estaba ahí, y al mismo tiempo tratando de convencer a aquellos que están madurando, descarten esas ideas por completo. Todo esto, sumando a la fórmula a los que consumen tabaco, drogas y alcohol en exceso, basado obviamente en que debemos cuidar y aceptar el cuerpo que Dios nos ha dado y no debemos modificarlo, pues sería una falta grave. Contra toda expectativa, un joven se armó de valor, levantó la mano e increpó al vehemente orador: –En Chile muere más gente por ser gorda y sufrir infartos que por tatuarse o colocarse un aro–. 

No te cuento esto para comenzar a lanzarnos piedras unos a otros a ver quienes son los que realmente cuidamos el cuerpo y quienes no, o para definir moralmente si es un pecado mayor el permitirse voluntariamente tener sobrepeso y ser sedentario o hacerse un tatuaje. No se trata de juzgar, sino de iluminar y descubrir juntos, desde algunos puntos en común, la voluntad de Dios. 

Nuestro cuerpo es importante, debemos cuidarlo en la justa medida. Debemos poner atención a las señales que nos da y  sobre todo, debemos tratarnos con dignidad y amor a nosotros mismos. 

1. Dios nos ha creado con un cuerpo desde el inicio

Es una idea que se repite a lo largo de la Sagrada Escritura una y otra vez. Es la motivación de muchas de las normas escritas en los libros del Pentateuco y San Pablo actualiza la idea dándole un énfasis un poco más concreto según las costumbres de la época. Dios nos ha dado un cuerpo físico, no ha querido que seamos seres celestiales espirituales y sin cuerpo como los ángeles, sino que en su diseño amoroso, nos ha dado forma física y nos ha encargado darle cuidado.


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Estamos invitados amar nuestro cuerpo tal y como es, cuidarlo y respetarlo. Incluso en la enfermedad y en sus limitaciones. Más allá de la moral y la norma explícita sobre qué debemos y que no debemos hacer, si tomamos en serio el cuidado de nuestro cuerpo, Dios va a ir hablando en nuestro interior y de forma natural iremos avanzando en su cuidado.

2. Cuerpo y alma somos uno

Hace siglos fue muy popular la herejía del dualismo, en que se separaba al cuerpo del alma y se consideraba al alma como buena y llamada a lo superior y al cuerpo como malo, corruptible y casi un estorbo para los propósitos de Dios. Es real que existe una jerarquía del alma sobre el cuerpo pero esto no significa que el cuerpo sea un estorbo y sea un simple accesorio.

¿No caemos a veces en un dualismo? En ocasiones nos preocupamos por el interior, por cultivar el alma, vamos a Misa, a retiros, preparamos las reuniones de nuestros grupos y hacemos todo el trabajo pastoral y espiritual que sea necesario. Pero si se trata de darnos 20 minutos al día para salir a caminar, o de evitar la repetición del postre porque es innecesaria, entonces lo hacemos ni el más mínimo esfuerzo. O al revés, estamos excesivamente pendientes de nuestro cuerpo como si solo este nos definiera y solo en él se encontrara nuestro valor.

Somos unidad, todo creado por Dios a su imagen y semejanza, todo bien creado según el relato del Génesis, de hecho el cuerpo participa de la dignidad de la imagen de Dios. (CEC 364). Por lo tanto nuestro cuerpo no es una carga, sino un regalo de Dios.

«En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 14).

3. El fin del cuerpo no es el cuerpo, sino la persona

El cuerpo nos permite alcanzar los fines para los que fuimos creados, es a través del cuerpo que podemos expresar a nuestra persona. Pero es solo un medio, no un fin. Lo que nuestra alma experimenta gracias a lo que hacemos corporalmente es lo importante, por lo tanto una pregunta que nos ayudará a discernir  cada vez que tengamos dudas puede ser esta, ¿esto ayuda me ayuda como persona a alcanzar los fines para los que Dios la ha creado?.

No se trata de despreciar el cuerpo, ni  de «promover el culto al cuerpo, sacrificarlo todo por él, idolatrar la perfección física y deportiva» (CEC 2289). Se trata de cuidarlo pero con mesura, sin pasarse de la raya cayendo en una obsesión por su cuidadoNuestro cuerpo nos permite servir a los demás y de hecho, nos permite incluso comunicarnos con Dios al momento de orar y disponernos físicamente para ello. No es lo mismo orar de pie que de rodillas.

4. Sobre las modificaciones corporales

Muchas veces cosas como teñirse el pelo, ya sea verde por moda o rubio por las canas, tatuarse, ponerse un piercing u otra modificación corporal, no son un problema moral del bien o el mal. De hecho, la gran mayoría de las veces ni siquiera afectan moralmente a nuestra alma, al prójimo o a Dios. No obstante cuando toda nuestra atención y dedicación está en el cuerpo, si caemos en pecado. Muchas de esas modificaciones pueden ser más bien culturales y la forma en que la que son juzgadas responderá a esa cultura. Sino, ¿por qué nos permitimos perforar las orejas de las niñas recién nacidas? Modificamos su cuerpo con apenas a un par de horas de nacidas. Pues por cultura, para que usen aros y se vean femeninas.  Tener el pelo de un color diferente al de fábrica y mantener ese color (o ir cambiándolo cada un año en caso de mi mamá ), ¿no es acaso una modificación permanente tanto como un tatuaje?

Por favor, no pienses que estoy en uno de los dos bandos. No hay bandos. Solo quiero darte a entender que es un asunto cultural más que moral.  No obstante, como nuestro cuerpo comunica, no es lo mismo teñirse negro para tapar las canas que azul para expresar rebeldía.

La pregunta importante es: ¿para qué modificamos nuestro cuerpo? La mayoría de las veces la respuesta tiene que ver con el descubrimiento de la propia identidad y el “desmarcarse” del resto. El hacer evidente a los demás (y a nosotros mismos) que somos únicos, especiales y así, definir de mejor forma quienes somos o quien creemos que somos.

5. El cuerpo no es la persona, sino de la persona

Si comparamos el cuerpo de un niño con el de un anciano o el de un enfermo, y lo valoramos por su estado, podríamos llegar a creer que uno es menos persona que el otro, debido a que el cuerpo se encuentra en un estado “inferior”. Si bien el cuerpo expresa a la persona, no es la persona sino de la persona. Sino, sería menos persona alguien de la calle que un atleta, o una mujer dedicada a los hijos y la casa que una miss universo. Fijar el centro del asunto en el cuerpo y su condición, nos hace tropezar. Mirar moralmente el cuerpo nos hace caer en tentaciones ilusas. Poco falta para pensar que aquellos que sufren enfermedad, es por causa de sus pecados y faltas, como creían en la antigüedad. Una especie de castigo divino.

La iglesia nos enseña sin cansancio que la dignidad de la persona no depende de su cuerpo. Es por eso que defendemos tan enérgicamente la vida desde su concepción hasta su muerte natural. Visto así, cuando miremos a los demás, más que su cuerpo, contemplemos su persona.

6. Nos ayuda a expresar nuestro interior

Nuestro rostro y expresiones hacen visible lo que está en nuestro espíritu y en efecto, no expresar lo que se mueve en nuestro interior, también es una manifestación espiritual de falta de libertad, falsedad, vergüenza. El mismo Jesús, se caracterizó por externalizar y comunicar físicamente aquello que sus palabras decían. Nuestros gestos comunican. Nuestra ropa también. Todo lo que hacemos con nuestro cuerpo nos ayuda a manifestar a los demás aquello que ocurre dentro nuestro.

Seguramente por eso el orador de la historia del comienzo estaba tan preocupado por la apariencia de sus jóvenes. Verlos desordenados, con sus cuerpos marcados, con ropas poco adecuadas para la ocasión, más que una falta en sí misma, es un mensaje que dice a los demás “no me interesa”, “no estoy de acuerdo”, “no te respeto” y así muchas otras interpretaciones, que probablemente tienen poco que ver con el sentido original de quien usa esas cosas, pero los demás lo perciben así.

7. ¿Y cómo cuidarlo?

Aquí es donde el orador cae y bien feo y tal vez sin darse cuenta. El muchacho tenía toda la razón, pues no solo en Chile, sino que según la OMS, en todo el mundo la principal causa de muerte son las enfermedades cardiovasculares. 3 de cada 10 personas fallecen a causa de esto y dentro de los factores de riesgo que la provocan están el sobrepeso, el sedentarismo y el tabaquismo. No aparecen los tatuajes o piercings en la lista. Entonces bajo esa lógica moral de juzgar lo pecaminoso (que no es para nada mi intención) es mucho mayor el daño al templo del Espíritu que es nuestro cuerpo, el comer en McDonals que colocarse una argolla en la nariz.

Pero no. Ni lo uno ni lo otro. Ya hablamos de las modificaciones corporales, pero poco hablamos de lo demás. De lo mucho que caemos al permitirnos excesos en nuestros hábitos, sobre todo los físicos y alimenticios.

«Los excesos de todo tipo los combatimos con la virtud de la templanza, para así evitar abusos en la comida, la bebida, el tabaco, las medicinas y un sinnúmero de otras cosas que consumimos y que tanto daño nos hacen exponiendo muchas veces a otros al peligro» (CEC 2290).

Dieta equilibrada, ejercicio físico, descanso adecuado, recreación y formación espiritual son elementos importantes también dentro de la vida de un cristiano. Son además, parte de aquello que Dios espera de nosotros cuando nos pide que cuidemos de el Templo del Espíritu Santo. Mirar así nuestra naturaleza, no solo nos ayuda a acercarnos más a Dios, sino que nos permite mirar a los demás con amor, sin anteponer el juicio. Nos lleva a mirar primero nuestra propia vida antes de querer cambiar la de los demás. Así, Dios va usando nuestro cuerpo y lo que hacemos con él, para nuestra santificación.