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Hemos celebrado Pentecostés hace unas semanas, y como no hubo regalos bajo un árbol ni huevos de colores esperándonos al amanecer, queda la sensación de que es una celebración menor. El comercio no ha hecho de las suyas con esta fiesta y para muchos pasa como simple efeméride religiosa que forma parte del calendario litúrgico, pero no. Pentecostés no solo es una fiesta en que recordamos, una experiencia mística de un grupo de cristianos del primer siglo, sino que una experiencia real que los cristianos de hoy en día estamos llamados a vivir y experimentar; que nos hace Iglesia y nos envía a la misión.

De las cosas que el Espíritu Santo hizo ese día en los discípulos, podemos quedarnos con aquello sobrenatural, lo del fuerte viento y las lenguas de fuego, o bien mirar con más generosidad y contemplar cómo el nacimiento de la Iglesia es el nacimiento de una comunidad intrínsecamente misionera, donde su identidad más profunda se explica solo desde la misión. Ellos no recibieron el Espíritu Santo para sí mismos, para ser consolados y confortados por haber quedado sin su líder, sino que ese Espíritu es el que los envía a comunicar lo vivido, lo aprendido y lo revelado durante el tiempo con Jesús

Ese primer impulso misionero llega hasta nuestros días y ha hecho que yo, sentado en mi escritorio en Temuco, a 800 km al sur de Santiago, la capital de Chile, donde se acaba el mapa, sea alguien que ha recibido esa Buena Noticia de Jesús y haya recibido el don de la fe. Hasta acá ha llegado ese impulso misionero del Espíritu Santo y aún tiene cuerda para rato.

Nosotros, cristianos de hoy en día, estamos llamados a seguir renovando ese impulso misionero. El papa Francisco, haciendo eco de la gran necesidad de mantener ese fervor evangelizador, hace unos años nos regaló la «Evangelii Gaudium», una exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. El capítulo final de este texto es titulado: «Evangelizadores con Espíritu», donde más que recomendaciones metodológicas sobre cómo salir a evangelizar, nos da ideas para mantener vivo ese espíritu misionero, ese que experimentaron los apóstoles luego de Pentecostés.

*Para referirnos a la «Evangelii Gaudium», pondremos sus siglas EG.


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1. ¿Qué es un evangelizador con Espíritu?

Son evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo, son esos que ya no cuentan con sus propios planificaciones, métodos y recursos, sino que comprenden que esto va más allá de ellos mismos. Un Evangelizador con Espíritu no es simplemente un funcionario voluntario de la Iglesia que cumple las tareas que le son asignadas como una carga o una responsabilidad. Más bien, arde en su corazón el fuego del Espíritu y no puede contener su fuerza, que lo mueve a comunicar la buena noticia.

«En Pentecostés, el Espíritu Santo hace salir de sí mismos a los apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios que cada uno comienza a entender en su propia lengua… Les infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia,  en voz alta y en todo tiempo y lugar incluso a contracorriente» (EG 259).

2. ¿Qué hace un evangelizador con Espíritu?


Ora y trabaja. Se dedica a lo pastoral y a lo espiritual reconociendo que ninguna de las dos cosas es más importante que la otra: que las propuestas místicas sin un fuerte arraigo espiritual se quedan en lo teórico y que los discursos y prácticas misioneras sin una fuerte vida de oración y espiritualidad se quedan vacías y se disuelven en mero voluntarismo.

«Estas propuestas parciales y desintegradoras solo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio» (EG 262).

3. ¿Qué motiva a un evangelizador con Espíritu?

Es movido por el encuentro personal con Jesús. No hay ideologías, catequesis, mensajes motivadores, cartas papales ni retiros espirituales que lo hagan a uno un evangelizador con Espíritu. Siempre es una experiencia personal de encuentro con el Resucitado. «La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido» (EG 264).

Esa experiencia es la que busca salir de nosotros y quiere ser compartida con otros, siente un deseo de ser comunicada y mueve nuestros “quereres y voluntades” para convertirnos en agentes evangelizadores. Por eso es necesario clamar a diario para que Jesús siempre nos mantenga enamorados, que vuelva a encantarnos y cautivarnos, y al mismo tiempo, nosotros disponer nuestro corazón para dejarnos enamorar y conquistar por el Amor de los amores, ese que pide ser compartido con otros.

4. El evangelizador con Espíritu tiene esperanzas en que su misión es relevante para los demás

«El misionero está convencido de  que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre… El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esa esperanza» (EG 265).

Aunque a veces perdamos el entusiasmo por sentir que somos sembradores que tiran la semilla entre piedras, espinos o se las comen los pájaros a la orilla del camino, guardamos en nuestro corazón la esperanza de que aquello que es nuestro tesoro es también valioso para los demás, incluso aunque no lo sepan. Es importante mantener esta esperanza, creer que aquello que cambió nuestra propia vida cambiará también la de todo el mundo. «Una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, no convence a nadie» (EG 266).

5. Un evangelizador con Espíritu tiene gusto espiritual de estar cerca de la gente


No se entiende un evangelizador en una oficina, metido en papeles y trámites, que se sienta incómodo con la gente, con la calle, con el ruido. A modo de testimonio personal he visto cómo amigos míos, matrimonios jóvenes con niños pequeños, han ido dejando de participar en actividades pastorales porque no eran bienvenidos con el ruido y el desorden propio de los pequeños; veo como jóvenes no encuentran espacios de desarrollo más allá que el voluntariado, mover bancas, disfrazarse de algo para el Vía Crucis o el Pesebre y ser útiles, mas no valiosos; cómo adultos de edad media no encuentran espacios acorde a sus necesidades y desafíos, sino que solo hay espacio para servir, no para ser oveja; y cómo los pobres y sencillos son solo objeto de caridad, pero pocas veces de vida espiritual y mucho menos se les abre la puerta para servir y ofrecer sus dones.

«Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo una pasión por su pueblo» (EG 268).

6. Un evangelizador con Espíritu es un buen comunicador

No se trata de técnicas ni estrategias comunicativas planificadas y preparadas de antemano, se trata de una actitud, de una forma de acercarse a los demás, esa forma que vive la Iglesia primitiva. Solo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros.

«Se nos invita a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan. Se nos advierte muy claramente “Hacedlo con dulzura y respeto” (1 Pe 3, 16), y “en lo posible y en cuanto a vosotros dependa, en paz con todos los hombres” (Rm 12, 18)… Sin pretender aparecer como superiores, sino «considerando a los demás como superiores a uno mismo» (Flp 2, 3). De hecho, los Apóstoles del Señor gozaban de “la simpatía de todo el pueblo” (Hch 2,47; 4, 21.33)» (EG 271).

7. Un evangelizador con Espíritu no cae preso del pesimismo

«Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y entonces es inútil esforzarse. Piensan así: “¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”. Con esa actitud se vuelve  imposible ser misionero» (EG 275).

El testimonio de los discípulos luego de Pentecostés nos relata que ellos tenían todo en contra para lograr sus objetivos misioneros, pero sabemos que en cuanto salieron a predicar: «El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra» (Mc, 16, 20), y eso debe ser lo que nos anima, aun cuando los frutos esperados no sean visibles.

«A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda» (EG 279). Es mucho más que eso y las estadísticas nunca lograrán medir cuánto ha cambiado una vida, nunca podrán cuantificar lo que experimenta una persona al sentirse perdonada, con esperanza o abrazada con misericordia.

8. Un evangelizador con Espíritu confía en la acción del Espíritu Santo

Un evangelizador así reconoce que depende de la acción del Espíritu en su tarea misionera y tiene una decidida y voluntaria confianza en Él, porque «Él viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8, 26) cuando la tarea se pone cuesta arriba.

Cuando se confía en la acción del Espíritu Santo «no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente y nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien qué hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!» (EG 280).

9. Un evangelizador con Espíritu va de la mano de María

«Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización» (EG 284).

No se trata solo de llevar el rosario en la mano y recitar un par de “Avemarías” antes de salir a tocar puertas, sino que se trata de estar con ella, recibirla como Madre y que en nuestro camino personal y comunitario, su compañía nos vaya educando para relacionarnos con el Espíritu Santo como ella lo hacía a ser portadores de La Buena Noticia de Jesús, tal como lo hizo ella.