Este hermoso testimonio me recordó que para Dios no hay detalle de mi vida que no cuente



Cuántas veces habré escuchado decir a mi madre: «nadie valora lo que hago en esta casa”. Desde que soy mamá no han sido pocas las veces que me he encontrado a punto de decir esa frase, y más allá de sentirla, me he encontrado pensándola con tristeza y en alguna ocasión hasta con enojo. Criar hijos no es tarea fácil, el matrimonio no es una tarea fácil, es hermoso pero no es fácil pues requiere un trabajo silencioso, y ¿a quién no le gusta que reconozcan su trabajo, que lo feliciten por el esfuerzo?

Una de las cosas que más extrañé cuando renuncié al trabajo en una oficina era el reconocimiento. Donde yo trabajaba, era una práctica constante (qué suerte la mía, no siempre es así). «Buen trabajo», «excelente iniciativa», «meta cumplida», y en no pocas ocasiones esos reconocimientos eran acompañados de algún incentivo material. Uno llegaba a la casa con el pecho (y el ego) bastante inflado.


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Cuando eres madre, el reconocimiento simplemente desaparece, es más, pareciera que todo lo haces mal o que nada es suficiente. Así que se imaginarán que el golpe fue duro.


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Es real que cuando uno se convierte en madre, o en padre, mucho del esfuerzo pasa desapercibido. Pero no solo sucede en la paternidad. Yo tuve la suerte de trabajar en un lugar donde el reconocimiento era casi mandatorio pero no es lo usual. ¿Cuántas veces, en el trabajo nos hemos esforzado muchísimo y nadie se ha dado cuenta?, o peor aún, los laureles se los llevó otro. El reconocimiento está relacionado al ser querido, y quién no quiere ser querido. Su ausencia genera una sensación de incertidumbre, de inseguridad, de sentirse poco valorado. Es muy humano sentir eso.


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Anhelar ser querido, aceptado, reconocido, amado es algo natural al ser humano. Por eso es importante también aprender a reconocer el esfuerzo oportunamente (así como lo hace la amiga que le regala el libro y logra que la madre sonría y recuerde la finalidad de su trabajo). Creo que el mensaje del video es doble. Por un lado nos ayuda a recordar el porqué de nuestra labor, el entender que estamos construyendo “catedrales” que no veremos terminadas. El trabajo se hace por amor y es en amor que será reconocido, pues es un amor que proviene de Dios, un Dios presente que nos ama infinitamente y para el que cada detalle importa. Y esa creo que es la otra enseñanza, aprender a reconocer el amor con amor.  Así como la amiga con el libro.

Silvana Ramos

Silvana tiene 38 años, es ingeniera y trabajó muchos años en una empresa de innovación. Hace 5 años fue mamá por primera vez y hace 3 años renunció a la ingeniería para dedicarse a sus hijos. Hoy es mamá de 3. El matrimonio y la familia se han convertido en su verdadera vocación.


Silvana Ramos

Silvana tiene 38 años, es ingeniera y trabajó muchos años en una empresa de innovación. Hace 5 años fue mamá por primera vez y hace 3 años renunció a la ingeniería para dedicarse a sus hijos. Hoy es mamá de 3. El matrimonio y la familia se han convertido en su verdadera vocación.

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