No creo que el hombre tenga «derecho a equivocarse». No tenemos verdadero «derecho» al error. Lo que sí tenemos es derecho a ser comprendidos en nuestros fallos, a ser aceptados con nuestros errores, a ser perdonados por nuestras estupideces, a ser reconocidos como hombres que inevitablemente cometerán siete tonterías al día y setenta veces siete por año. Temo que, mientras esta ley no sea reconocida y aplicada por todos, no conseguiremos un mundo vividero. Nunca he creído en la Santa Intolerancia y no me parece que tenga mucho que ver con el cristianismo. Lo cristiano me parece aquello que aspira al ideal, pero que parte de la aceptación de los hombres como son y lo que lleva siempre muchos sacos de perdón dispuestos
para su empleo.

José Luis Martín Descalzo

No creo que el hombre tenga «derecho a equivocarse». No tenemos verdadero «derecho» al error. Lo que sí tenemos es derecho a ser comprendidos en nuestros fallos, a ser aceptados con nuestros errores,a ser perdonados por nuestras estupideces, a ser reconocidos como hombres que inevitablemente cometerán siete tonterías al día y setenta veces siete por año. Temo que, mientras esta ley no sea reconocida y aplicada por todos, no conseguiremos un mundo vividero. Nunca he creído en la Santa Intolerancia y no me parece que tenga mucho que ver con el cristianismo. Lo cristiano me parece aquello que aspira al ideal, pero que parte de la aceptación de los hombres como son y lo que lleva siempre muchos sacos de perdón dispuestos para su empleo.

Me parece que los hombres nos vamos haciendo verdaderos adultos en la medida en que nos hacemos comprensivos. La intolerancia
es, me parece, tolerable y comprensible en los jóvenes. Para ellos todo se divide en el bien o el mal. Luego, la vida va descubriéndonos
cuánto bien se esconde entre los pliegues del mal. Y cuánto el mal se agazapa detrás de muchos recovecos del bien. Y uno va aprendiendo a perdonar cuanto más descubre dentro de sí la necesidad que tiene de perdón. Por eso un viejo que acumula rencor me parece el ser menos adulto que existe.

También la vida nos va enseñando a perdonar, que es el arte más difícil que existe. Empezamos perdonando melodramáticamente, saboreando el gozo de perdonar, sin caer en la cuenta de que —como decía san Agustín— «se puede ser muy cruel al perdonar» cuando se perdona «desde arriba», desde la «dignidad» del ofendido. Más tarde descubrimos que el verdadero perdón es el que no se nota, el que incluso nos sale del alma sin esfuerzo, naturalmente. Por eso me parece tan absurda esa frase del «perdono, pero no olvido», porque una cosa es que aprendamos de los errores para no volver a cometerlos y muy otra que nos pasemos la vida recordándolos, sacando jugo al caramelo de nuestro perdón.