¡Comprobado! Ir a Misa alarga la vida, lo dice un estudio de Harvard



«Ir a Misa hace bien, alarga la vida». En efecto, ir a Misa nos hace bien. Quizá el enfoque de este video no sea el mejor, pero nos puede servir para preguntarnos: ¿será que las personas escogen ir a Misa porque desean vivir más tiempo o realmente comprenden por qué deben ir y cuál es el bien que se opera en sus vidas?

Quizás sea un error en el concepto de la misma felicidad, que la publicidad ha pintado como sinónimo de confort y despreocupación. Pero eso no es la felicidad. Felicidad es la plenitud del amor; la encontramos cuando encaminamos nuestro actuar al fin por el que fuimos creados (que es amar, que es ser felices, ser plenamente aquello que estábamos llamados a ser).


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En la Misa palpamos el Amor de Dios

El amor tiene sus raíces en forma de Cruz, en términos de San Josemaría Escrivá. La plenitud del amor la consumó Jesucristo en la Cruz. El amor es entrega, es donación libre. Él nos demostró con su vida el modelo de cómo hemos de amar. Tanto nos amó que escogió quedarse con nosotros, indefenso y escondido, para que no tengamos miedo de acercarnos a Él. ¡Pero tan escondido, que nos acostumbramos! O no asimilamos el misterio del que quiere hacernos partícipes: el Cielo bajando a la tierra, los Ángeles adorando a Dios junto a nosotros, Dios que se hace un pedacito de pan… un misterio y un milagro que no vemos o no apreciamos, o que entendemos pero nos acostumbramos. Y Jesús, loco, loquísimo de amor, espera. Nos espera en cada Misa, para darnos mucho… para darse a sí mismo.


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Jesús abre su corazón y nos invita a refugiarnos en Él. Nos pide, creo que hasta suplica, que acudamos a su corazón. Porque quiere darnos toda la gracia que necesitamos para ser felices, para ser fieles, pero para ello tenemos que poner nuestra respuesta y nuestra correspondencia; hemos de acudir a Él.


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«La presencia de Jesús en el Sagrario ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡” (Sal 33 [34],9)»(Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia).

El Cielo en la tierra

El santazo cura de Ars dijo: «El que comulga se pierde en Dios como una gota de agua en el océano. No se les puede separar. Cuando acabamos de comulgar, si alguien nos dijera: ¿Qué lleva usted a su casa? Podríamos responder: llevo el cielo». ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en esto? Las Misas que escuchamos son y serán, siempre y al momento de nuestra muerte, nuestro consuelo. Sabemos que es un pecado grave ignorar y faltar a la llamada de Dios de asistir a la Santa Misa (domingos y fechas de precepto). Pero, creo que más que nada, es una estupidez de parte nuestra: ¿cómo rechazar a Dios, que quiere habitar en nosotros, que se hace chiquitito, unas migajitas de pan, para llegar hasta nosotros y quedarse muy cerca, ayudarnos y consolarnos?

A veces nos quejamos de muchas cosas que no tenemos. Estas cosas son, tantas otras veces, excusas para faltar a esta cita con el Señor: falta de tiempo, falta de salud, falta de “medios”. Estos son muchas veces disfraces para no admitir (o para cambiar el nombre a la pereza, a la comodidad, a la “falta de ganas”). En cambio, quienes van al encuentro con Él –incluso más de una vez a la semana– no tardan en descubrir que no hace falta nada más… ¡si tienen en sus labios al mismo Dios! Pero podemos tantísimas veces ser muy ciegos y argüir que la Misa es larga y aburrida sin ver que en ella está la Virgen, está San José, están los Ángeles, los Santos, ¡todo el Cielo a nuestro lado! Y sobre todo, el mismísimo Jesús vivo y operante escondido en la Hostia Santa.

Si redescubriéramos todo esto, nuestro amor se ensancharía –lo que no necesariamente implicaría “sentir” amor, sino estar más dispuestos a entregarnos, a corresponder, a perseverar en el camino hacia el Cielo–, y no nos detendríamos a mirar el reloj, a mirar al vecino, a preguntarnos cuánto ya ha hablado el sacerdote en la homilía. Por el contrario, extenderíamos nuestra acción de gracias al darnos cuenta de lo mucho que recibimos, a cambio de lo poquitito que tenemos para dar. Porque es un regalo inmerecido e inmenso poder participar de cada Misa. ¿Cómo decir “no se me antoja”, cuando medimos nuestros méritos y nos vemos indignos de tan grande invitación, pero aun así invitados en un lugar especial?

«Ir a la Misa es ir al cielo, donde “Dios mismo enjugará toda lágrima” (Apoc 21, 3-4). (…) Ir a Misa es renovar nuestra alianza con Dios (…) hacemos unas promesas, nos comprometemos a nosotros mismos, asumimos una nueva identidad. Somos cambiados para siempre. Ir a Misa es recibir la plenitud de la gracia, la vida misma de la Trinidad. Ningún poder del cielo o de la tierra puede darnos más de lo que recibimos en Misa, pues recibimos a Dios dentro de nosotros mismos. Cuanto más preparados estemos para la Misa, más gracia sacaremos de ella. Y recuerda: la gracia disponible en la Misa es infinita… es toda la gracia del cielo. El único límite es nuestra capacidad para recibirla. (…) La gracia compensa cada debilidad de nuestra naturaleza humana. Con la ayuda de Dios somos capaces de hacer lo que nunca podríamos hacer por nosotros mismos: a saber, amar perfectamente, sacrificarnos completamente, entregar nuestras vidas como Cristo lo hizo. No estaremos aferrados a nada de la tierra, prefiriendo en vez de eso levantarnos hacia el cielo» (Scott Hahn, La Cena del Cordero).

Llevarnos a Cristo, parecernos a Cristo, ser otro Cristo

Leo J. Trese, en el libro «La fe explicada» afirma que el fin primordial de la Misa es dar honor y gloria a Dios. Sin embargo, sus efectos no se detienen ahí: al ofrecer Jesucristo su infinito homenaje a Dios, también alcanza grandes gracias para nosotros, las gracias que necesitamos para parecernos cada día más a Él, puesto que cada vez que comulgamos, es Él quien va transformándonos más en sí. Estamos llamados al Cielo, estamos llamados a ser santos, y para eso hemos de imitar a nuestro modelo. Lo mejor de todo es que Él solo quiere nuestra buena disposición, porque, como dije, es Él quien nos transforma. Y, luego de cada comunión, habiendo recibido tantas gracias, las hemos de compartir. Hemos de llevar a Cristo a quienes aún no le conocen, a quienes no se le han acercado. Para que cuando nos vean, nos vean obrar de manera que irradiemos la plenitud del amor del que hemos sido partícipes.  

«La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar de la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con Él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños» (Benedicto XVI).

María Belén Andrada

Es paraguaya, catequista, tiene 22 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Le encanta la literatura y el arte y aspira estudiar Artes Visuales.


María Belén Andrada

Es paraguaya, catequista, tiene 22 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Le encanta la literatura y el arte y aspira estudiar Artes Visuales.

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