La respuesta cae de su propio peso: era la Madre de Jesús. Así también se expresa siempre el Evangelio. Mas, en realidad, María era más que la madre de Jesús. Era también la madre de Juan. Y era también —¿por qué no?— la madre de todos los discípulos. ¿No era ese el encargo que ella recibió de los labios del Redentor moribundo? Entonces era simplemente La Madre a secas, sin especificación adicional. Tenemos la impresión de que, desde el primer momento, María fue identificada y diferenciada con esa función y posiblemente por ese precioso nombre – El silencio de María.


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Ignacio Larrañaga

Nació Jesús, según la carne, y sus primeros días transcurrieron entre persecuciones y fugas. Fue María, su Madre, la que lo cuidó y defendió. Nació Jesús, según el Espíritu —la Iglesia—, y nació en medio de una tempestad, y de nuevo fue María la que lo defendió, lo consoló y lo fortaleció. Sin embargo, tenemos la impresión de que esta función materna en la Iglesia primitiva, la ejerció María
de una forma tan discreta como eficaz. El autor de los Hechos ni siquiera se percató de ello, o no lo valoró suficientemente; o, por lo menos, no lo consiguió en su libro. Tenemos la impresión de que María actuó silenciosamente, según su costumbre, entre bastidores, y desde ahí dirigió la Iglesia naciente y la animó.

¿Quién era ella para la comunidad? ¿Cómo la denominaban? No sería con el nombre de María. Este nombre era tan común…: María de Cleofás, María de Santiago, María la Magdalena… Se precisaba un nombre que especificara mejor su identidad personal. ¿Cuál sería ese
nombre? La comunidad vivía permanentemente la Presencia del Señor Jesús. A Jesús dirigían la alabanza y la súplica. Ahora bien, una comunidad que vive con Jesús y en Jesús, ¿cómo habría de identificar o denominar a aquella mujer? La respuesta cae de su propio peso: era la Madre de Jesús. Así también se expresa siempre el Evangelio. Mas, en realidad, María era más que la madre de Jesús. Era también la madre de Juan. Y era también —¿por qué no?— la madre de todos los discípulos. ¿No era ese el encargo que ella recibió de los labios del Redentor moribundo? Entonces era simplemente La Madre a secas, sin especificación adicional. Tenemos la impresión
de que, desde el primer momento, María fue identificada y diferenciada con esa función y posiblemente por ese precioso nombre. Esto parece deducirse a partir de la denominación que los cuatro evangelistas le dan a María siempre que ella aparece en escena. Veremos en otro lugar de este libro de qué manera Jesús, mediante una pedagogía desconcertante y dolorosa, fue conduciendo a María desde una maternidad meramente humana a una maternidad en fe y espíritu. María había dado a luz a Jesús en Belén, según la carne. Ahora
que llegaba el nacimiento de Jesús según el espíritu —Pentecostés—, el Señor precisaba de una madre en el Espíritu.

Y así Jesús fue preparando a María, a través de una transformación evolutiva, para esa función espiritual. Debido a eso, Jesús aparece muchas veces en el evangelio como subestimando la maternidad meramente humana. Y llegado Pentecostés, María ya estaba preparada, ya era la Madre en el Espíritu; y aparece presidiendo y dando a luz aquella primera y pequeña célula de los Doce que habrían de constituir el Cuerpo de la Iglesia. María, según aparece en los evangelios, nunca fue una mujer pasiva o alienada. Ella cuestionó la proposición del ángel (Le 1,34). Por sí misma tomó la iniciativa y se fue rápidamente, cruzando montañas, para ayudar a Isabel en los últimos meses de gestación y en los días del parto (Le 1,39 ss). En la gruta de Belén ella, ella sola, se defendió para el complicado y difícil momento de dar a luz (Le 2,7). ¿Qué vale, para ese momento, la compañía de un varón? Cuando se perdió el niño, la Madre no quedó parada y cruzada de brazos. Tomó rápidamente la primera caravana, subió de nuevo a Jerusalén, recorrió y removió
cielo y tierra, durante tres días, buscándolo (Le 2,46). En las bodas de Cana, mientras todo el mundo se divertía, sólo ella estaba atenta. Se dio cuenta de que faltaba vino. Tomó la iniciativa y, sin molestar a nadie, ella misma quiso solucionarlo todo, delicadamente. Y consiguió la solución. En un momento determinado, cuando decían que la salud de Jesús no era buena, se presentó en la casa de Cafarnaúm para llevárselo, o por lo menos para cuidarlo (Me 3,21). En el Calvario, cuando ya todo estaba consumado
y no había nada que hacer, entonces sí, ella quedó quieta, en silencio (Jn 19,25).

Es fácil imaginar qué haría una mujer de semejante personalidad en las circunstancias delicadas de la Iglesia naciente. Sin extorsionar la naturaleza de las cosas, a partir de la manera normal de actuar de una persona como María, yo podría imaginar, sin miedo a equivocarme, qué hacía la Madre en el seno de aquella Iglesia naciente. Podría imaginar las palabras que diría al grupo de discípulos cuando partían hacia lejanas tierras para proclamar el Nombre de Jesús. Puedo imaginar qué palabras de fortaleza y consuelo diría a Pedro y Juan, después que éstos fueron arrestados y azotados. Ella, tan excelente receptora y guardadora de noticias (Le 2,19; 2,51), puedo pensar cómo transmitiría las noticias sobre el avance de la palabra de Dios en Judea y entre los gentiles (He 8,7), y cómo, con esas noticias, consolidaría la esperanza de la Iglesia. Allá en Belén, en Egipto, en Nazaret, Jesús no era nada sin su Madre. Le enseñó a comer, a andar, a hablar. María hizo otro tanto con la Iglesia naciente. Siempre estaba detrás del escenario. Los discípulos ya sabían dónde estaba la Madre: en casa de Juan. ¿No sería María la que convocaba, animaba y mantenía en oración al grupo de los comprometidos con Jesús? (He 1,14). ¿No sería la Madre la que aconsejó cubrir el vacío que dejó Judas en el grupo apostólico para no descuidar ningún detalle del proyecto original de Jesús? (He 1, 15 ss). ¿De dónde sacaban Pedro y Juan la audacia y las palabras que dejaron mudos y asombrados a Anas, Caifas, Alejandro y demás sanedritas? (He 4,13). ¿De dónde sacaron Juan y Pedro aquella felicidad y alegría por haber recibido los cuarenta azotes menos uno, por el Nombre de Jesús? (He 5,41). Detrás estaba la Madre.
¿Adonde iría Juan a consolarse después de aquellos combates turbulentos? ¿Acaso no convivía con la Madre? ¿Quién empujaba a Juan a salir todos los días al templo y a las casas particulares para proclamar las estupendas noticias del Señor Jesús? (He 5,42). Detrás de tanto ánimo, vislumbramos una animadora. En el día en que Esteban fue liquidado a pedradas, se desencadenó una furiosa persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y los seguidores de Jesús se dispersaron por Samaría y Siria. Los apóstoles, sin embargo, decidieron quedarse en la capital teocrática (He 8,1 ss). En este día, ¿dónde se congregaron los apóstoles para buscar consuelo y fortaleza? ¿No sería en casa de Juan, junto a la Madre de todos? Juan y Pedro aparecen siempre juntos en esos primeros años. Si María vivía en casa de Juan, y éste era alentado y orientado por la Madre, ¿no haría ella otro tanto también con Pedro? Ambos —Pedro y Juan— ¿no tendrían sus reuniones en casa de Juan, juntamente con María, a quien veneraban tanto? ¿No sería ella la consejera, la consoladora, la animadora, en una palabra, el alma de aquella Iglesia que nacía entre persecuciones? ¿No seríala casa de Juan el lugar de reunión para los momentos de desorientación, para los momentos de tomar decisiones importantes? Si advertimos la personalidad de María y si partimos de sus reacciones y comportamiento general en los días del Evangelio, dentro de un cálculo normal de probabilidades podemos acabar en la siguiente conclusión: todas esas preguntas deben ser respondidas afirmativamente. La Biblia fue escrita dentro de ciertas formas culturales. Muchas de sus páginas se escribieron en una sociedad patriarcal, en una atmósfera de prejuicios respecto a la mujer. Es un hecho conocido que, tanto en el mundo’ grecorromano como en el mundo bíblico, por aquel entonces la mujer estaba marginada. En ese contexto, no era de buen tono que un escritor destacara la actuación brillante de una mujer. Si no fuera por ese prejuicio, ¡de cuántas maravillas no nos hablaría el libro de los Hechos, maravillas silenciosamente realizadas por la Madre…!