Este hermoso testimonio me recordó que nadie es un caso perdido, que nadie es invisible

«Las esperanzas terrenas caen delante de la Cruz, pero renacen esperanzas nuevas, las que duran para siempre» (Papa Francisco).



«La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad» (Catecismo de la Iglesia Católica. 1818).

Hay veces que el Catecismo es tan bello en la expresión de las verdades de la fe, que da un poquito de pena querer abundar sobre algo que está tan logrado. Es como si, queriendo comentar la obra de un artista, alguien tuviera miedo de mancharla con sus palabras. Y esto es lo que no le ocurre al cardenal Tagle. Habla de la esperanza y nos parece que está diciendo todo nuevo (y mejorando, si es posible, la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica). Y no lo hace (como dice él mismo) basado en el testimonio de expertos o de teólogos, sino en la experiencia de los pobres, de los tullidos, de los desahuciados de este mundo. Este enorme cardenal, que estudia desde hace años Teología, prefiere aprenderla de los sencillos, de los desplazados. Y ¡vaya que da buenos resultados!


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¿Quién puede enseñarnos a sufrir sino aquellos que saben sufrir porque están actualmente sufriendo? El cardenal dice: «Ellos tienen una sabiduría que el mundo desconoce». Me asombra ver los videos de la gente que está en Siria, por ejemplo, como transmiten alegría y esperanza. ¿Alegría en medio de la persecución? ¿Esperanza en medio de una guerra sin cuartel? ¿Cómo pueden? ¿No serán masoquistas?


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El cardenal explica: Son los pobres, los minusválidos los que me proclaman a mí la Palabra de Dios. Muchas veces creemos que por saber el catecismo de memoria, o por haber leído a grandes teólogos, ya sabemos todo lo que hay que saber de la fe. Y no es así, es en la Cruz donde se aprenden los grandes misterios de la Teología. Es aceptando esa cruz y llevándola, compartiendo por un momento los dolores redentores de Nuestro Señor, que podemos comprender de una vez y para siempre cómo ama Dios.


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Como tal vez ya sepas por algún artículo mío anterior en Catholic-Link, nuestra primera hija vivió apenas 30 horas por una infección generalizada con la que nació. Cuando ella falleció, sentimos que nos arrancaban el corazón y lo tiraban a la basura. Ante ese dolor tan enorme, tan incomprensible, pensamos que nunca nos íbamos a recuperar, y que probablemente perderíamos la fe. Y sin embargo (los caminos de Dios no son nuestros caminos), ocurrió precisamente lo contrario: Dios nos renovó en la fe, porque un padre que pierde un hijo tiene que comprender que su hijo es eterna e inmensamente feliz, mucho más feliz que lo que lo que podría haber sido con nosotros en la Tierra aun si le hubiéramos dado lo mejor que este mundo puede proveer. Y también nos renovó en la esperanza, porque tenemos la esperanza de vivir, por la Misericordia de Dios, una buena vida, y después de haberla vivido, reencontrarnos con nuestra hija en la Patria Celestial. Y esa esperanza nos mantiene vivos y alegres para afrontar cualquier prueba que esta vida nos depare.

El agricultor no le pide permiso a la tierra para ararla: hiende la tierra con el arado y la destroza, según la visión de la tierra. Y como somos tierra, Dios Nuestro Señor nos rotura con el arado de la Cruz, pero es porque Él y sólo Él sabe que de esa forma sacará mucho más rápido las malezas y nos preparará para dar mucho fruto.

El cardenal continúa: «Nadie es un caso perdido, nadie es invisible». Mucha gente reniega de Dios porque cuando ven el mal en el mundo, consideran que Dios se olvida de los hombres. Yo no lo veo así. Yo veo que Dios envió a su propio hijo para la muerte por nuestra redención, y que no lo envió por todos, ni por muchos, sino que lo envió por cada uno de los hombres. El amor de Dios es infinito, y según explica la matemática, infinito dividido por cualquier número es siempre infinito. Somos los hijos predilectos de Dios, cada uno de nosotros es el hijo más amado por Dios, su favorito. «Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco» (Mc 1,11), dice Dios sobre Nuestro Señor Jesucristo en su bautismo en el Jordán. Y lo repite en cada bautismo, cada vez que un nuevo hijo nace en el mundo.

Jesús nos dice: «Eres alguien por quien vale la pena morir», y no lo dice por decir, lo dice desde la Cruz, y lo dice también desde cada forma de la Eucaristía. El cardenal Tagle nos dice que desde la simpleza del pan el vino tenemos que tener la agudeza “visual” del espíritu de poder encontrar a Jesús en los más necesitados, en los que aparentemente están más olvidados de Dios. El cardenal sostiene que son ellos los que más nos enseña, y los alienta a dar testimonio, porque no están solo para recibir, sino para convertirse en los más grandes dadores de esperanza, en dadores de la Presencia Real de Cristo en el mundo actual, que le parece a mucha gente sin fe como “dejado de la mano de Dios”.

La cita que puse al principio, del catecismo de la Iglesia, comienza diciendo que la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre. Todos queremos ser felices, ahora y para siempre. Pero la felicidad está en la oración de Jesús en el huerto: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). La felicidad del cristiano es paradojal, pero es la única felicidad posible: si aceptamos la cruz y la soportamos, Dios nos da el ciento por uno en esta vida y después la Vida Eterna. El papa Francisco lo dijo así en la audiencia del 12 de abril de este año hablando sobre quienes aclamaron a Jesús en el Domingo de Ramos:

«Las esperanzas terrenas de esa gente se caen delante de la Cruz. Pero nosotros creemos que precisamente en el Crucifijo nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen delante de la Cruz, pero renacen esperanzas nuevas, las que duran para siempre. Es una esperanza diferente la que nace de la cruz. Es una esperanza diferente de las que caen, de las del mundo».

Pidamos a la Madre Dolorosa, que estuvo al pie de la Cruz y cuya esperanza nunca desfalleció, que nos enseñe a tener esa esperanza que nunca cae.

Andrés D' Angelo

Andrés es argentino. Junto con su esposa Mariana es miembro del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Tienen cuatro hijos. Escribió el libro "Matrimonio Fácil para tiempos difíciles". Actualmente dirige un programa de Radio.


Andrés D' Angelo

Andrés es argentino. Junto con su esposa Mariana es miembro del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Tienen cuatro hijos. Escribió el libro "Matrimonio Fácil para tiempos difíciles". Actualmente dirige un programa de Radio.

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