Cualquiera sea la urgencia de la acción, nos está vedado —a riesgo de que la acción permanezca estéril— olvidar la vocación que ha de
gobernarla. Queremos fundar el respeto por el hombre. ¿Por qué nos habríamos de odiar dentro de un mismo campo? Nadie de entre nosotros tiene el monopolio de la pureza de intenciones. Puedo combatir, en nombre de mi camino, el camino que otro ha elegido; puedo criticar los pasos de su razón — los pasos de la razón son inciertos—. Pero debo respetar a ese hombre, en el plano del Espíritu, si pena hacia la misma estrella – Carta a un rehén.


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Antoine de Saint-Exupéry

Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella el viajero se deja absorber demasiado por los problemas del escalamiento se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía. Si se mueve solo por moverse, no irá a ninguna parte. Si la sillera de la catedral se preocupa demasiado por la ubicación de las sillas, se arriesga a olvidar que está sirviendo a un Dios. Del mismo modo, si me encierro en alguna pasión de partido, me arriesgo a olvidar que una política solo tiene sentido con la condición de estar al servicio de una
evidencia espiritual.

Hemos gustado, en las horas del milagro, una cierta cualidad de las relaciones humanas, y allí está para nosotros la verdad. Cualquiera sea la urgencia de la acción, nos está vedado —a riesgo de que la acción permanezca estéril— olvidar la vocación que ha de
gobernarla. Queremos fundar el respeto por el hombre. ¿Por qué nos habríamos de odiar dentro de un mismo campo? Nadie de entre nosotros tiene el monopolio de la pureza de intenciones. Puedo combatir, en nombre de mi camino, el camino que otro ha elegido; puedo criticar los pasos de su razón — los pasos de la razón son inciertos—. Pero debo respetar a ese hombre, en el plano del Espíritu, si pena hacia la misma estrella.

¡Respeto por el hombre! ¡Respeto por el hombre! Si el respeto del hombre está fundado en el corazón de los hombres —siguiendo el camino inverso — terminarán por fundar el sistema social, político o económico que consagrará tal respeto. Una civilización se funda ante todo en la sustancia; primeramente es, en el hombre, el ciego deseo de un cierto calor. Luego, el hombre, de error en error, encuentra el camino que lleva al fuego.