Resulta paradójico que un Apóstol, uno de los “doce”, sea recordado históricamente por su incredulidad y falta de fe; pero que al mismo tiempo, usemos sus palabras para expresar nuestro convencimiento y devoción en el momento de la consagración repitiendo a una sola voz: «Señor mío y Dios mío» (San Juan 20, 28). Es algo que nos cuestiona. Hablamos de Santo Tomás Apóstol, el mellizo.

De él se sabe poco. Los relatos que se tienen su vida después de pentecostés, cuando los apóstoles se dispersaron para realizar su misión anunciando por todo el mundo la Buena Noticia, son controversiales. Se le menciona en textos apócrifos como un misionero y mártir en India, en donde no solo predicaba el Evangelio, sino que luchaba con dragones, e incluso el mismo Jesús se apoderó de su cuerpo para hablar con una joven princesa y convencerla de que se mantuviera virgen hasta la muerte. Los evangelios tampoco ayudan mucho. Su nombre aparece en las listas de los doce Apóstoles en todos los evangelios (Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6, cf. Hechos 1,13), pero solo en el de San Juan se narran sus intervenciones y diálogos con Jesús.

Son tres sus momentos destacados, bíblicamente hablando. Su primera aparición ocurre en Juan 11, 16, cuando le cuentan a Jesús que su muy querido amigo Lázaro ha muerto en Jerusalén. Jesús les dice que irá a ver a su amigo y todos se atemorizan, pues era sabido que el Maestro era buscado y perseguido principalmente por las autoridades de esa ciudad. La respuesta del santo es una respuesta llena de fe y atrevimiento: «Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: Vayamos también nosotros a morir con él».

Su segunda intervención, también en el evangelio de San Juan sucedió en la Última Cena, cuando Jesús, despidiéndose de ellos les explicaba cómo iba a morir y el futuro los esperaba a ellos en la casa del Padre. Los apóstoles no lograban comprender las palabras de Jesús y Santo Tomás es explícito al alzar la voz en nombre de todos: «Y donde yo voy sabéis el camino. Y le dice Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». (San Juan 14, 4-5a). Lo lindo de este episodio es que gracias a esta pregunta de Tomás, es que nosotros tenemos una gran respuesta de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va a Padre sino por mí» (Juan 14, 5b). Así de importantes son las intervenciones de Santo Tomás en la Biblia y nosotros acostumbrados a tratarlo como el incrédulo del grupo.

Sin duda, según San Juan, Santo Tomás se muestra como un hombre valiente, con mucha fe y convencido de que Jesús es el Mesías a quien debían seguir y por quién debían incluso, dar su vida si fuese necesario, pero la escena que más recordamos de él es la de una de las apariciones de Jesús Resucitado a los discípulos en donde Tomás, no estando presente, duda del testimonio de sus hermanos, ese momento que tanta mala fama le trae al apóstol: estaban reunidos una semana después de la muerte del Maestro a puertas cerradas por temor a los judíos y Jesús se aparece. Estaban todos menos Tomás. En ese momento, San Juan narra que Jesús mostró sus manos y su costado (cf Juan 20, 20) y les deseó la paz. Finalmente sopló sobre ellos y les dijo «reciban el don del Espíritu Santo» y les dio autoridad para ejercer el sacramento de la reconciliación. (cf Juan 20, 22-23). Cuando los demás apóstoles de relataban lo sucedido Tomás respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Juan 20, 25). La duda duró solo una semana pues ocho días más tarde Jesús volvió a presentarse mostrando sus manos llagadas y su costado herido y el resto de la historia la sabemos. Un Tomás golpeado por la fe, con un tirón de orejas de parte de su Señor por incrédulo, pero finalmente declarando que Jesús había resucitado realmente.

Yo quiero limpiar la fama del apóstol de la incredulidad, pues con toda certeza podríamos usar el hashtag #TodosSomosTomás en nuestras redes sociales, sino, que tire la primera piedra quien nunca ha tenido una duda de fe, quien nunca ha sentido la ausencia de Dios, quien nunca se ha sentido al margen de la comunidad y ajeno a todo lo que está ocurriendo. Por eso te comparto tres ideas sobre el testimonio del Apóstol que nos ayudarán a creer justo en esos momentos donde la fe se debilita.

1. La Fidelidad hasta la muerte

No es que santo Tomás fuera un hombre excepcionalmente valiente (de hecho luego de la muerte de Jesús pasó tiempo escondido junto a los demás apóstoles) pero no dudó en ponerse junto a su maestro cuando este dijo que iría a Jerusalén y se ofreció para morir junto a él. No es solo tener valor para enfrentar las dificultades, sino que se trata de mantenerse ahí, fiel y perseverante, incluso si lo que se viene por delante se ve oscuro y tenebroso. Santo Tomás estaba seguro de una cosa, sucediera lo que sucediera, por terrible que fuese, su mejor decisión era mantenerse al lado de Jesús.

2. Se puede ser pesimista, pero no ingenuo

En la despedida de Jesús en la última cena, las palabras del Maestro en el Evangelio de San Juan son, por una parte, difíciles de comprender y por otra parte, muy tristes y desoladoras. Si miras el Evangelio son casi 5 capítulos los que destina San Juan para relatar las palabras de Jesús a sus discípulos antes de La Pasión. Me imagino sus caras de confusión, frustración y temor. ¿Todo esto vivido para terminar muerto? ¿Tantos milagros y vidas cambiadas para acabar torturado siendo aún joven y con tanto por hacer por los demás? ¿Y dónde se metió Dios, si lo que estamos haciendo está bien, porque se tiene que ir? Me imagino que estas y otras cosas habrán pasado por la cabeza de los Apóstoles mientras Jesús daba sus últimas indicaciones.

Tomás, evidentemente abrumado, no calla. Aunque no entiende mucho, levanta la voz y pregunta. No conoce el camino, no sabe que hacer de aquí en adelante, no comprende aún lo que les va a tocar vivir, pero está decidido a no dejarse vencer por el pesimismo y las malas noticias. Por eso Jesús lo anima a él y a todos los demás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Esa misma respuesta que nos da Jesús a diario cuando nos cuesta mirar el futuro, Él mismo es respuesta a todas nuestras preguntas.

3. Dudar no es malo, dejar de buscar respuestas sí lo es

Ya lo dijimos antes: ¿quién no ha tenido dudas de fe? Muchos teólogos y seguro el sacerdote en tu parroquia o movimiento ha predicado que una de las soluciones a los problemas de fe es la comunidad, que para vivir la experiencia de Jesús Resucitado hay que estar en comunidad, pues ahí es donde recibiremos la paz, el don del Espíritu Santo y donde Jesús nos visitará. Seguro tú sabes eso igual o mejor que yo, pero también sabrás que para los que somos parte de una comunidad y somos fieles en ella, muchas veces nos cuesta trabajo creer, y sentimos esa sequedad en el corazón, esa misma incredulidad que vivió Santo Tomás.

La duda no es mala y de hecho el arrebato del apóstol es tan humano, como común en la Biblia. No se trata de pedir explicaciones a Dios y exigirle que se muestre para que nuestra fe se mantenga firme, pero si se trata de no callar, de confiar en mis hermanos y con franqueza reconocer cuando la fe se desmorona. Dudar no es pecado, pero abrazar la duda y quedarse empantanado ahí, sí lo es. Santo Tomás nos da una gran lección al respecto de cómo salir de un momento así de amargo.