La adoración al Santísimo transforma nuestro corazón. 3 situaciones que lo demuestran



Imagina que se te acerca el presidente o presidenta de tu país, que viene caminando por tu calle y, sin anunciarlo, toca la puerta de tu casa. Aunque no sea de tu completo gusto y color político, por el solo hecho de ser la máxima autoridad civil, lo respetas, te excusas si es que tienes la casa desordenada, le ofreces algo. En cambio, si viene uno de tus padres le abres la puerta y lo dejas entrar, y si quiere comer algo le dices que puede servirse y abrir el refrigerador pues es de la casa, es alguien de mucha confianza. A no ser que tengas una relación lejana y distante con tus padres, lo más probable es que recibas su visita con cariño y no con los nervios, el temor y el cuidado que tendrías al recibir al presidente de tu país.

Cuando nos acercamos al Santísimo Sacramento del Altar, tenemos dos opciones: lo tratamos como al presidente o pensamos en Él como nuestro papá. Y es que Jesús se ha quedado con nosotros precisamente para anular las distancias. Él sabe que los humanos somos limitados y necesitamos estar frente a alguien para entablar amistad. De hecho, cuando decimos que vamos a visitar al Santísimo, expresamos que vamos a ver a una persona, que no es lo mismo que ir a mirar cómo crecen las plantas del jardín o ir a ver una exposición artística, no; vamos de visita, a compartir nuestro tiempo con alguien especial.


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Nosotros los católicos visitamos el Santísimo, no porque vamos a acompañar al pobre Jesús que está solo en el altar, sino porque es Él quien ha querido quedarse en medio de nosotros, no solo como un recordatorio, sino para que siga actuando en nuestras vidas como lo hizo hace dos mil años, porque desea seguir amando a la humanidad suplicante y necesitada, y porque, día tras día, quiere ofrecer su vida por la nuestra. Es bajo esa mirada cercana y amorosa con la que somos invitados a diario a unirnos al Señor, quien quiere no solo vernos de rodillas frente a Él, sino que mientras estemos ahí, quiere transformar nuestro corazón. Es por eso que te compartimos tres cosas que ocurren en la vida de un cristiano que frecuenta a Jesús Sacramentado en adoración.


1. La adoración corrige nuestra perspectiva de las cosas

perspectiva©Stocksnap.io

Nos gusta quedarnos con las promesas lindas que nos dio el Señor, pero Jesús nos prometió también una cosa que preferimos olvidar, pues nos es incómoda: «En el mundo tendrán tribulación, pero ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16, 34b).


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Es una realidad: todos tenemos problemas, grandes o pequeños. Algunos tienen problemas económicos, otros de salud, unos tienen problemas en el trabajo o en la familia. El tamaño real de las situaciones en nuestra vida y las reales dimensiones de Dios a menudo se nos confunden. Tenemos un altar en nuestro corazón en donde vamos intercambiando ídolos a lo largo del día. Los adoramos, les rendimos culto, les ofrecemos sacrificios para que se dispongan a nuestro favor. Generalmente, cuando ya no hay salidas, ponemos a Dios al centro, lo entronamos para que se haga cargo, pero hacemos altares pequeños para que esas otras deidades se mantengan presentes. Muchas veces, nuestra vida espiritual gira en torno a situaciones en vez de girar en torno a Dios.


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Cuando estamos delante de Dios y le cantamos alabanzas recordándole lo hermoso que es, lo grande que es, lo Todopoderoso que es y todas esas cosas que reconocemos como parte de su identidad, no lo hacemos porque Él sufra de una especie de alzheimer egocéntrico que no le permita recordar sus virtudes. Él ya se las sabe y no es preciso que le refresquemos la memoria, pero nosotros sí necesitamos recordar quién es nuestro Dios y cuán grande es su poder. Necesitamos recordar cuán grande es Él.

«Grande es Yahvé, muy digno de alabanza, su grandeza carece de límites» (Salmo 145, 3).


2. La adoración nos da un corazón agradecido

agradecido©static.pexels.com

Nos cuesta reconocer lo bueno que Dios ha sido con nosotros, pues nos hacemos un checklist de los dones que le hemos pedido y se los agradecemos conforme nos los vaya concediendo. Pero, ¿qué pasa con todo eso que no hemos pedido, pero que Dios gratuitamente nos da?, pues lo asumimos y nos cuesta agradecerlo sinceramente.

Cuando carecemos de algo, nos arrodillamos a pedir con toda la fuerza de nuestra alma, pero al parecer esa misma fuerza espiritual no se manifiesta cuando agradecemos los favores concedidos y nuestra oración es escuchada. Nada más saquemos la cuenta del tiempo cronometrado que invertimos pidiendo y del tiempo que ofrecemos agradeciendo. Cada mañana, damos las gracias de manera mecánica por un nuevo día de vida, por la salud, por el pan sobre nuestras mesas y el amor de nuestras familias.  Parece que se repite la historia; uno de cada diez leprosos sanados vuelve a dar las gracias. 

Estar frente al Señor Sacramentado nos ayuda a reconocer que todo, absolutamente todo, se lo debemos. Todo nos es dado gratuitamente y por amor, todo lo debemos en gratitud y fuera de Dios no tenemos nada.

«¡Cuántas maravillas has realizado, Señor, Dios mío!. Por tus designios en favor nuestro, nadie se te puede comparar. Quisiera anunciarlos y proclamarlos, pero son innumerables» (Salmo 40, 6).


3. La adoración conmueve el corazón de Dios

corazon©Pixabay.com

Ya te decía, no es que Dios te escuche orar y diga: –«Uy, ya se me había olvidado lo grande y poderoso que soy, menos mal que me lo recordaron»–, sino que adorar a Dios, además de ser una expresión de amor que Él agradece, expresa nuestro compromiso, nuestra búsqueda sincera por estar con Él y nuestra fe en que aquellas características que le atribuímos son reales para nosotros, no mera poesía.

Dios sabe lo que estás pasando aun antes de que se lo digas, pues «antes de que la palabra esté en mi lengua, tú, Señor, la conoces plenamente» (Salmo 139, 4), por eso, cuando a pesar de lo que estás viviendo, levantas tus manos y elevas tu corazón únicamente para reconocer que Dios es Dios, sin dobles intenciones, sin buscar nada a cambio, sin hacer un trueque espiritual en donde “yo te rezo y tú me concedes algo”, sino reconociendo que no entiendo nada, que no comprendo nada, pero que Dios está en control de todo –por lo que deposito mi fe en ello–, pues es ahí cuando Dios se conmueve.  Mantengámonos de rodillas delante de Él, adorándole no por lo que vaya a hacer, no porque escuche mi oración y tome nota para darme lo que le pido al pie de la letra, sino simplemente dándole adoración.

Que tu tiempo de adoración no sea como escribir una carta a Papá Noel, sino que sea más bien como esas notas llenas de amor que intercambiabas en tu juventud con aquel chiquillo que te gustaba, solo para expresarle el mucho interés que tenías en él y las ganas que tenías de agradarle, sin esperar nada a cambio.


Por último, y para invitarte a que esto, además de compartirlo en tu próxima catequesis o reunión de grupo, lo lleves a tu vida de oración personal, te regalo un pasaje del Libro de Job, aquel sufrido personaje que finalmente comprende que de Dios no sabe nada, pues no necesita saber cómo es que Dios lo va a sacar de las situaciones de dolor en donde ha estado, solamente sabe que Dios lo hará. Lo mismo para nosotros, no necesitamos comprenderlo todo, sólo aceptar y reconocer que Dios es Dios y adorarlo.

«Yo sé que tú lo puedes todo y que ningún proyecto es irrealizable para ti.  Sí, yo hablaba sin entender de maravillas que me sobrepasan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42, 2-3;5).

Es Chileno, misionero laico a tiempo completo, dedicado a la Evangelización de jóvenes. Charlista y escritor. www.sebacampos.com


Es Chileno, misionero laico a tiempo completo, dedicado a la Evangelización de jóvenes. Charlista y escritor. www.sebacampos.com

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