¿Qué es lo que nos armoniza siendo tan diferentes y tan diversos? Una analogía musical



El movimiento de los astros y de la naturaleza ha generado siempre un inevitable estupor entre los filósofos y teólogos: ¿Cómo tantos seres tan diversos (al punto de ser contrastantes), por si solos (sin el intervento del hombre), pueden armonizar y ordenarse de tal forma que dan vida a esta vibrante sucesión de eventos que llamamos «cosmos» (orden, armonía, belleza)?

Los Padres de la Iglesia con gran sabiduría supieron recoger las mejores analogías y metáforas que se dieron para dilucidar este misterio y las traspusieron, llevándolas a su plenitud, aplicándolas al misterio de Cristo. Así arrojaron una luz definitiva, sea sobre el sentido del orden cósmico que sobre la historia de la humanidad (tan cargada de misteriosos contrastes también). Por dar un ejemplo, De Lubac citando a Ireneo escribía: «Cristo es el director del coro a cuyo alrededor se ordena toda la historia, al modo como la lira cósmica vibraba en su totalidad bajo el plectro de Apolo. Las cosas antiguas y nuevas se compenetran. Viniendo todas de un mismo Autor, forman en su variado contraste una melodía única, “ex multis et contrariis sonis subsistens”» (Ver Catolicismo, Aspectos Sociales del Dogma).


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Bajo este prisma, toda la historia se unificaba como una gran obra de salvación, lo que colmaba de belleza el complejo entramado de contradicciones y vicisitudes que se habían ido tejiendo como un gran organismo hasta alcanzar su punto culmen en Cristo (Alfa y Omega). Cada tecla ha ido sonando a lo largo de la historia. Cada tecla tan diferente a la otra. Y a pesar de ello, o tal vez gracias a ello, Dios ha ido componiendo una melodía que sobreabunda de gloria, incluso allí donde parecían abundar tantas notas disonantes. De este modo ha conducido el género humano hacia su reconciliación con Él. Como dirá también De Lubac: «se desarrolla a nuestros ojos, como en un vasto fresco, la historia del género humano en marcha hacia su salvación como la historia de un hombre único». Y la Iglesia tendrá la tarea de ser prolongación de Cristo en la historia; su Cuerpo.

En esa misma línea, Guardini recordaba: «Adolf von Harnack encontró la justa expresión de todo esto, cuando habló de “coincidentia oppositurum” (coincidencia de los opuestos) en la Iglesia, aunque, a decir verdad, entendía por esto solo una confusión de contradicciones», y luego precisaba, «En la Iglesia vive realmente algo que –comparable a la energía del átomo que reúne en sí todos sus elementos- supera la tensión que corre entre las estructuras hace posible una totalidad que, basada sobre todas las concepciones sociológicas, no sería posible sobre la tierra».

La grandeza y la belleza del cristianismo, en comparación con las demás filosofías y religiones, destella particularmente en este punto, es decir, en esta cosmovisión integral de unidad, donde la cooperación y la relación entre el género humano y Dios se dan de tal manera que los contrarios no se resuelven en una especie de síntesis dialéctica que los superaría cancelándolos –concluyendo así en una especie de fusión o disolución de la persona en la divinidad o viceversa–  sino por el contrario, se genera aquí la posibilidad de una dimensión vital «paradójica», donde los contrarios se armonizan sin dejar de ser diferentes. Esto solo es posible gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Cristo, pues a través de su Espíritu de amor nos dona, como diría Guardini, un «espacio pneumático vital», que nos permite subsistir  en su Persona. Sí, porque solo Cristo puede estar totalmente dentro de cada miembro de su Cuerpo (como la Vid y los Sarmientos Jn15,5) para abrazarlos a todos, y al mismo tiempo serles totalmente trascendente, para superarlos sin fundirse en ellos ni ellos en ÉL. Todas las esferas de la realidad humana, incluidas aquellas donde la relación se había roto y fragmentado, se abren potencialmente a la divinización, gracias a una verdadera compenetración y sinergia entre las naturalezas, humana y divina, de Cristo, donde, sin confusión, división, separación… nos amalgama a este nuevo Cuerpo, abriéndonos a la divinidad en el Amor. Esta es la máxima obra jamás compuesta por la Trinidad que, cual pianista, toca a lo largo de la historia haciendo brotar en su Iglesia esa unidad de los contrarios que mantiene la diversidad polar, como aquellas  88 teclas diferentes, unificando todo en una maravillosa sinfonía de salvación y reconcilación. Ya lo decía el apóstol Pablo:

 

«Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso.  Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?  Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”. Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.  Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían.  Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.  Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.  Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.

 

Sobre la unidad en la diversidad, retomando todo lo ya dicho, podemos concluir con otra hermosa imagen de San Irineo, quien decía:

«Por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo. […] Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu» (Adv. Haer., III ,17,1-3).

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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