Hispanic Family Sitting At Table Eating Meal Together
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Dolmio, una marca australiana de salsas para pasta, nunca tuvo tanta razón. Con la ayuda de un pimentero que desconecta secretamente la señal de televisores, wi-fi y aplicaciones de smartphones y tablets, lograron captar con cámaras ocultas las reacciones desesperadas de los miembros de cuatro familias que se quedan sin tecnología a la hora de la cena.

Una publicidad es buena cuando refleja exactamente los insights del grupo al que se dirige, que en el caso de Dolmio, son las familias y su lema es “reuniendo familias a la hora de la cena”. Es por eso que nos sentimos tan identificados con este comercial y sobretodo con la frase “la tecnología ha secuestrado la hora de la cena”. Cada vez es más común que papá o mamá repitan la frase: ¡A cenar! hasta una docena de veces porque todos están tan enfrascados en sus gadgets que incluso olvidan que tienen familia y hasta hambre. Y aunque finalmente todos acudan a la mesa, siguen pegados al mundo de sus pantallas brillantes.


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Pero, ¿por qué tanta insistencia en cenar juntos? La hora de la cena es el momento perfecto para compartir en familia, es cuando todos han concluido sus actividades diarias y pueden relajarse, reír, expresarse libremente y conocer más de con quienes conviven. Los padres, que dejan de lado una serie de responsabilidades, son quienes más valoran estos tiempos de diálogo con su pareja e hijos, pues están más conscientes de que la convivencia familiar en armonía es un trabajo de cada día.




En la familia es donde aprendemos a comportarnos de cierto modo y donde adquirimos nuestros valores. En palabras de San Juan Pablo II, “La familia es para los creyentes una experiencia de camino, una aventura rica en sorpresas, pero abierta sobre todo a la gran sorpresa de Dios, que viene siempre de modo nuevo a nuestra vida”.

Sin embargo, en el mundo actual no se le da la relevancia que merece, y muchas veces, tal como afirma el Papa Francisco en su Visita ad limina de Obispos de Benín: “La vida familiar suele estar marcada por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones, el stress de una ansiedad que descuida la reflexión serena”. Y propone que a las crisis familiares se las afronte con: “La valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio”.

De este modo entramos nuevamente en el tema de la comunicación excesiva en un mundo virtual que empaña el encuentro real con las personas que nos rodean. En el caso de los más jóvenes, la dependencia es mayor, tal como reflexiona nuestro Papa actual:

Tal vez muchos chicos y jóvenes pierden demasiadas horas en cosas fútiles, como chatear en Internet, o con los teléfonos, las telenovelas… los productos del progreso tecnológico que deberían simplificar y mejorar la calidad de vida; en cambio, distraen la atención de aquello que es realmente importante.

Por otro lado, hay un elemento a destacar: la importancia que dio Jesús a las comidas en su vida, tomándolas como los momentos adecuados para dar a conocer el proyecto de su Padre. Este hecho estuvo muy presente en milagros como el de la multiplicación de los panes y los peces, además de todas las veces que se sentó a la mesa con quienes eran considerados pecadores e impuros en su época y en uno de los hechos más relevantes de su vida, la institución de la Eucaristía en la última cena con sus discípulos.

En la familia es donde aprendemos a comportarnos de cierto modo y donde adquirimos nuestros valores.

Si tomaríamos como principal inspiración la importancia que dio Jesús al hecho de compartir alimentos y haríamos la convivencia un poco más parecida a la de la Sagrada Familia, tal como la describe la madre Teresa de Calcuta: “En el hogar de Nazaret se respiraba amor, unidad, oración, sacrificio y trabajo infatigable; pero, sobre todo, una profunda comprensión, mutua estima y permanente solicitud de todos por todos”, no nos haría tanta falta el sazonador secreto.

Los berrinches y las rabietas por dejar de lado los aparatos que nos desconectan de las personas más importantes que tenemos, podrían convertirse en sonrisas y alegría por apreciar esos momentos de diálogo fresco en los que aprendemos a conocernos mejor, a forjar nuestros valores y a ser mejores ciudadanos, porque todo empieza por casa y no por nada la familia es la célula básica de la sociedad.