Los laureles se marchitan, pero existe una corona por la que valen todos los esfuerzos

«Es lo que haces en la oscuridad lo que te pone en la luz».



Hay una chispa de grandeza humana, con dejo a divinidad, que centellea particularmente en aquellos hombres que yendo más allá de sí mismos se sacrifican con ánimo grande por un ideal. Una especie de halo refulge, aunque de forma endeble, en la cabeza de aquellos héroes, militares, deportistas o intelectuales, que entregando sus vidas, logran superar, o sería mejor decir, cumplir los límites de nuestra frágil condición humana (tan signada por las dificultades, tales como: enfermedades, vejez, muerte, etc.). Es así que, a través de sus hazañas y gestas, estos personajes cristalizan, y nos hacen rozar, con sus vidas una especie de grandeza originaria a la que todos nos sentimos llamados: «Seréis como dioses». Por eso nos interpelan tanto y seguimos con entusiasmo sus logros. Por eso también seguimos hablando de ellos y los recordamos luego a lo largo de la historia, dejando sus nombres inmortalizados en nuestros libros.

En esa misma línea, no es de sorprenderse que en tantas ocasiones los endiosemos e idolatremos de manera indebida, pues en el fondo, cada vez que un hombre para decirlo con Pascal se supera infinitamente a sí mismo alcanzando algún tipo de grandeza, cumple un movimiento que desvela una serie de anhelos incoados en el fondo de nuestro corazón; anhelos que se pueden traducir en frases como: «podemos superar nuestros límites», «somos capaces de alcanzar la gloria». Esta dinámica es vieja como el hilo negro. No es difícil imaginar que al ver los Juegos de Río y al ver este video «Rule yourself» de Michael Phelps,  hemos vibrado con la misma emoción que corría por las venas de los griegos miles de años atrás al escuchar, o ver representadas teatralmente, las grandes epopeyas de sus poemas, tragedias y comedias; en las cuales los héroes estremecían hasta la catarsis al pueblo, purificando con sus testimonios las tantas tensiones, conflictos y frustraciones que los comunes mortales también sufrían. Tampoco es difícil imaginar que lo mismo ocurrió durante las primeras olimpiadas que organizaron, pues mucho de teatralidad también tenían (y siguen teniendo).


El artículo continua después de la publicidad:

El brío colosal de sus atletas, sin embargo, debió dejar –como también ahora– un cierto gusto amargo en la boca de muchos, pues, después de tan magno espectáculo, al volver a su vida ordinaria más de un pobre artesano se debió preguntar lo que aún hoy acucia a tantos: «¿por qué solo unos cuantos superdotados pueden acceder al privilegio de ser inmortalizados a través de la historia? ¿Por qué mi vida ordinaria no es digna de ser recordada en forma perenne?  O por el contrario, y con no con poca ironía podría inquirir: «¿y qué más da, de qué les vale tanto esfuerzo si al final de cuentas dicha gloria igual perece? –Si el recuerdo depende de personas mortales y frágiles, igualmente con el paso del tiempo este arriesga de caer en el olvido. ¿No existe acaso una gloria imperecedera al alcance de todos (pobres, brutos, débiles, enfermos, etc) y a prueba de todos?»–.



La historia nos enseña con creces como ese deseo de alcanzar una gloria eterna viene siendo continuamente frustrado por más descomunales que sean nuestras acciones y empresas. Lo sabemos, en nuestro tiempo y espacio no hay nada de inmanente que pueda adecuarse a esta proyección trascendente que brota de nuestro corazón (lo finito no sacia lo infinito, lo inmanente no se adecua ni se agota en sí mismo). San Pablo que bien conocía todas estas inquietudes, contemplando los destellos de gloria a medias de las grandes culturas griega y romana, fue brillante en reconducirlas a la plenitud en Cristo. Esta era la Buena Nueva que el apóstol les llevó: Las glorias corruptibles  de las dimensiones físicas e intelectuales, apuntan y nos conducen a una tercera dimensión (u orden como diría Pascal): la de mundo espiritual; la del hombre interior que se va renovando a imagen de su Creador (Col 3, 10). Los laureles se marchitan, pero existe una corona incorruptible hacia la cual encausar todos estos esfuerzos. La sorprendente novedad es esta: no somos nosotros los que tenemos que alcanzar la gloria, es más bien la Gloria que viene a nuestro alcance. La misma Gloria de Dios, su peso, su fuerza, su presencia que todo lo colma viene de manera definitiva a poner su tienda entre nosotros, y más aún ¡en nosotros! Dios se hace carne, tocando con su presencia todas las realidades humanas, poniéndose así al alcance de todos al convertir nuestros cuerpos en sus potenciales templos.


Publicidad:


El artículo continua después de la publicidad:



De esta manera, Dios ha transformado cada vida y cada historia, por más simple y ordinaria que sea, en un poema heroico y extraordinario de alcances cósmicos. Porque el nuevo canon con el cual se mide la grandeza es de una nueva índole, de otro espesor. Dios al hacerse el mismo ordinario ha invertido los órdenes, trasvasando lo ordinario en lo extraordinario y viceversa en un nuevo balance regido por el amor.  El Padre Raniero Cantalamesa en una homilía lo resumía de la siguiente manera,

«Existen tres órdenes de grandeza, dijo Pascal en un célebre pensamiento[9]. El primero es el orden material o de los cuerpos: en él sobresale quien tiene muchos bienes, quien está dotado de fuerza atlética o de belleza física. Es un valor que no hay que despreciar, pero es el más bajo. Por encima de él está el orden del genio y de la inteligencia, en el que se distinguen los pensadores, los inventores, los científicos, los artistas, los poetas. Este es un orden de calidad diferente. Al genio no le añade ni le quita nada ser rico o pobre, guapo o feo. La deformidad física de su persona no quita nada a la belleza del pensamiento de Sócrates y de la poesía de Leopardi.

El valor del genio es ciertamente más elevado que el precedente, pero no es aún el supremo. Por encima de él existe otro orden de grandeza, y es el orden del amor, de la bondad (Pascal lo llama el orden de la santidad y de la gracia). Una gota de santidad —decía Gounod— vale más que un océano de genio. Al santo no le añade ni le quita nada ser guapo o feo, docto o iletrado. Su grandeza es de un orden distinto.

El cristianismo pertenece a este tercer nivel. En la novela Quo vadis, un pagano pregunta al apóstol san Pedro, recién llegado a Roma: “Atenas nos ha dado la sabiduría, Roma el poder; vuestra religión, ¿qué nos ofrece?». Y Pedro le responde:  –¡el amor!–”. El amor es lo más frágil que existe en el mundo; se le suele representar como un niño, y lo es. Se le puede matar muy fácilmente, como se puede hacer con un niño —lo hemos comprobado con horror en Italia en las pasadas semanas—. Pero sabemos por experiencia en qué se convierten el poder y la ciencia, la fuerza y el genio, sin el amor y la bondad».

Se cumple el sueño. El drama del mundo recibe un desenlace definitivo y feliz. Un nuevo halo brilla, ahora de manera irrevocable, en la cabeza de los nuevos héroes: los santos; los hombres nuevos, únicos dignos de veneración, en cuanto que son encarnación y prolongación vital de ese Amor que es más fuerte que la muerte. Aman en cualquier circunstancias y eso les basta; aman yendo más allá de sí mismos, hasta el extremo. En ellos se desvela la dinámica auténtica y decisiva de toda acción que purifica, y superar de verdad, las tensiones, conflictos y límites de nuestra frágil vida para alcanzar la eternidad. Nos enseñan así el camino para abrir nuestra inmanencia a su definitiva trascendencia. Este es el nuevo orden, el nuevo peso, el nuevo progreso. Sí, tiene razón el video: «es lo que haces en la oscuridad lo que te pone en la luz», pues quien así vive no será nunca olvidado, ya que vive y vivirá por siempre bajo la mirada, la luz y el recuerdo de Dios; un Padre que ve en lo escondido (Mt 6,6). O en palabras de Pascal:

«Los grandes genios tienen su imperio, su esplendor, su grandeza, su victoria, su lustre, y no tienen ninguna necesidad de las grandezas carnales, con las que no tienen ninguna relación. Son vistos no de los ojos, sino de los espíritus, y basta. Los santos tienen su imperio, su esplendor, su victoria, su lustre. Y no tienen ninguna necesidad de las grandezas carnales o espirituales, con las que no tienen ninguna relación, porque ni quitan ni ponen. Son vistos de Dios y sus ángeles, y no de los cuerpos ni de los espíritus curiosos. Dios les basta» (Ver Pensamientos, 793).

Desde esta perspectiva, releamos las enérgicas palabras de San Pablo: «¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1Cor9, 24-27).

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

¿Te parece que este recurso es útil para el apostolado católico? ¿Qué le añadimos? ... Tu opinión nos ayuda a mejorar

Loading Facebook Comments ...
Catholic-Link - Background

Escribe lo que buscas

Ver todos los resultados