Dios y los niños

Capítulo del libro “Educación en serio. Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”, de Giuliana Caccia. Editorial Planeta.

giulianaAlgo que me admira mucho de los niños es su gran sensibilidad espiritual. Es increíble. Ellos nacen con el alma pura y limpia —algo que los adultos vamos perdiendo con los años, desafortunadamente— y están abiertos a recibir lo mejor. Los primeros años son ideales para darles a nuestros hijos la base de lo que serán sus valores y virtudes el resto de su vida, entre ellos, si van a ser personas de fe o no. Y es mucho mejor cuando los padres compartimos esta sensibilidad religiosa, porque los niños perciben que eso bueno que sienten está apoyado por nosotros, sus grandes referentes.

Educar en la religión hoy en día es muy complicado. Y voy a hablar desde mi experiencia de mamá católica. Los adultos sentimos que la Iglesia no va acorde con nuestra realidad actual. Cada vez hay más divorcios, familias rotas, familias monoparentales, relaciones extramatrimoniales, relaciones quebradas entre padres e hijos, etc. Para muchos, la Iglesia no entiende ni se adapta a esta realidad. Pensamos que es retrógrada. Nos es más fácil darle la espalda que esforzarnos por entender lo bueno que nos puede traer seguir lo que más protege esta institución: las enseñanzas de Cristo.

Quisiera usar este espacio para compartir con ustedes un punto que me parece muy importante para educar a los niños en la fe y el amor a Dios, y que podemos usar todos los padres, sin importar nuestra situación actual frente a la Iglesia.

¿Es bueno que un niño crea en Dios?

Sin afán de entrar en cuestiones confesionales profundas —algo muy difícil en este tema—, la educación de nuestros hijos en la fe es vital en su formación, porque una persona que cree en algo más allá de sí misma tiene la capacidad de abrirse al prójimo; como ya hemos visto antes, una disposición imprescindible para alcanzar la verdadera felicidad. Además, una persona con fe tendrá mayor fortaleza para sostenerse en los momentos difíciles. Y esto es muy importante porque —por más que la cultura de hoy nos quiera inculcar que hay que evitar el dolor y vivir rodeados de placeres— la vida está inundada de momentos complicados. Unos la pueden pasar mejor que otros, pero posiblemente no existe nadie que no haya tenido algún momento difícil en su vida. Una persona que cree en Dios sabe que no todo depende de lo que es o no capaz de hacer. Sabe que si bien tiene que realizar su mejor esfuerzo, también es reconfortante reconocer que hay alguien en quien descansar y a quien encomendar sus preocupaciones. De hecho, una persona con fe tiene muchas más probabilidades de salir adelante y levantarse ante una desgracia que una persona que no cree en nada.

solo dios basta

Otro aspecto que es muy importante en la formación del niño es que tenga esperanza, un elemento que está muy ausente en los jóvenes de hoy, que ven con mucho desánimo el futuro. Tener esperanza es clave para proyectarse en la vida y para asumir los sufrimientos porque se cree firmemente que vendrán tiempos mejores y que lo que se experimenta tiene un sentido en el gran cuadro de nuestra historia personal. Así, un niño o un joven con esperanza estará mucho mejor preparado para sobrellevar y asumir las situaciones adversas que pueda encontrar en su camino.

Por todo esto, cultivar la fe de nuestros hijos es algo que realmente vale la pena, y no deberíamos posponerlo ni eliminarlo de nuestros objetivos educativos.

Un Dios lleno de amor

Todo lo anterior me lleva al punto que quisiera comentarles con mayor insistencia: ¿qué imagen de Dios debemos transmitirles a nuestros hijos cuando son chiquitos? Una de las ideas que tenemos algunos cristianos es que nuestra religión es masoquista, que nos encanta hablar de Cristo en la cruz, sangrando, sufriendo, y que nos fascina agarrarnos a latigazos. Me queda claro que esta forma de presentar a Dios en algunos colegios o épocas nos ha dejado esta imagen de un ser malo y duro, y de una cucufatería que no es mayoritaria. Pero nada está más lejos de la verdad. Nuevamente, no voy a entrar a explicar el significado real de la cruz aquí. Lo que quiero que se lleven es otro mensaje: Dios es el mejor ejemplo que tenemos nosotros los padres de cómo se debe amar, sobre todo a un hijo. Y eso es lo que debemos transmitirles, no solo con palabras, sino también con nuestros actos.

Quizá lo primero que debemos enseñarles a nuestros hijos es que Dios nos ama con nombre y apellido. Nos creó por amor y nos ama en cada instante de nuestra vida, incluso cuando le damos la espalda. Frente a esta sobreabundancia de amor, debemos hacer nuestro mejor esfuerzo, con conciencia y reflexión, por recibir ese amor en nuestra vida y compartirlo. La perfección a la que Dios nos llama no es una carrera en la que solo el primero recibe premio. No importa ganar, importa dar lo mejor, según la medida y condiciones de cada uno. Si nos equivocamos, siempre está el camino ahí para levantarse y seguir. Dios nunca nos va a tachar. Si se dan cuenta, es el mismo amor que nosotros sentimos por nuestros hijos. Es en nuestro hogar donde los hijos crecen siendo amados por lo que son, no por lo que pueden o no pueden hacer, a diferencia de la sociedad, que sí los “ama” por lo que tienen. La familia es el lugar en donde uno debe desarrollar la mejor versión de sí mismo, y es el modo único como Dios nos ama, el mejor ejemplo de amor y crecimiento que podemos encontrar. Él no nos exige un perfeccionismo como el que nos venden hoy los medios o nos demanda la sociedad competitiva. Esta es una perfección superficial que solo nos agota y no nos trae ninguna satisfacción. No. Dios nos pide dar lo mejor sin condiciones ni modelos frívolos que seguir. El único modelo es Jesús.

Si así se lo enseñamos, nuestros hijos crecerán creyendo en un Dios bueno que los quiere y protege, no en un Dios que juega a la culpa, al “si no logras esto yo te castigo y te mando al infierno”. Educar a nuestros hijos en una fe dulce en su tierna edad, de conceptos simples y cálidos, los llevará de la mano a ir profundizando en su vida espiritual mientras van creciendo.

De hecho pueden vivir sus crisis existenciales en la adolescencia o adultez, pero eso ya dependerá de su propia búsqueda. Nuestro trabajo de padres es darles más herramientas para ser felices. Como dice la doctora Meg Meeker (2011, Edición Kindle, posición 2488 de 3136) en uno de sus libros:

“Todo muchacho necesita un modo de encontrar estabilidad en su vida, de hallar un asidero personal. Tras el divorcio de sus padres, la muerte de su mejor amigo en un accidente de tráfico o el abandono de su novia, que ha preferido dejarlo por el atleta de la clase, el chico que puede volverse hacia Dios tiene una notable ventaja sobre el que carece de esa creencia. En el fondo, se siente seguro de sí mismo. Sabe que no todo está perdido porque Dios siempre estará a su lado”.

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