El ardor por el Evangelio de los primeros evangelizadores fue impresionante. Uno de los grandes ejemplos de apostolado son los jesuitas.

San Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús en 1540 y pocas décadas después los primeros sacerdotes de la orden fueron destinados a América. El nuevo celo evangelizador posterior al Concilio de Trento, del que los jesuitas formaron parte, sirvió a la renovación de la misión religiosa que la monarquía hispánica ya venía desarrollando desde 1492 en el continente americano.


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El método de los jesuitas consistió en agrupar a los pueblos indígenas en lo que se conoció como  reducciones. “Reducción” entonces no tenía el significado peyorativo contemporáneo, sinónimo de achicar o quitar, sino el de reunir o congregar. Todo este conjunto de pueblos comprendidos en las misiones se mantuvo relativamente aislado del resto civil, tal como estipulaba la legislación española vigente. Sin embargo, amparados en la caridad, estuvieron abiertos a recibir comerciantes, mercaderes o simples viajeros.

En todo América existieron varias misiones de la Compañía de Jesús, como las de Orinoco, Maynas, Moxos, Chiquitos y las de guaraníes; cada una constituida por numerosos pueblos y guiadas por el mismo propósito evangélico.  En este post no queremos hacer un mero relato romántico del pasado en la América colonial, sino rescatar todas aquellas experiencias admirables de vida cristiana que forman parte de nuestra identidad y nuestra historia, y que pueden ayudarnos a moldear nuestra presente de Iglesia militante.

En 1767 Los jesuitas eran expulsados del Imperio Español y dejaban tras de sí casi dos siglos de experiencias evangelizadoras. En casi 200 años, un centenar de misioneros lograrían moldear una sociedad singular y una nueva cultura, verdadera síntesis entre el Evangelio y las costumbres de los pueblos nativos.


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*Si deseas conocer más sobre este fascinante tema puedes consultar las bellísimas obras: “Jesuitas y guaraníes. De la tierra sin mal al paraíso” de Lucía Gálvez, y “Las reducciones jesuíticas de indios guaraníes (1609-1818)”  de Cayetano Bruno.

1. Toda la vida social giraba en torno al Evangelio

Como hemos mencionado, el objetivo principal de las misiones era la evangelización de los indígenas, por lo tanto, la vida cotidiana se organizó según este fin primordial: la vida espiritual en la fiel y pacífica observancia de la ley santa de Dios. Si bien las actividades diarias tuvieron variaciones en cada misión y en función del período del año, en general, el día comenzaba con una misa. Luego de la ceremonia, todos comenzaban sus labores cotidianas y algunos niños asistían a la escuela de primeras letras donde aprendían a leer y a escribir en castellano y guaraní, a contar, además de música, catecismo y danzas. En algunas reducciones la educación se impartía dos veces al día. Por la tarde continuaban las tareas. Poco antes del anochecer se reunían chicos y grandes para las oraciones y la lectura del oficio divino. Después de la cena se realizaba una  lectura espiritual.

En los pueblos existían dos cofradías que mantenían el fervor de todos, la de María Santísima y la de san Miguel, con un gran número de congregantes de ambos sexos. En todas las misiones hubo una profunda devoción a la madre de Cristo bajo la advocación de la Virgen de Loreto; no había quien no llevara su imagen durante las actividades diarias y quien al finalizar el día no fuera a obsequiarle un rezo del Rosario.

El corazón de la vida de la misión estaba en la plaza central. Allí estaban ubicados todos los edificios más importantes a semejanza del clásico diseño urbano español: la Iglesia, la casa de los sacerdotes, la casa del corregidor indígena, la escuela, el hospital, la casa de la viudas, los almacenes, el Cabildo, la cárcel y diversos talleres de artesanos. En la plaza se celebraban las fiestas litúrgicas y patronales, los bautismos y casamientos con gran despliegue de música, danzas, procesiones y representaciones teatrales.

2. Se trabajaba en favor de la comunidad sin descuidar los aspectos personales y familiares

Las misiones funcionaron a base de la caridad, el trabajo comunitario y la puesta en común de los bienes. Todos los pueblos se mantenían con productos propios, ningún habitante tenía sueldo y a nadie le faltaba comida, salud, vivienda o vestido. Todos eran labradores y existían dos tipos de tierra. El tupambaé era la tierra comunitaria donde los indígenas trabajaban dos veces a la semana para alimentar a viudas, huérfanos y enfermos, para intercambiar con otros pueblos o para tiempos de escasez. El abambaé era la parcela que le correspondía a cada guaraní para satisfacer las necesidades de su familia. Varones y mujeres participaban por igual en las tareas agrícolas.

Además, cada misión tuvo su estancia donde se criaban caballos, cerdos, cabras, ovejas y vacas, y los habitantes que tenían un oficio, alternaban una semana en ellos y otra en las actividades agropecuarias. Cada reducción supo desarrollar una gran variedad de trabajos, encontrándose en todas ellas, carpinteros, herreros, zapateros, tejedores, pintores, fabricantes de instrumentos musicales, plateros, entre muchos otros oficios. Las economías fueron tan eficientes que con los excedentes pudieron comerciar sobretodo yerba, y en menor medida algodón, tabaco, cueros y azúcar. Con el metálico obtenido pagaban los tributos y adquirían todo lo que no se fabricaba en la misión: objetos de metal, herramientas, instrumentos y objetos de culto.

3. El arte y la música estaban al servicio de Dios

La música tenía tal importancia que casi se podría hablar de las mismas como un “estado musical”. Todo era acompañado con instrumentos de viento y cuerdas, de representaciones, danzas y procesiones; auténtico estímulo para el trabajo y de sereno esparcimiento. Pero donde la música más alcanzaba su elevada significación era en las funciones sagradas, todas las misas eran celebradas con dos o tres coros y variados instrumentos fabricados en la reducción.

El estilo artístico barroco, con su ornamentación recargada, supo sintetizar la arquitectura europea con la prolífica decoración de motivos indígenas dando originalmente lugar a lo que se conoció como el barroco hispano-guaraní. Esculturas, relieves, retablos, confesionarios, púlpitos, pilas bautismales, muebles; todo manifestaba la originalidad de este encuentro cultural vuelto hacia el Creador.

4. Las formas de gobierno se complementaban con la vocación religiosa

En cada misión el poder temporal y el espiritual formaban una unidad armónica coherente con el sentido trascendente de la vida humana. El poder temporal estaba en manos de los caciques que administraban la misión desde sus puestos de alcaldes o regidores del cabildo. Como en algunos pueblos llegaban a reunirse cincuenta caciques, se decidió estructurar el gobierno en torno a la autoridad de un corregidor indígena, máxima autoridad civil elegida entre diversos caciques candidatos y que presidía el cabildo.

Se desarrolló toda una estructura organizativa que comprendía el complejo funcionamiento de la misión. Los alcaldes de primero y segundo voto que integraban el cabildo se encargaban de la vigilancia de las costumbres y de que cada uno cumpliera con el deber que le era asignado, los alcaldes de barrio se ocupaban de la limpieza del pueblo, el alguacil mayor se ocupaba de cumplir las órdenes del cabildo o de la Justicia, el alcalde de Hermandad le correspondía el orden en el campo y los caminos, y el procurador era el responsable de los bienes de la comunidad. Excepto el corregidor, los cargos cambiaban todos los años. La organización municipal, la salud, el cuidado de los campos y los ganados les importaban tanto como la catequesis y la enseñanza de artes y técnicas.

5. El acercamiento se daba a partir de las coincidencias y el respeto de ciertas costumbres y tradiciones

Los guaraníes tenían un gran desarrollo de su sensibilidad artística, de allí que desde el comienzo se sintieron cautivados por el arte y la música que los jesuitas utilizaron en los primeros encuentros en la selva. Tanto los jesuitas como los guaraníes apreciaban especialmente la belleza formal del culto divino, los adornos y los ropajes coloridos. La rica liturgia católica era un deleite para sus ojos y los oídos. Las ceremonias y fiestas religiosas eran realzadas con las exteriorizaciones que resignificaban los antiguos ritos guaraníes. Los jesuitas se preocuparon de aprender y conservar el idioma de los guaraníes, y en la medida que las prácticas culturales no contradecían el Evangelio, dieron un gran espacio a la música, las danzas tradicionales y el arte.

Los niños eran los que primeros se aficionaban e imitaban lo que los padres jesuitas les enseñaban y solían ser el nexo para llegar a la evangelización de sus padres. Aprendían rápidamente cantos, bailes, representaciones; la alfabetización y la ejecución con instrumentos musicales. De todos modos, no puede pasarse por alto la gradualidad y el difícil –a veces dramático- proceso de transición de los guaraníes de sus antiguas pautas culturales a las que traían los misioneros europeos: cambios en la vestimenta, métodos de trabajo, división de tareas, la monogamia, la vida en familias más pequeñas a su vez en poblaciones más grandes.

Al fin, la armónica sociedad que guaraníes y jesuitas supieron construir nos deja una gran lección para aprender, una lección de inculturación y de como el Evangelio responde a todos los aspectos del ser humano.