3 reflexiones sobre la belleza a partir de un Milagro Eucarístico



Hace unos meses hice un viaje por algunos países de Europa. No dejaba de sorprenderme lo hermoso de los paisajes, las iglesias, las calles empedradas y las imponentes construcciones llenas de historia. En todo momento venía a mi mente el hambre de belleza del ser humano, la necesidad de verla, de tocarla, de conocerla, y además, de expresarla de diversas formas.

El momento más impresionante de todo el viaje ocurrió en un pueblo pequeño: Siena. Si comparas a Siena con Viena, Praga o Roma, dirías que no es más que un pueblito como tantos otros de Europa. Aunque su Duomo es hermosísimo, el lugar donde encontré lo más bello fue en la iglesia de San Francisco, una Basílica que no es nada del otro mundo.


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El Milagro Eucarístico permanente de Siena se manifiesta en la prodigiosa conservación contra toda ley física, química o biológica de 223 hostias consagradas, el 14 de agosto de 1730 y en la misma noche, profanadas por ladrones desconocidos ávidos del vaso de plata que las guardaba.

Estuvimos un buen rato delante de esas 223 hostias expuestas y tocamos el ostensorio donde se encuentran guardadas. Fue un momento profundamente hermoso. Realmente pude tocar la belleza, literalmente, tocarla. La primera pregunta que vino a mi mente fue: ¿qué pasó aquí?, cómo es que si he visto lugares mil veces más hermosos, visitado grandes monumentos y observado grandiosos paisajes; aquí, delante de un ostensorio como cualquiera, con 223 pedacitos de levadura redondos, realmente (y se los digo en serio), ¿he experimentado y tocado la belleza? ¿En dónde reside la belleza? Más aún, ¿qué es la belleza?


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Me di cuenta que la belleza no puede ser simplemente la forma que corresponde a una idea, es decir, me di cuenta que no hay nada en este mundo que pueda ser paradigma de ella (ni siquiera la puesta de sol más espectacular). Leyendo un poco, me encontré con una conferencia del Padre Marko Rupnik: «La belleza, lugar de comunión». Él dice que en todas las lenguas latinas la belleza se origina desde la forma. En los tiempos antiguos, bello, hermoso, se decía «formoso» (es decir, parte de la forma), pero, en el idioma ruso para decir belleza (krasatá, krasidi, que significa bello) la palabra proviene de «krasna» que quiere decir rojo. Para los rusos la belleza no es la forma sino el color.


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A partir de esta lectura pude sacar tres puntos importantes que hicieron totalmente sentido con mi experiencia de Siena:

1. La belleza es luz

luz

¿A qué está vinculado el color? A la luz. Los colores son los primeros testigos de la luz. Si no hay luz no hay ningún color. Rupnik usa un buen ejemplo: ¿Qué es lo que resplandece cuando participo de una liturgia en una iglesia oscura, en la que solamente hay algunas velas prendidas? Las cosas que tienen color, que proyectan la luz como los vitrales o los mosaicos que tienen oro o colores dorados y que se ven bellos porque parece que su luz viniera desde dentro. Es una luz que abre las puertas a un misterio que parece estar escondido. Puedo decir que es la misma luz que brotó ese día de esas 223 hostias donde está escondida la Belleza misma.

2. No hay belleza sin unidad­

unidad

Una palabra que está asociada a la belleza es unidad. Yo experimento la belleza real de una persona porque me encuentro unido a ella, me refiero a esa belleza de la que estamos hablando, la que va más allá de la forma. La belleza se manifiesta como unidad con lo que consideramos bello, unidad porque en algo nos identificamos, porque hay algo que nos agrada, porque hay algo que nos llama la atención, algo que nos atrae y que nos invita a unirnos con fuerza a esa persona o cosa que es bella. La misma atracción que brotó ese día de esas 223 hostias donde está escondida la Belleza misma.

3. Somos encendidos

encedidos

La otra experiencia que distinguimos cuando reconocemos algo como bello es que nos entusiasma. Sentimos cómo somos iluminados desde dentro por una fuerza desbordante de alegría que no proviene de nosotros sino de lo que vemos o percibimos con nuestros sentidos. Literalmente sentimos que algo se enciende en nuestro interior. Puede ser una pequeña o una gran llama, pero algo nace. ¡Y pensar que toda la vida tratamos de encendernos con nuestros propios medios!, pero esto no es posible: necesitamos que alguien alimente constantemente nuestra esperanza, una presencia, una persona real.

Entonces, la belleza es luz desde dentro porque es luz que nos une, que nos abre al misterio del otro. Es comunión. Y ¿por qué es comunión? Porque no le basta que la admiremos, necesita que la experimentemos desde dentro como unidad. Por eso, Cristo, la Belleza misma, se esconde en ese pedazo de pan, porque quiere unirse a nosotros, porque quiere participarnos de su belleza y de su amor. Parafraseando al P. Rupnik él nos dice: «La belleza para nosotros los cristianos es cuando dentro de las cosas veo un rostro, cuando las cosas se vuelven sutiles, se vuelven transparentes y yo veo a través. Es una luz que viene desde dentro, es una luz cálida, que te envuelve y te hace enamorar. La belleza es la comunión. La belleza naturalmente te conduce al amor».

Por eso la belleza es un gran misterio pascual. El Amor, que es el mismo Dios, se queda con nosotros, se une y busca realizarse en nosotros. Y ¿cómo se realiza? a través del sacrificio de sí mismo. La forma del amor de Dios es esa. Por eso los cristianos no podemos tomar la idea perfecta de la belleza y por eso la entendemos un poco tarde (como yo) porque primero la buscamos en la forma perfecta, la confundimos con la cosmética, con lo romántico, con lo idealista… pero finalmente descubrimos el sacramento, donde dentro de una cosa hay otra, donde dentro de una cosa (aparentemente no bella) se esconde un misterio, el misterio de La Belleza misma: una luz capaz de transformar, de encender desde dentro y de hacerte caer enamorada a sus pies. Eso fue para mí el Milagro Eucarístico de Siena.

Me gustaría saber qué piensas sobre el artículo 😉


Todas las fotos fueron tomadas de stocksnap.io.

Luisa Restrepo

Editora en español at Catholic Link
Es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Estudió comunicación social. Es colombiana pero actualmente vive en Lima, donde se encarga de proyectos apostólicos para jóvenes.

@luisarestrepop

Editora en español @catholiclink_es



Luisa Restrepo

Editora en español at Catholic Link
Es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Estudió comunicación social. Es colombiana pero actualmente vive en Lima, donde se encarga de proyectos apostólicos para jóvenes.

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