Mi camino pascual junto a los discípulos de Emaús



Estamos en tiempo pascual, un tiempo que debiera (teóricamente) reflejarse no solo en las abundantes flores del templo o que en Misa volvimos a cantar el gloria, sino que también en nuestras vidas, que renuevan su fe en la Resurrección de Jesús y con ello en nuestra propia salvación. Este es un tiempo para aprovechar el impulso que nos regaló la Semana Santa y abrir espacio en el pecho para dejar crecer al corazón, darle alimento, prepararlo para los tiempos de sequía y escasez espiritual, un momento de gran “consolación espiritual” y siguiendo los sabios consejos de San Ignacio de Loyola, una de las mejores cosas que podemos hacer en tiempos de consolación, es juntar fuerzas y fe porque eminentemente, después de un tiempo así se avecina uno de desolación.

En la historia bíblica hay un parsito que experimentó justamente esto, un camino de crecimiento espiritual, en donde, dejándose interpelar por el mismísimo Jesús, caminaron desde la desolación a la consolación, a tal punto que emprendieron el camino de regreso, felices de sentirse acompañados por Jesús y favorecidos con el regalo de la Vida Eterna: Los peregrinos de Emaús.


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Hagamos el camino con ellos, dejémonos acompañar y quizás en su marcha, vamos viviendo también la propia. Pero antes de seguir y para que refresques la memoria, revisa el relato en el Evangelio de san Lucas 24, 13-35.

1. Se acerca a los derrotados


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¿Eres de los que odia los lunes?, pues te aseguro que Jesús se pone a tu lado cada uno de esos lunes que aborreces. Pero no solo en los lunes, también en cada momento en que la fe flaquea, en que la esperanza se disuelve y el ánimo da botes por el suelo. Es una de las especialidades del Maestro, dar esperanza, explicar la voluntad del Padre y acercarse a aquellos que no lo buscan, que creen que no es posible y que se sienten perdedores.


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Nada más imagina cómo debieron sentirse esos pobres peregrinos al ver a su “líder” cruelmente asesinado y a los “segundos al mando” huyendo como ratas a esconderse. Yo también habría hecho mis maletas y me iría de regreso a casa.

Jesús sale al encuentro de esos, de los que se cansaron de luchar, de los que ven como todo se derrumba. Esos, muchas veces, somos nosotros, que no ponemos atención y no nos damos cuenta que Él está a nuestro lado y se pone a a caminar con nosotros.

2. En algún momento del camino cambiará todo

Hay algo que no sabemos con exactitud: en qué momento del camino Jesús se unió a los peregrinos. Si bien conocemos la distancia que hay entre Jerusalén y Emaús, que es de “60 estadios” (alrededor de 12km), no sabemos si ya llevaban unos cuantos cientos de metros. Lo que sí sabemos es que en medio del viaje, sí o sí Jesús llegó a su lado, cuando no lo esperaban, cuando hasta un pañuelo se sentía como una pesada carga en su mochila, cuando los pies y no les daban más, Él llega y acompaña.

Quizás en tu vida resulte que Jesús se haya acercado al comienzo de la ruta, o en una de esas, aún te faltan algunos kilómetros más de caminata en solitario hasta encontrarte con el Resucitado y recuperar la fe y la esperanza. Lo único cierto, es que se cruzará en tu camino  y todo cambiará.

3. Los 60 estadios

Sabemos de esa distancia porque el autor bíblico se toma la molestia de decirnos que eso medía el tramo que debían recorrer los peregrinos. Desconozco el simbolismo detrás del número, pero de todas formas me ayuda a comprender una verdad: solo al cabo de esos 60 estadios, comprenderé todo, no antes, no después. Es que aun cuando los peregrinos sentían que les ardía el corazón cuando les explicaba las escrituras, no fue sino hasta cuando terminó la caminata que su corazón se transformó.

Para algunos, esos 60 estadios son los dos años de su preparación para realizar la Confirmación; para otros en cambio, puede ser una larga enfermedad. Quizás para ti y para mí, toda la vida sean esos 60 estadios, y en el último de nuestros días recién llegaremos a abrir los ojos completamente y darnos cuenta que era el Señor, quien siempre estuvo al lado, explicándonos todo, consolándonos y partiendo para nosotros el pan.

4. La Eucaristía, el momento de abrir los ojos

En tiempo pascual la Eucaristía cobra un sentido aún más especial. El recuerdo fresco del jueves Santo al conmemorar la Santa Cena, nos empuja, al igual que a los primeros discípulos, a seguir con sus instrucciones, reunirnos comunitariamente y partir el pan tal como Él nos enseñó la noche que iba a ser entregado a su Pasión. Es que la Eucaristía es casi como la última deseo de un moribundo, de un condenado a muerte. Sus palabras «Hagan esto en memoria mía», no es solo un favor que nos pide para mantenernos recordándonos, sino que Él mismo se quiere hacer presente, no por Él, sino por nosotros.

Por eso es que repite el gesto que había encargado a sus discípulos pero esta vez frente a los peregrinos de Emaús, partiendo para ellos el pan en la mesa y abriendo sus ojos y su entendimiento. Jesús, todos los días en la Eucaristía, se ofrece como pan partido y compartido para alimentar nuestro espíritu y recordarnos que vive, que  realmente ha resucitado y nosotros con Él.

5. La experiencia con Jesús resucitado cambia el rumbo de la vida

Los peregrinos de Emaús, ni siquiera se molestaron en lavar los platos y ordenar la mesa. Apenas se dieron cuenta que era Jesús el que tenían al frente y desapareció delante de sus ojos, luego de partir el pan, tomaron sus cosas y emprendieron camino de regreso a Jerusalén a reunirse con los demás apóstoles que estaban allí escondidos, para contarles de la experiencia de que el Señor estaba vivo y que ellos lo habían visto.

Es que como dice el Papa Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus Caritas Est, 1).

6. La comunidad como fruto de la Resurrección

Perder al líder, sobre todo a uno carismático y con super poderes, sin duda hace que el grupo se disuelva, sobre todo si Él era el único carismático y sobrenatural. Pero con Jesús es distinto. Sus discípulos (y no me refiero solo a los primeros cristianos, también a nosotros) heredaron todo lo que Él mismo era. Su carisma, su poder, la experiencia de vivir en comunidad y que la misión no se hace en solitario. Es por eso que los primeros cristianos, testigos de lo que Jesús había hecho, se animan a caminar detrás de sus pasos, a seguir predicando su mensaje, a vivir unidos, a acoger a los necesitados, y no lo hacen desde el miedo, sino que lo hacen desde el coraje y la valentía de saber que Dios está con ellos. Saben que Dios obra milagros por medio de la comunidad, por eso se mantienen unidos, ponen todo lo que tienen en común y se lanzan a fundar más comunidades.

Nosotros, dos mil años después somos fruto de esa experiencia inicial, por eso en este tiempo, debemos mirar a nuestra comunidad como la comunidad del Resucitado, esa que sabiendo quién es su Señor, se atreve a darlo todo y a acoger a todos.

Nos gustaría saber cuál es tu experiencia como un discípulo de Emaús 😉

Es Chileno, misionero laico a tiempo completo, dedicado a la Evangelización de jóvenes. Charlista y escritor. www.sebacampos.com


Es Chileno, misionero laico a tiempo completo, dedicado a la Evangelización de jóvenes. Charlista y escritor. www.sebacampos.com

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