¿Tu trabajo es lo primero y crees que el ocio hace daño? (este video es para ti)



En nuestro tiempo, debido a una dinámica de competencia y eficiencia de producción violenta (avanzada y acelerada a causa de las nuevas tecnologías), ha comenzado a predominar, más que nunca, una mirada y una actitud pragmático-utilitarista ante la vida. El tiempo es oro, en pocas palabras, y ese oro se paga con sudor y lágrimas (y no pocas veces hasta con sangre). Se da así una hipervalorización del trabajo y, sutilmente, todo se empieza a medir desde su canon implacable: status social, sueños y proyecciones, el valor mismo de la persona, del tiempo, de los lugares, etc. Todo se trueca y se calcula según su utilidad. Por otro lado, como decía Joseph Pieper, el  «espíritu trabajador» castiga el ocio, el descanso, la paz, como algo impropio, es decir, como un accidente que solo puede ser tolerado unas cuantas semanas al año, el resto es holgazanería y pereza (moralmente hablando). Y si bien es cierto que el trabajo tiene un lugar y una importancia centrales en nuestras vidas, ya que «hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo» (JPII Laborem Excercens), hace tiempo ya que hemos convertido esa importancia en idolatría, seducidos por el nuevo becerro de oro y su infinito potencial productivo. La ambición ya no conoce límites, desde que el dinero se ha vuelto virtual, desligándose de los límites del tiempo y del espacio, el capitalismo se vuelve salvaje. Detrás de su tentación se esconden las viejas, terribles y fascinantes promesas de siempre: riqueza, y con ella poder, y, con este, por qué no, fama y placer. De esta manera, hoy por hoy se cumple lo que decía Max Weber: «No se trabaja solamente por el hecho de vivir, sino que se vive para trabajar».



El gran peligro detrás de esta nueva dinámica, en la que el hombre pone el trabajo como fin y meta de su vida, es que así reniega su vocación y su destino últimos, poniendo en riesgo su vida y la de la creación toda. Por otro lado, habría que decir, que la felicidad que tanto busca detrás de todas esas ilusiones, irónicamente, no se le concederá nunca, puesto que la felicidad es esencialmente un regalo, un don, algo que no se puede producir, comprar o negociar. La creación de hecho es por sobre todo exuberancia de amor, don, gratuidad, derroche sin medida, libertad; y por lo mismo su estructura íntima esta destinada a la fiesta y al gozo, que se oponen a todo lo que es utilitario, tan típico de la mentalidad técnica. En ese sentido, el fin último del hombre es lo contrario a la acción de dominio y de plasmación activa. El fin último del hombre es la recepción gratuita del Amor infinito de Dios, la contemplación y la adoración de su Rostro, el gozo y el descanso de su banquete eterno. Recordémoslo, en el séptimo día, el día culmen, cuando todo alcanzó su cumplimiento, Dios descansó. El entonces cardenal Ratzinger decía al respecto:


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«La Creación está dirigida hacia el Sabbat, el sábado, que es una señal de la alianza entre Dios y el hombre. Tenemos que reflexionar con más exactitud sobre este tema; de momento, en un primer impulso, podemos deducir de aquí lo siguiente: la Creación se ha construido para dirigirse al momento de la adoración. La Creación se ha hecho con el fin de ser un espacio de adoración. Y ella se cumple y se desarrolla correctamente cada vez que de nuevo existe para la adoración. “Operi Dei nihil praeponatur” dijo en su Regla San Benito: “Nada debe anteponerse al servicio de Dios”. Esto no es expresión de una exaltada piedad, sino pura y auténtica traducción del relato de la Creación, de su mensaje para nuestra vida. El verdadero centro, la fuerza que, provocando el ritmo de las estrellas y de nuestra vida las mueve y gobierna en su interior, es la adoración. Por eso el ritmo de nuestra vida palpita correctamente cuando ha quedado impregnado por ella» (Cita del libro «Creación y Pecado»)

Trabajo y contemplación

Por esta razón, el ocio, bien entendido y vivido, es de crucial importancia para el trabajo mismo, pues, se convierte en aquella «actividad» de contemplación festiva y de adoración que nos permite dinamizar, desde una relación con Dios, el trabajo, con el fin de darle su justo sentido a nivel subjetivo. Así el hombre, sujeto del trabajo, podrá plasmar y dominar desde su interioridad, permeada por el contacto con Dios, la creación según el pensamiento y el diseño del Creador.  Esto es en realidad lo más propio de la esencia de lo que somos y corresponde al orden mismo del universo.  


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«De modo que el camino cristiano permanece como el que verdaderamente salva. Propio del camino cristiano es el convencimiento de que nosotros sólo podemos ser verdaderamente “creativos” y, por tanto, creadores si lo somos en unión con el Creador del Universo. Sólo podemos servir verdaderamente a la tierra cuando la tomamos siguiendo la instrucción de la Palabra de Dios. Y entonces podemos perfeccionar y hacer avanzar al Universo y a nosotros mismos». (Cita del libro «Creación y Pecado»).


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Algo de esto, me atrevo a decir, nos transmiten los tres personajes principales del video. Ellos con su experiencia final de ocio, de paz y de descanso, nos muestran y evocan esos profundos anhelos de paz, gozo, contemplación, silencio que todos custodiamos dentro de nosotros. Anhelos que se proyectan hacia el infinito, y que insinúan, después de la dura fatiga, la búsqueda y el deseo de un Rostro (como rezan las completas). En el fondo, deseamos aferrar ese instante de forma perenne y conseguir así la dicha y la felicidad definitivas (de las que estos deseos son tan solo un lejano preludio). En nuestro tiempo, en cambio, envenado de un activismo y de un utilitarismo brutales, estos espacios de paz se vuelven cada vez más escasos. Por ello, es urgente recuperar y cultivar nuestra capacidad de transfigurar y convertir el trabajo cotidiano en un acto de amor sincero, en un impulso de virtud que tenga la contemplación y la adoración como su meta.

La Eucaristía y el descanso

Este dinamismo encuentra su culmen, aquí en la tierra, en la gran fiesta del culto eucarístico. En ella nuestro ocio y nuestros anhelos hallan una respuesta real y concreta, pues en la “Eucaristía” (banquete, comunión, sacrificio, acción de gracias) el fruto de nuestro trabajo (y nuestro trabajo mismo), al ser depositado sobre el altar, viene transformado en ofrecimiento voluntario y obsequioso (no utilitario), de tal manera que toda nuestra actividad ingresa y se vuelve parte de ese gesto gratuito de amor primigenio y último de Dios. Es desde esta experiencia que podemos acceder a la contemplación y a la adoración de ese Rostro que tanto buscamos. Un Rostro que solo se manifiesta en la experiencia de amor y de gratuidad inmerecidos (ante la cual la razón técnica se despedaza).  Aquí radica, además, la más profunda renovación y el verdadero descanso espiritual. Por el contrario, la diversión que tantas otras veces buscamos y vivimos, incluso a veces de forma alienante, puede acabar siendo un “pseudo-descanso” (el video también lo insinúa), una simple vía de fuga si es que no encuentra una dimensión más profunda en la cual venga enraizada. Esta diversión negativa, como criticaba Pascal, nos aleja de nosotros mismos (de nuestra interioridad), y de este modo a lo más logra darle un poco de paz a nuestro cuerpo, y tal vez a nuestra mente, pero a fin de cuentas se muestra incapaz de renovarnos de modo profundo. No es raro, en esa línea, que no pocas veces nuestro corazón acabe aún más agotado, después de estas experiencias eufóricas de “fiesta”, dejándonos, paradójicamente, sin fuerzas a la hora de retomar el trabajo cotidiano (la frustración, el estrés, la depresión, el sin sentido, son algunos de los síntomas que perduran). La fiesta y el gozo sinceros, en cambio, al participar continuamente de la dinámica del culto eucarístico, se nutren de la misericordia de Dios, que convierte toda nuestra vida, nuestro trabajo y nuestros cuerpos, como diría el apóstol, en hostia viva, santa, y agradable… un verdadero culto razonable (Cfr. Rom. 12, 1-13). Como decía también un sabio sacerdote Jesuita, «magnificado por el hecho de la Creación, consagrado por el de la Encarnación, la nueva ley de gravedad lo hará Redentor. Es lo que simbolizan el pan y el vino sobre la mesa del altar. Cristo los hará su Cuerpo y su Sangre, como hará suyo el trabajo de hombres y mujeres» (P. José Donoso Philips)

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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