Jesús predica «fuego y división» (comentario al Evangelio)



Evangelio según San Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».


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Las palabras de Jesús que nos transmite el Evangelio de Lucas pueden causar cierto desconcierto. Hace muchos siglos San Cirilo de Jerusalén se preguntaba: «¿Qué dices, Señor? ¿No has venido a dar la paz, cuando Tú eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el Cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), Tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)?». Y, sin embargo, Jesús habla claramente de “prender fuego”, de “división” incluso al interior de una familia por su causa. ¿A qué se refiere?



Fuego

San Juan Bautista, en una ocasión en la que algunos fariseos se le acercaron mientras bautizaba, les dijo:


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«Aquel [Jesús] que viene detrás de mí es más poderoso que yo (…); Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11). La vinculación del fuego con el Espíritu Santo encuentra su plenitud en el acontecimiento de Pentecostés, cuando a María y los Apóstoles «se les aparecieron unas lenguas como de fuego (…) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4)». ¿A ese momento se refiere Jesús cuando anhela que el fuego estuviera ya ardiendo? Muchos Padres de la Iglesia así lo entienden. Y, en esa línea, el Papa Benedicto XVI decía que «Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo».

En otros pasajes de la Escritura, el fuego viene asociado con la experiencia de purificación. El libro del Eclesiástico, por ejemplo, nos recuerda que «en el fuego se acrisola el oro» (Eclo 2,5). Esta comparación con la forja de un metal resulta, por lo demás, muy ilustrativa. El fuego vivo “purifica” al metal, le quita todo elemento extraño y lo hace más resistente.

¿Cómo ilumina todo esto nuestra vida cristiana? De modo sustancial. En nuestro Bautismo, el fuego del Espíritu Santo, que Jesús “prendió sobre la tierra”, llegó a cada uno de nosotros. Nos purificó de todo pecado y nos dispuso interiormente para la vida en Cristo. Además, ese fuego divino sigue ardiendo en el corazón del creyente de modo que pueda iluminar con la luz de la fe a todos aquellos que caminan en la oscuridad. San Pablo nos exhorta, en este sentido, a ser «hijos de Dios sin mancha», caminando «como antorchas en el mundo» (Flp 2,15).

Ese estar “encendidos en el fuego del Espíritu Santo” nos habla también de una dinámica de constante purificación de todo aquello que nos aleja de Jesús. Al igual que el metal que es llevado al rojo vivo, si somos dóciles a la acción del Espíritu veremos consumirse esas impurezas y saldremos renovados y fortalecidos. La cercanía con el fuego aleja toda forma de tibieza. San Juan Pablo II, dirigiéndose a un grupo de jóvenes, tiene unas palabras que vienen al caso: «A vuestro lado está Cristo nuestro Señor, quien dijo: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49). Esto es lo que puede templar vuestro corazón y hacer que se atreva a afrontar las empresas más arduas: el fuego que Jesús ha traído, el fuego del Espíritu Santo, que quema toda miseria humana, todo egoísmo sórdido y todo pensamiento mezquino. Dejad que este fuego arda en vuestros corazones. Llevad este fuego a todo el mundo. ¡Que nada ni nadie lo apague nunca!».

División

El profeta Simeón, cuando María y José llevaron al Niño Jesús a presentarlo en el Templo, dijo que sería «señal de contradicción» (Lc 2,34). Esto significa que Jesús sería uno frente al cual es necesario tomar posición, a favor o en contra suyo. Lo confirmaría Él mismo, años después, cuando enseña inequívocamente: «quien no está conmigo, está contra Mí; quien no recoge conmigo, desparrama» (Lc 11,23). Su Persona y su obra son, pues, un punto dirimente de la historia. Marca un antes y un después, no solo temporal sino vitalmente.

Ello nos lleva a considerar que la «división» de la que habla el Señor es más bien expresión de las fuerzas encontradas que luchan en el corazón humano, y no algo que Él busque positivamente. Y esto tiene una doble dimensión. Por un lado, al interior de cada uno de nosotros el mensaje reconciliador de Jesús efectivamente produce división. Se levantan nuestras pasiones y luchan unas contra otras. La vida nueva lucha contra la inercia y la fuerza habitual del hombre viejo. Es realmente una lucha sin cuartel, que muchas veces tal vez quisiéramos maquillar bajo la apariencia de una falsa «paz». Sin embargo, ahí está la Escritura para recordarnos que debemos llegar a «derramar la sangre en la lucha contra el pecado» (Heb 12,4), y que la verdadera paz que Jesús nos ofrece requiere adherirnos a la dinámica bautismal de morir a la muerte para vivir la vida verdadera.

Por otro lado, está la segunda dimensión que podríamos denominar social. Son tantos los ejemplos de familias, grupos sociales o incluso pueblos enteros que a causa de su identificación con el Evangelio han experimentado división, viéndose enfrentados unos contra otros. El mensaje de Jesús es exigente, compromete de verdad y lleva a «tomar postura» en asuntos que con frecuencia incomodan. Y, como es apenas evidente, las posturas muchas veces son opuestas, generándose enfrentamientos que son expresión de «ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano» (Gaudium et spes, 10). ¿No advirtió el mismo Señor que sus discípulos serían perseguidos, calumniados, llevados a los tribunales por su Nombre (ver Mt 10,16-25)?

El seguimiento del Señor Jesús tiene exigencias y Él no duda en afirmar su amplitud: “¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división”. Este, sin duda, «es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia» (San Juan Pablo II).

Abramos nuestra mente y corazón al Evangelio de modo que sacuda nuestra conciencia y nos aleje de toda forma de falsa paz. Dejémonos encender en las llamas vivas del amor de Dios. Él nos purificará y sanará toda división interior en la unidad en Cristo. Él también nos fortalecerá para ser portadores de su luz en medio del mundo, y para asumir, con paciencia y caridad, toda forma de incomprensión que podamos experimentar a causa del Evangelio.


El autor de esta reflexión es el teólogo Ignacio Blanco, quien con mucha generosidad ha aceptado participar en Catholic-Link enviándonos esta Lectio para nuestra oración dominical. Ignacio publica sus reflexiones dominicales en el portal Mi vida en Xto, que ofrece recursos diarios para la oración personal.

P. Juan José Paniagua

El Padre Juan José es peruano y sacerdote hace dos años. Actualmente vive en Costa Rica y participa en varios proyectos apostólicos, especialmente con jóvenes.


P. Juan José Paniagua

El Padre Juan José es peruano y sacerdote hace dos años. Actualmente vive en Costa Rica y participa en varios proyectos apostólicos, especialmente con jóvenes.

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