Este video me aclaró la diferencia entre repetir oraciones y rezar en vano



Nuestro Padre nos busca constantemente. Está tan enamorado de nosotros que espera con infinita paciencia el momento de encuentro en la intimidad del diálogo con sus criaturas; está disponible a toda hora, en todo momento, en cualquier circunstancia, simplemente espera que respondamos a su llamado. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (Apocalipsis 3,20). Los que rechazamos ese encuentro en la oración, los que nos cansamos de responder, somos nosotros.

La oración es el diálogo que entablamos con Dios y hay diversas maneras en las que podemos rezar: mediante oraciones ya escritas, a través de pensamientos dirigidos hacia Él, mediante pequeñas jaculatorias repetidas a lo largo del día, en la oración de la santa misa hecha en comunidad, etc. Sin embargo, hay una cualidad que jamás debe separarse al momento de rezar, a la cual se han referido todos los santos y el Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerda: «la humildad», base de toda oración. «La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios» (San Agustín).


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En este post hablaremos de la oración repetitiva y la oración de los «ismos» (más adelante lo entenderemos). Para profundizar en este tema te recomendamos leer el Catecismo (cuarta parte, número 2558).



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Las únicas oraciones que no tienen valor son aquellas que se realizan sin el corazón. Imaginemos que nuestra pareja nos dice que nos ama mirando hacia otro lado, prestando atención a cualquier cosa menos a nosotros, esas palabras no tendrían sentido porque no fueron dichas con sinceridad. Lo mismo ocurre cuando nos dirigimos a Dios, Él desea que le hablemos desde lo más hondo de nuestro corazón, depositando nuestra plena confianza en que siempre nos escucha.


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Jesús mismo rezaba con insistencia: «Dejándolos de nuevo, se fue y oró por tercera vez, diciendo otra vez las mismas palabras» (Mateo 26,44) y nos anima a insistir en la oración: «Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?» (Lucas 18,7).

La oración repetitiva por excelencia es el Rosario. En él no solamente contemplamos a la luz de la fe la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, sino que repetimos palabras dichas por el mismo Dios a través de su Hijo o a través del Espíritu Santo: el Padre nuestro (Mateo 6: 9-13), el Ave María (Lucas 1, 28 en la Anunciación y Lucas 1, 42 en el saludo de Isabel) y el Gloria (2 Corintios 13,14).

Lo importante es no confundir insistencia o repetición con habladuría sin sentido. La clave está en orar con el corazón tomando plena conciencia de que al rezar realmente estamos entrando en contacto con Dios, nuestro amigo, que está dispuesto a escucharnos.



La oración de los «ismos» hace referencia a la manera en que se dirige este niño a su padre en la cual nosotros también podemos vernos reflejados. Muchas veces llenamos nuestras oraciones de «ismos»: reverendísimo, amadísimo, santísimo, grandísimo, como un modo de sentirnos más seguros de que Dios responderá a nuestra súplica. Sin embargo, cuando nuestro diálogo se basa únicamente en palabras rebuscadas y creemos que cuanto más larga sea la oración mejor, corremos el riesgo de confiar más en nuestras propias palabras que en el mismo actuar de Dios. Esto no quiere decir que Dios no se merezca que lo llamemos de esas maneras o que no haga falta. Nuestro Padre es el único que merece la absoluta y entera adoración, pero el nos invita a que en nuestra oración prime la sencillez del corazón, el anhelo real y profundo del encuentro con Él, manantial de agua viva, único capaz de calmar nuestra sed.

Así como la comida es necesaria para el buen funcionamiento del cuerpo y el aire para nuestros pulmones, la oración es el alimento del alma, como decía San Pío de Pietrelcina «es la llave que abre el corazón de Dios».

«También nosotros, cuando no rezamos, lo que hacemos es cerrar la puerta al Señor. Y no rezar es esto: cerrar la puerta al Señor, para que no pueda hacer nada. En cambio, la oración, ante un problema, una situación difícil, una calamidad, es abrir la puerta al Señor para que venga. Porque Él hace nuevas las cosas, sabe arreglar las cosas, ponerlas en su sitio. Rezar es esto, abrir la puerta al Señor para que pueda hacer algo. Pero si cerramos la puerta al Señor, no puede hacer nada. Pensemos en esta María que eligió la mejor parte y nos hace ver el camino, cómo abrir la puerta al Señor» (Papa Francisco).

San Pablo nos dice: «Oren siempre, y en todo momento» (1 Tesalonicenses 5,17). Y tú, ¿cuánto tiempo le dedicas a la oración durante el día? ¿Realizas oraciones repetitivas sin sentido? ¿Confías plenamente en que Dios te escucha cuando le hablas? ¿En tu oración te acuerdas de que Dios es infinita misericordia y ama a los sencillos de corazón?

«La oración (…) es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre» (San Agustín).

 

Ailín Fessler

Ailín es argentina y es licenciada en relaciones internacionales por la Universidad del Salvador de Buenos Aires. En sus tiempos libres dicta clases particulares de Alemán, Ruso, Japonés y Vietnamita. Mentira, solo Alemán 😉


Ailín Fessler

Ailín es argentina y es licenciada en relaciones internacionales por la Universidad del Salvador de Buenos Aires. En sus tiempos libres dicta clases particulares de Alemán, Ruso, Japonés y Vietnamita. Mentira, solo Alemán ;)

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